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Señales históricas en el marco de la pandemia y la democracia | Opinión

El Dr. David de la Zerda recibe la vacuna Pfizer-BioNTech contra el COVID-19, el 15 de diciembre de 2020, en el Jackson Memorial Hospital de Miami, Florida.
El Dr. David de la Zerda recibe la vacuna Pfizer-BioNTech contra el COVID-19, el 15 de diciembre de 2020, en el Jackson Memorial Hospital de Miami, Florida. mocner@miamiherald.com

Esta semana podemos gozar de un gran triunfo de la ciencia: la rapidez con que se han desarrollado las vacunas contra el COVID-19 y la logística en su distribución a todos los estados de la nación.

Estas vacunas son la mayor posibilidad de volver a cierta normalidad, un verdadero regalo de la época navideña, aunque a algunos no nos toque hasta la primavera.

Otro alivio es la ratificación por el Colegio Electoral del triunfo final del equipo presidencial de Joseph Biden y Kamala Harris. Además, lo ha aceptado el presidente del Senado, Mitch McConnell, seguido de unos 23 congresistas republicanos.

Los jueces han descalificado todas las demandas de fraude electoral de los abogados de Donald Trump. Y también el Tribunal Supremo de Justicia de Estados Unidos, que rechazó unánimemente la demanda del estado de Texas por inconstitucional. Cada estado tiene leyes independientes.

Pero el presidente Donald Trump se niega a aceptar la derrota. Sigue acusando a funcionarios del Partido Demócrata de haber cometido fraude. Y hasta ha comentado recientemente que no se va de la Casa Blanca el 20 de enero.

Los ciudadanos saben que uno de los fundamentos de nuestra libertad y nuestra democracia es que cada uno de nosotros es considerado inocente hasta que se pruebe su culpabilidad. Y eso sucede también con cada individuo en cada ciudad, en cada barrio donde se conducen las elecciones.

Acusarlos es una amenaza contra ellos y también contra los millones de votantes, que votaron por ambos candidatos. Y que el Presidente insista en no dejar la Casa Blanca se parece a lo que diría Evo Morales en Bolivia o Nicolás Maduro en Venezuela. Que ninguno respeta a la oposición.

“Fidel Castro, el hombre que más tiempo disfrutó del poder omnímodo en el mundo, le dijo al periodista francés Ignacio Ramonet que en enero de 1959 no quiso ser presidente”, escribe Tania Díaz Castro (el 29 de noviembre de 2018 en Cubanet). Fidel sabía que los presidentes elegidos tienen un término. Y hasta lo manifestó en uno de sus discursos.

El rechazo a los resultados de estas elecciones hace pensar que Trump querría dar un golpe de Estado. Y que busca a su grupo leal que lo apoya en su antidemocrática labor.

“ ‘Es difícil para mí, como historiador, pensar en un golpe de Estado tan bien telegrafiado de antemano’, advirtió Timothy Snyder, profesor de Yale y estudioso de la historia empapada de sangre de Europa del Este”, escribe Ben Jacobs en “The Intelligencer”, (este 27 de septiembre, “Autoritario clásico: cómo los historiadores califican el peligro de Trump para la democracia”).

Snyder explica que cuando Trump desestima la legitimidad de las elecciones “nos deja bien en claro que él quiere permanecer en el poder ilegalmente, porque esa es una opinión característica de una situación autoritaria o preautoritaria”.

Su incondicional abogada Sidney Powell ha propuesto que se use “La ley marcial, algo así como la “opción nuclear” para mantenerse [Trump] en la Casa Blanca”, debido a la supuesta “injerencia extranjera” en las elecciones. (En “La Gaceta de la Iberoesfera”, 17 de diciembre).

Necesitamos la paz, y esperamos que no haya que acudir a extremos para que Trump deje la Casa Blanca. Aunque ya se vio a Melania Trump verificando escuelas en Fort Lauderdale para el hijo de ambos, Barron.

Es bueno que Trump haya apoyado el desarrollo y distribución de las vacunas, pero la incredulidad y el temor ante ellas están ligados al hecho de que se mezcló la pandemia con la política. La constante negación del peligro desde la Casa Blanca ha tenido un efecto en el comportamiento de sus seguidores.

Se ha comprobado que un gran porcentaje de personas no confían en las vacunas contra el COVID-19. Y si la vacuna —como se espera— tiene éxito y las personas se niegan a vacunarse, sin una razón legítima, afectará a la salud de la mayoría. Cada persona vacunada evitará que cientos de personas se contagien. No se puede olvidar que el coronavirus está aquí para quedarse.

Y aparentemente Trump también. Ha sido un mago de la política que —ayudado por las cadenas de noticieros de la TV por cable— consiguió convertirse en un líder de culto, celebrado y aupado por su gente. Sin embargo, aunque nos llevó a la paz en el exterior, configuró una guerra de unos contra otros en el interior del país.

Mientras, un fenómeno estaba ocurriendo en Estados Unidos, un culto pro Trump que parecía imposible de detenerse. Y que aún persiste. Trump no contó con la llegada por sorpresa de un enemigo invisible. No supo qué hacer contra el COVID-19. Ser presidente no se resuelve solamente con el arte del negocio. Hay todo tipo de tratos en el liderazgo de una nación.

Su magia no pudo vencer al enemigo invisible. Pero no parece que Trump va a desaparecer de la vida de la nación. El coronavirus tampoco.

Olga Connor es una escritora cubana. Correo: olconnor@bellsouth.net.

Olga Connor
Olga Connor Pedro Portal El Nuevo Herald


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Esta historia fue publicada originalmente el 19 de diciembre de 2020, 6:05 a. m. with the headline "Señales históricas en el marco de la pandemia y la democracia | Opinión."

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