La tramoya vs el ingenio en México
Si España no hubiera perdido su poderío político en el siglo XIX sus obras de teatro del Siglo de Oro serían tan famosas hoy, y tan disfrutadas, como lo han sido las del teatro isabelino de Inglaterra, que propaga las representaciones por la supervivencia de su teatro clásico en el nombre de William Shakespeare.
Pero en México no han perdido la tradición. Ellos tienen a un poderoso dramaturgo de la época áurea, Juan Ruiz de Alarcón y, por Dios que no lo van a dejar de la mano. Claro que el que fue maltrecho de cuerpo, ágil de mente y enérgico en la creación, estuvo rodeado de una tribu de ingenios de la escena, como Lope de Vega, Andrés de Claramente, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, entre muchos otros. Porque no había cosa que les gustara más a los españoles ni en el centro del Reino ni en el Virreinato de México que irse a ver teatro en los siglos XVI, XVII y siguientes. Era su pasatiempo favorito.
Sin embargo, si los teatros de hoy prestan magra atención a los clásicos, excepto en España, los académicos se encargan internacionalmente de mantener viva la llama de la discusión en torno a ellos, por poco que se representen en público.
Esta vez fue en México D.F. y, aficionada como soy a las doctas conferencias de las universidades, estuve de oyente en el congreso IV Jornadas Internacionales de Teatro del Siglo de Oro Español y Novohispano, celebrado en la Universidad Iberoamericana, de la Compañía de Jesús, en el barrio de Santa Fe, del 18 al 20 de marzo. Y considero que esa fue una de las más interesantes atracciones de la ciudad, pues lo que se discutía era Dramaturgia y teatralidad en el Siglo de Oro: Teatro de cuerpo, teatro de ingenio, organizado por el profesor de esa Universidad Dann Cazés.
Lo que el congreso proponía era que los especialistas se encargaran de discutir dentro de la época del Siglo de Oro español la diferencia entre la composición y la producción, y cito, que era de “gran variedad de espectáculos escénicos, desde el teatro más austero hasta uno de gran espectacularidad y fasto. El primero se denominaba en la época ‘teatro de ingenio’, y se caracterizaba por la ausencia voluntaria total o casi total de elementos escenográficos, pues se sustentaba en la composición y desarrollo ingeniosos de la trama. Al teatro de gran espectacularidad, por su parte, se le daba el nombre de ‘teatro de cuerpo’ o ‘de tramoya’, en referencia a las maquinarias teatrales con las que se producían efectos que maravillaban a los espectadores”.
Así fue como un número de profesores provenientes de varias ciudades mexicanas y del extranjero se reunieron en la universidad jesuita, para discutir las obras en que el teatro de tramoya (o de cuerpo) se planteaba en el siglo XVII. La conferencia magistral fue de Lillian von der Walde Moheno, de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM-I), que presentó el tema: Recursos espectaculares en el Anticristo alarconiano. Esto se basó en su análisis de la obra El Anticristo, de Juan Ruiz de Alarcón, compuesta entre 1623 y 1625. Es una obra típica de teatro de cuerpo con varios trucos realizados en escena para darle vitalidad a la idea del anticristo que usó mucho el autor mexicano en sus obras. El personaje es un malvado descendiente de Judas y en esta obra es castigado por un ángel y dos personajes simbólicos. La tramoya era poner en el centro del teatro una representación del infierno, con un lienzo de cartón pintado con aguardiente para crear el fuego y una hondonada donde cayera el anticristo.
En escena a veces se incluían animales de verdad, hasta caballos. El Anticristo es, técnicamente, un tipo de comedia “de santos”. Pero en realidad la gente venía sobre todo a ver la técnica de la tramoya. Es corriente hablar del teatro como si fuera una narrativa, pero en el teatro hay que distinguir lo que se hace con la escenografía, cómo representan a los personajes los actores, y qué sucede en las escenas. Y eso fue lo que quiso recalcar un especialista del género, Aurelio González, profesor del Colegio de México, con su ponencia Donde hay agravios no hay celos, de [Francisco de] Rojas Zorrilla: El espacio dramático, recurso de la estructura y la trama, en la que discutió el uso del tablado, en que el espacio del orden de una casa se convierte en espacio laberíntico del caos.
Pero una de las sorpresas de la tarde fue el descubrimiento de una académica, Margarita Peña, convertida en autora de novelas eróticas, como Extasis y reencuentros, que un colega admirador le trajo para que se lo firmara en un receso, y que ella nos explicó era una versión moderna de una novela pastoril típica del Siglo de Oro. En la contraportada de su novela imprime unas palabras muy verdaderas de Marguerite Yourcenar: “Estamos condenados al amor, porque no hemos aprendido a vivir solos”. Muy diferente esta novela de lo que ella presentó en el congreso, representando a la Universidad Autónoma de México, Los empeños de un acaso: la cátedra extraordinaria Juan Ruiz de Alarcón, cátedra que precisamente ella coordina en la UNAM. •
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Esta historia fue publicada originalmente el 7 de abril de 2015, 8:00 a. m. with the headline "La tramoya vs el ingenio en México."