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Hay que condenar la guerra y la lujuria

Una tienda de armas en Seatle exhibe parte de la mercancía en mostradores, en foto de archivo.
Una tienda de armas en Seatle exhibe parte de la mercancía en mostradores, en foto de archivo. AP

¿No se han fijado? Hasta ahora no ha surgido ninguna mujer como depredadora sexual. Tampoco han sido mujeres las que han asesinado a mansalva a grupos de personas en Estados Unidos, excepto la esposa o esclava de alguien, forzada o impulsada, dentro del terrorismo islámico.

En este país la gente se la pasa hablando de las armas. No se les ocurre hablar de por qué en una sociedad avanzada ocurren tantos ataques masculinos contra la población en general, unos con armas de destrucción mortal, y otros específicamente contra mujeres solas, en sitios apartados, y con otro tipo de armas de perversión psicológica.

Dos tipos de noticias han llenado las cadenas televisivas en los últimos días. Desde la última masacre norteamericana en Las Vegas, a cargo del señor Stephen Paddock, hasta los supuestos abusos de más de dos décadas contra las actrices y modelos de Hollywood por parte de uno de los depredadores más inusitados que pudiera darse, Harvey Weinstein, productor de películas de altura. Ahora, hasta las famosas estrellas Gwyneth Paltrow y Angelina Jolie han confesado que ellas también fueron acosadas por este sinvergüenza.

Paddock y Weinstein tienen en común un ego supermachista. El primero, porque decidió atacar desde lo alto a una muchedumbre, probablemente para demostrar que ganaba algo finalmente en Las Vegas, donde era un adicto al juego. El segundo, porque se le ocurrió que con su miembro fálico tenía todo el poder contra las féminas que obviamente detesta. Uno mató y aplastó; el otro apabulló y arrastró, –falsificando el sentido del sexo y el amor– a muchachas jóvenes e indefensas.

¿No será algo que tiene que ver con la psique nacional? Un anuncio que tuvo mucha popularidad en Miami hace unos cuantos años recoge el sentir americano: “Aquí lo que importa es el cash”. El señor Paddock podía darse el lujo de amasar armas militares, se dice que jugaba un millón de dólares en una sola noche. Y el señor Weinstein irónicamente amasó una gran fortuna aprovechándose de las mismas actrices que avasallaba.

Desde ya le recomiendo un arma a cada mujer. No necesariamente letal. Puede ser un taser o un rociador de pimienta. Pero en este caso ha funcionado algo diferente. Ha sido el miedo. La mujer teme, porque es débil frente a la fuerza del cuerpo masculino, pero también teme frente al poder. Si la única forma de atravesar una valla para sobrevivir es la anuencia a horribles exigencias, ¿qué haría un hombre en este caso? ¿Cuánto se le debe pedir a una mujer que aspira a triunfar?

Un señor que produce los filmes más taquilleros y ganadores se cree que tiene derecho a bajarse los pantalones delante de cualquier joven artista aspirante a la fama y obligarla a un acto forzado. Esa es la premisa. Sobre todo, por el inmenso poder de su posición en la industria.

Más que prohibir armas habría que dárselas a las mujeres y entrenarlas, crear las nuevas amazonas, y ya verán cómo se acaba esta lujuria, esta avaricia, esta soberbia generalizada de los machos, los varones exagerados. Ese extra poder hormonal que los lleva a la debacle. A todos nos seduce y a la vez nos aniquila. Las mujeres se convierten en objetos y los hombres en competidores.

Es lo mismo, el que ataca es un feroz y exagerado representante de la socialización masculina. Y si no, véase qué pasa en el mundo musulmán, cómo la supremacía machista acapara todos los valores de la mujer. Allí, ellas ni siquiera pueden ser vistas. Y si hacen terrorismo es porque son usadas como parte del complot. Es que le queda mucho por avanzar a la mujer, en el mundo entero. Sobre todo, en esta nación, donde aún no se ha encontrado una forma de detener a un pervertido sexual con la cooperación de todas nosotras.

Mientras que a las multitudes hay que protegerlas de otra manera. Hay que divisar un sistema de detección en todos los sitios donde hay mucha gente, hasta en hoteles. Prohibir armas puede traer peores consecuencias. Se prohibió el alcohol, y durante la Prohibition en Estados Unidos se creó una mafia que proveía lo que compraba la gente. Se prohibió la droga, que ahora viene de Sudamérica y México, y se produce una narcoguerrilla que va más allá del comercio e influye en la política. Se prohibirán las armas y no se me ocurre, ni deseo imaginarlo, qué sucederá como consecuencia.

No basta con las matemáticas y la lectura en las escuelas primarias y secundarias. Hay que incorporar enseñanzas contra el bullying y las aberraciones. Ambos aspectos han estado presentes en el machismo de Paddock y de Weinstein. Hay que condenar la guerra y la lujuria. Y que las mujeres pierdan el miedo y denuncien a tiempo a los que las persiguen. Ya es hora de reaccionar.

olconnor@bellsouth.net

Esta historia fue publicada originalmente el 20 de octubre de 2017, 6:01 p. m. with the headline "Hay que condenar la guerra y la lujuria."

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