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El morbo mediático premia a los políticos escandalosos

El precandidato presidencial republicano Donald Trump (izq.) con el presentador Jimmy Fallon, de ‘The Tonight Show Starring Jimmy Fallon’, en septiembre del 2015 en Nueva York.
El precandidato presidencial republicano Donald Trump (izq.) con el presentador Jimmy Fallon, de ‘The Tonight Show Starring Jimmy Fallon’, en septiembre del 2015 en Nueva York. AP/NBC

Una de las cosas que recuerdo más vívidamente de mi juventud en Cuba es lo que me impactaron los discursos de Fidel Castro por la televisión. El era el David frente al Goliath de la leyenda bíblica: la islita frente al Imperio. Nos tenía a todos muy emocionados. La emoción, y no la razón era lo máximo. Y si se iba uno a la Plaza Cívica era más impresionante aun, pues se estaba inmerso en una masa humana que engolfaba el sentimiento y el cerebro, al punto de convertirnos a todos en células indiferenciadas del mismo organismo populachero.

Eso lo veo de nuevo esta semana en las personas que con pancartas de Trump se le enfrentaron a Ted Cruz. Y en las insinuaciones, sin ser comprobadas, acerca de fotos supuestas del padre de Cruz, al lado del asesino de John Kennedy, Lee Harvey Oswald. Es la búsqueda del sensacionalismo que tiene Donald Trump, para inyectar las dendritas del cerebro donde se trasmiten las más profundas emociones del individuo, de todo aquello que no apele a la razón, sino a la ira y a la envidia. Es el pataleo, la insinuación, sin datos suficientes, y dar los escándalos más insultantes, de todo se sirve este tipo de político para enfrentarse al contrincante.

Muchos han analizado estas tácticas que se han usado en las últimas décadas en Latinoamérica derivadas de las enseñanzas y modelos de Fidel Castro, que a su vez fueron inspiradas por otro gran populista, Adolfo Hitler. Este se había aprovechado de signos, frases, esquemas, consignas, y señales, como la swástica, y de filosofías místicas, como la del Santo Grial, y se valió de las reuniones masivas, de noticieros en el cine, de las películas y de la radio para extender estos mensajes.

Imaginen el poder de la televisión en la Cuba de fines de los 1950. Hasta la madrugada me quedaba escuchando aquella voz viril y casi ronca a veces, y viendo aquel rostro joven y hermoso, con aquella frondosa barba, que nos tenía a todos ensimismados, creyendo a pies juntillas en todo lo que decía. En esos momentos no había opositores, y si los había, se acallaban enseguida con solo una frase equívoca del “dios”. No importa que dijera “armas para qué”, no importa que dijera que “no iba a someterse a elecciones”, no importa que hablara de “una alianza con países no alineados”, no importa que “no aceptara ayuda norteamericana”, no importaba que los pioneritos ya marchaban en las calles en diciembre de 1959.

Después de todo esto, se ha visto como Hugo Chávez y Evo Morales fueron a Cuba “a aprender”. Después ha ido Nicolás Maduro. Y ni se diga de las reuniones con Daniel Ortega y Rafael Correa. Ese es el modelo para adquirir el poder sin condiciones. Porque la emoción lo es todo a la hora de votar.

Es inconcebible que Donald Trump se haya salido con la suya, a pesar de que lo que dice no lleva razones. Y ha sido principalmente por el morbo mediático de las cadenas por cable, que ahora son mucho más eficaces, porque están todo el día en el aire. El mensaje a través de los ubicuos iPhones, en los que se reproduce instantáneamente todos los pronunciamientos es altamente efectivo. Además Trump sabe usar los tuits y aprendió con su reality show a canalizar la imagen cuando se dicen cosas de impacto como: “Estás despedido”.

Se ha visto como este nuevo estilo de la maquinaria política para agarrar el poder se repite por los que mueven las masas. Lo hizo Chávez en Venezuela, que a pesar de parecer grosero a veces, tuvo ocurrencias que atraparon la imaginación pública, y la primera de todos fue la de equipararse a Bolívar. Eso estuvo muy peliagudo y a la vez genial. Titular su política como “movimiento bolivariano”, y a la vez del socialismo del siglo XXI, fue un contrasentido, porque nadie estaba más lejos del socialismo izquierdista que Simón Bolívar, quien era un conservador en el orden social. Pero eso no importaba, si las mentiras inflamaban a las masas.

Y de hecho, los medios se aprovecharon de todos estos desaguisados como generadores de ratings. En España hay un cultivador del morbo mediático que no tiene precio. Lo ha hecho muy recientemente en la Facultad de la Universidad. Nada más insultante y generador de noticias como la crítica que le hizo Pablo Iglesias a los periódicos en la figura de uno de sus agentes, el periodista de El Mundo, Álvaro Carvajal, porque usó una palabra muy insinuante por lo morbosa. “Tengo que evitar que Alvaro Carvajal que tiene aspecto de epistemólogo, pero es un periodista de EL MUNDO, me saque el titular ‘Vamos a hacer que España se masturbe’ ”. La televisión y los periódicos le hicieron el juego a Iglesias, que los tiene manipulados desde el principio, a pesar de que ellos parecen querer que él desaparezca.

Pero más ingenioso que Iglesias, cuyo movimiento Podemos, según lo que publica ese mismo periódico, EL MUNDO, solo recibió $7 millones del gobierno de Venezuela, está el multi-billonario Trump, con todo el dinero del mundo, y que sabe mucho más de cómo manipular al pueblo. Lo que podrían llevarlo a ganar la presidencia de este país, ahora que ya se ha quedado solo como posible candidato del Partido Republicano.

Porque a Trump no le importa decir mentiras, amenazar, acusar, pervertir, vanagloriarse y montarse en las promesas más ridículas que nadie haya escuchado jamás. Es el jugador político que más se aprovecha del bluf. Por ejemplo, cuando dice que los mexicanos pagarán por una muralla, lo cual es simbólico, porque las murallas no detienen a nadie que quiera entrar, ni el mar, ni el río, ni la piedra. Lo que detendrá la inmigración sin orden es exigirle a cada empleador que pague multas gravosas si les da empleo a quienes no tienen el número del seguro social o la famosa tarjeta verde. El supuesto neo-nacionalismo de Trump es similar al de los que exhiben los dictadores latinoamericanos, una excusa para embaucar a sus seguidores.

Y esta es la plaga populista que se cierne sobre todos nosotros en las Américas, desde Alaska a la Patagonia, e incluyendo a la Madre Patria. De la cual nosotros mismos tenemos parte de la culpa, los medios.

Esta historia fue publicada originalmente el 6 de mayo de 2016, 8:20 p. m. with the headline "El morbo mediático premia a los políticos escandalosos."

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