Esta ciudad es un punto de reencuentro y esperanza para los cubanos fuera de la isla | Opinión
La situación en Cuba se ha vuelto insostenible. Actualmente la mayoría de los ciudadanos solo recibe una o dos horas de electricidad al día, mientras el resto del tiempo vive entre apagones y oscuridad. Las velas forman parte de la rutina y muchas ciudades parecen detenidas en el tiempo. Los hospitales apenas pueden funcionar, las escuelas suspenden clases y la vida cotidiana está marcada por la incertidumbre.
La escasez golpea con fuerza cada rincón del país. En las farmacias, los estantes están vacíos y faltan más de 400 medicamentos esenciales, desde antibióticos hasta simples analgésicos. Las personas con enfermedades crónicas dependen de familiares en el extranjero, porque dentro de la isla conseguir medicinas se ha vuelto imposible.
En los mercados la realidad es aún más dura: no hay alimentos básicos. Los refrigeradores no se vacían por los apagones, sino porque no hay nada qué guardar. Cada día es una batalla para conseguir un poco de arroz, algo de pan o cualquier producto que permita alimentar a la familia. El hambre se ha convertido en una sombra constante para millones de cubanos.
El colapso ha llegado a extremos impensables: faltan incluso cajas para enterrar a los muertos. La pérdida de un ser querido se multiplica con la indignidad de no poder darle sepultura digna. No se trata solo de una crisis económica, sino de una crisis humanitaria y moral que atraviesa la isla.
En medio de esta tragedia, el dolor de la separación familiar se siente con más fuerza. Millones de cubanos viven en el extranjero y sueñan con reencontrarse con sus seres queridos. Sin embargo, viajar a Cuba no siempre es una opción. Muchos no lo hacen por razones políticas, otros por el costo de los vuelos, y algunos simplemente porque no desean regresar a un sistema que les cerró las puertas.
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De allí surge una alternativa inesperada: los encuentros en República Dominicana, particularmente en Punta Cana. Este destino turístico, conocido por sus playas y hoteles de lujo, se ha convertido en un puente emocional donde padres e hijos, abuelos y nietos, hermanos y amigos vuelven a abrazarse tras décadas de separación.
En julio pasado fui testigo de este fenómeno. Viajé a Punta Cana y durante el trayecto desde Miami hablé con varios pasajeros. Sus historias eran desgarradoras: más de 20 años sin abrazarse, sin escucharse en persona, sin compartir una mesa. Hijos que se fueron siendo niños y regresaban convertidos en adultos. Abuelos que conocieron a sus nietos por primera vez. En esos reencuentros los abrazos eran largos, las lágrimas corrían sin parar y los silencios decían más que las palabras. No era un viaje turístico, era un viaje de vida.
Lo que más me impresionó fue la gratitud de las personas. Agradecían la posibilidad de estar juntos otra vez y reconocían el papel de las agencias que organizaron sus viajes, como Gool Travel, que les abrió el camino para que ese encuentro tan esperado se hiciera realidad. Era un desahogo humano frente a un esfuerzo colectivo que devolvía, aunque fuera por unos días, el sentido de pertenencia.
Las agencias de viajes en Miami y en otras ciudades con gran presencia cubana han sabido responder a esta necesidad: la urgencia de reunir a familias que llevan años, incluso décadas, sin poder verse. Organizan vuelos, estadías en hoteles todo incluido y transporte interno. El objetivo es claro: que las familias puedan reencontrarse en un lugar seguro, cómodo y neutral. Así, Punta Cana ha dejado de ser solo un destino turístico para convertirse en un símbolo de resistencia y amor familiar.
Este fenómeno, sin embargo, plantea preguntas difíciles. ¿Por qué los cubanos tienen que reunirse en otro país? ¿Por qué no pueden hacerlo en su propia tierra? ¿Por qué se mantiene ese control sobre la entrada y salida de personas? La respuesta está en la naturaleza misma del sistema. El gobierno cubano no está dispuesto a facilitar los reencuentros porque eso implicaría perder su control sobre la vida de los ciudadanos.
En la práctica, los cubanos son prisioneros dentro de su propia isla. Solo salen los privilegiados. El ejemplo del hijastro del gobernante Miguel Díaz-Canel, Manuel Anido, viviendo en Madrid y viajando con libertad, es un recordatorio de que los privilegios existen, pero no para todos. Mientras tanto, miles de familias permanecen atrapadas en un limbo. Y otras tantas ni siquiera sueñan con un reencuentro porque no tienen recursos para costearlo.
El gobierno ha convertido la desesperación en negocio. Ocurrió con la ruta a Nicaragua, cuando miles de familias vendieron sus casas y pertenencias para pagar pasajes que se tradujeron en millones de dólares de ganancia para La Habana. El dolor de un pueblo se transformó en fuente de divisas.
Punta Cana se ha convertido en refugio de amor en medio de ese dolor. Allí se celebran abrazos que deberían ocurrir en La Habana, en Santiago o en Matanzas. Es un símbolo triste y hermoso a la vez: triste porque refleja la separación, hermoso porque demuestra que ni la distancia ni la política logran destruir los lazos de familia.
Los cubanos hemos aprendido a inventar para sobrevivir. Hemos hecho de todo: revender lo poco que se consigue, improvisar negocios con lo que no hay, y buscar salidas donde nadie ve soluciones. Es como si lleváramos un doctorado en creatividad para enfrentar la carencia. Esa capacidad de inventar es lo que mantiene vivos los lazos familiares.
Ojalá llegue el día en que no tengamos que hablar de reencuentros en terceros países. Ojalá llegue el día en que cada cubano pueda decidir libremente dónde viajar, a quién abrazar y dónde vivir. Y ojalá llegue el día en que Cuba sea libre, para que el derecho más básico —estar con tu familia— no dependa de permisos, privilegios ni intermediarios.
Esta historia fue publicada originalmente el 28 de septiembre de 2025, 7:00 a. m..