Los votantes latinos, entre la espada y la pared
A la verdad, ¿usted ya sabe por quién votaría en las elecciones de noviembre de 2016? Imagino que una persona latina ya tendrá decidido que lo que mejor le conviene es un candidato del Partido Demócrata.
Pero eso significa que estaría entre Bernie Sanders y Hillary Clinton. Aunque Sanders era Independiente antes del 2015, y no se ha ocupado mucho del tema del latino. Solo habla de la desigualdad en sus salarios, porque supuestamente los votantes latinos le dan a la economía mayor importancia que a la inmigración o deportación de sus familiares. Mientras que Hillary es más emocional con las familias de los deportados, lo que acerca más al elector latino a su candidatura. Ella ha sido definida por los analistas políticos como la más probable ganadora de la postulación, a pesar de los triunfos recientes de su oponente en Wisconsin y otros sitios. Pero tiene una “primaria” que cumplir, según postula la revista Time del 31 de marzo.
Esa “primaria” es la del FBI. Y el que la está conduciendo ya la tuvo en la mirilla anteriormente. Se trata de James Comey y su investigación de los correos electrónicos de Hillary Clinton. Uno se pregunta si están esperando para “hacerle la cama” al final, como se dice vulgarmente, para destronarla. Ya algunos republicanos se refieren a esta eventualidad como “la primaria de Comey”, con la esperanza de que las elecciones les favorezcan. Comey fue consejero especial del Comité del Senado en el caso de Whitewater en los años 1990, durante el gobierno de Bill Clinton, que involucró a él y a su esposa. Aunque quedó exonerada esto dejó dudas sobre el papel como abogada de Hillary Clinton durante su periodo como Primera Dama en
Arkansas.
De todos modos, ya Hillary no es la promesa que se preveía en 1999 antes de que terminara su tiempo como Primera Dama de la nación. En aquel año escribí una columna proclamando que podría ser la primera mujer presidente de este país. La columnista del Boston Globe Ellen Goodman había calificado el 1998 como el “Año de la Primera Dama” y Vogue la escogió para su portada de diciembre, llamándola “La extraordinaria Hillary Clinton”, lo que la preparaba para el siglo XXI con un liderazgo imprevisto, pero bien merecido.
Bill Clinton se refirió a una cualidad que le atrajo de su esposa en una entrevista telefónica que le hice en agosto de 2004 acerca de su libro autobiográfico Mi vida (Alfred A. Knopf). “Como traté de describir en mi libro, me sentí atraído hacia ella, porque siempre tenía una cierta presencia; quiero decir, casi como un ‘aura’ alrededor de ella. Parecía mucho más fuerte, tranquila y concentrada que la mayoría de los jóvenes de nuestra edad”, expresó el ex presidente. Luego dijo que Hillary “era lo mismo una buena administradora, que una buena líder”.
Pero como ha dicho Joyce Brothers en un libro que hizo época, esa aura se desgasta ante los demás cuando se pierde lo prístino, lo nuevo, lo intocado. Para volverla a ganar cuesta mucho trabajo, sobre todo, en las relaciones
interpersonales.
De ser buena administradora de la cosa pública se precia la ex Secretaria de Estado, pero ¿lo ha sido, y sin ningún error? ¿Y se ha mostrado como buena líder en todo ello? Sanders le gana en liderazgo apasionado, pero no ofrece confianza en cómo resolverá los problemas económicos, que es una de sus bases importantes. Curiosamente, se acerca a Donald Trump en eso de cortar los compromisos comerciales con nuestros socios internacionales para proteger la industria doméstica. Y uno se pregunta: ¿será a costa del consumidor, a costa de nuestros servicios monetarios a los extranjeros?
Sin embargo, también hay hispanos asociados al Partido Republicano, y por múltiples razones. Algunos, porque prefieren la ideología conservadora después de haber dejado países en donde impera el populismo socialista, que supuestamente ayudaría a los trabajadores y por el cual se han exiliado o emigrado, pues ya sabemos de sus fracasos en países como Ecuador, Venezuela, Nicaragua, Argentina, Brasil. Y aún más, se pueden señalar los resultados de la violencia y del narcotráfico, en países sin leyes ni trabas apropiadas, que inclina a sus emigrantes hacia el conservadurismo.
Entonces, les queda la posibilidad de votar por Trump o por Ted Cruz. Trump está contra los inmigrantes, es más, los detesta e incita al odio contra ellos de manera vulgar, como si Estados Unidos no fuera un país de inmigrantes, incluyendo a sus antepasados. Pero Ted Cruz, siendo hijo de un exiliado cubano, tampoco está declarándose muy favorable a su grupo étnico. Incluso no quiere que le consideren el candidato hispano, se cambió su nombre de Rafael por el de Ted, apoya la idea de un muro contra los mexicanos. Pero es improbable que otros aspirantes tengan la oportunidad de ganar la postulación en la convención de este partido que se celebrará en Cleveland, Ohio, el 18 de julio.
Las sorpresas en la campaña republicana hasta ahora pueden convertirla en la más dividida desde la década de los 1970, con la posibilidad de que el partido carezca para entonces de un nominado claro, que sería elegido durante la Convención.
Esperé 14 años para hacerme ciudadana norteamericana, porque las heridas del exilio no me dejaban tomar esa decisión, finalmente me di cuenta de que era un destierro permanente y que era preferible participar en la vida política del lugar donde vivía. Era la primera vez que votaba y se enfrentaban Jimmy Carter y Gerald Ford. Aunque tenía resentimientos contra John Kennedy por habernos traicionado en la invasión de Bahía de Cochinos, yo admiraba a los demócratas desde que era niña. Tenía pasión por Franklin D. Roosevelt, creía que había sido un héroe para los pobres del Sur de Estados Unidos y para América Latina. Y Carter ofrecía unos pensamientos ideológicamente correctos a mi entender. Ford era un seguidor de Richard Nixon, cuyo Watergate había estado mirando por televisión todo aquel verano de vacaciones. Pero mi esposo, el señor Connor, era republicano. Y se puso muy disgustado de que yo cancelara su voto. Pues nunca me arrepentí, porque si no fuera por Carter no hubiera ocurrido la oportunidad para los cubanos que huyeron por el Puente del Mariel, ni todo lo que le precedió. A través de los años, cuando he ido a votar no he tenido ninguna duda de quién era mi candidato preferido, de cualquier partido.
Sin embargo, esta es la primera vez que me veo “entre la espada y la pared”. Hillary tiene la espada de Damocles –de Comey– encima, Trump es el que pone la pared –el muro– de por medio. Sanders ofrece mucho, pero me parece un demagogo, sin el Congreso no puede hacer nada. Cruz me ofrece poco, no tiene orgullo de su antepasado cubano, y no pienso que tiene las de ganar. Me pregunto entonces qué sentirán los lectores. Si estarán en el mismo dilema que yo.
olconnor@bellsouth.net
Esta historia fue publicada originalmente el 9 de abril de 2016, 10:55 a. m. with the headline "Los votantes latinos, entre la espada y la pared."