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Feminismo versus misoginia en las elecciones de EEUU

Hillary Clinton en mitin de campaña en Bowling Green, Kentucky, el 16 de mayo.
Hillary Clinton en mitin de campaña en Bowling Green, Kentucky, el 16 de mayo. Bloomberg

Llegar a la presidencia será difícil para una mujer en Estados Unidos, cualquiera que esta sea. Me baso en la historia que he conocido, porque la he vivido. Y esto se recrudece ahora que es una mujer la que estará en la palestra contra un misógino confeso.

Cuando llegué a Estados Unidos en 1964 desde Cuba, vía Puerto Rico, donde tuve maravillosas profesoras en la Universidad, y antes en un Instituto Preuniversitario de La Habana, no me podía imaginar la dura realidad hacia la mujer en este país. Universidades de primera categoría, como la de Pennsylvania, excluían a las mujeres como catedráticas. Les dejaban dar clases, pero no les daban una posición permanente. Algunas, como la Universidad de Yale, excluyeron a las estudiantes femeninas de sus clases hasta 1968.

¿Cómo un país tan avanzado podía tener esta política dentro de los principales centros de enseñanza? Por eso a principios de los años 1960 y hasta los 1980, dentro del clima de la lucha por los derechos civiles, resurgió el movimiento feminista. No era para pedir el voto para la mujer como las sufragistas hicieron a principios de siglo, sino para pedir igualdad de condiciones en el trabajo y la enseñanza, cuando hubiese igualdad de capacidades.

Sin embargo, las mujeres negras en su mayoría no participaron en ese movimiento feminista, sus líderes masculinos las convencieron de que lo primero era el movimiento de los derechos civiles para los negros, y que el movimiento feminista era de la clase media de la raza blanca. Esta idea resurgió hace ocho años cuando se disputaban la postulación del Partido Demócrata Hillary Clinton y Barack Obama. Los negros votaron en masa por Obama. Entrevisté a una cantante negra feminista para un artículo y le pregunté si iba a votar por Hillary. Su respuesta fue negativa. “Sí, creo mucho en el voto por la mujer”, me dijo, “pero no puedo dejar de apoyar un posible presidente negro, eso es más importante”.

Este país es muy racista, pero la misoginia, el sexismo, es aun más grave. Y la mujer es la peor enemiga de la mujer. Esa fue la principal clase que recibí de los grupos feministas en los años 1970. Si una mujer tenía un puesto importante prefería emplear a un hombre por debajo de ella, creería que eso le daba más valor. Se creía superior por ser la única mujer en el puesto. Las mujeres estamos acostumbradas desde pequeñas a competir con otras mujeres, no con los hombres, se me dijo.

Y llegamos a creer que lo que vale para un hombre no vale para una mujer. En política lo primero que hay que aprender es a ser cauteloso, por lo tanto guardador de secretos, como sabe cualquier diplomático. Si es hombre se le considera discreto, si es mujer se le acusa de mentirosa. Para avanzar en los negocios es necesario tener dotes de agresividad, es lo típico. Que una mujer se defienda de igual manera y sea agresiva, y será acusada de hacer algo impropio de su género.

Ese tema lo ha tratado en su artículo sobre el caso de los transgéneros masculinos Charlotte Alter (en Time, de 17 de mayo): “Una y otra vez hombres que han sido criados y socializados como hembras, describen todas las formas en que han sido tratados de modo diferente tan pronto como el mundo los percibió como varones. Ganaron respeto profesional, aunque perdieron intimidad. Exudaron autoridad, aunque causaron miedo. De las cortes a los parques, de las prisiones a las estaciones de trenes, en el trabajo o en la casa, con amigos o solos, los transgéneros masculinos reiteran cómo es fundamentalmente diferente experimentar el mundo si se tiene la forma de hombre. ‘El sexismo cultural en el mundo es muy real cuando se vive en ambas caras de la moneda’, dice Tiq Milan”.

En la serie satírica Veep, en HBO, se presenta a un personaje femenino de vicepresidenta, y subsecuentemente de presidenta, a quien solo le interesa ganar. Se hace todo en nombre del humor. Es un House of Cards, pero en broma. Especialmente en la más reciente entrega, Selina Meyer (Julia Louis-Dreyfus) solo consigue llorar después de muerta su madre, no porque la haya perdido, sino porque ha perdido la votación de Nevada a su favor. Todos los hombres a su alrededor se aprovechan. Una se ríe, pero a la vez sufre, con la visión de una mujer que no es adecuada para el puesto.

Donald Trump le ha salido a Hillary Clinton con el mote de “enabler”, habilitadora, porque perdonó que su marido la engañara con varias mujeres. Esa es una de las cosas que más le critican las propias mujeres a ella. Y eso sí que da risa. Porque hay un porcentaje enorme de mujeres que les perdonan a sus maridos que sean unos donjuanes, e incluso primeras damas muy apreciadas, como por ejemplo la famosa Jacqueline Kennedy, cuyo Jack fue el más donjuán de todos. Pero es que Trump es también polígamo en serie. Ya va por la tercera esposa, y son cada vez más jóvenes. ¿Cómo se atreve a criticarla?

Otra censura que le hace a Hillary es que pertenece a Wall Street, porque deriva su dinero de allí (por conferencias, por donaciones). Esto no es más que pura competencia de empresas. Porque Donald Trump es un inversionista en bienes raíces, así es como multiplica sus billones. Y se aprovecha de bancarrotas cuando le conviene. El siempre ha sido rico, nació millonario, mientras que los Clinton son de la clase media, necesitan la ayuda de otros.

Luego, como se rumoró que Hillary pensaba en Elizabeth Warren para vicepresidenta, Trump le enfiló los cañones a esta senadora burlándose de su supuesta herencia de aborigen norteamericana. Sería demasiado para este pueblo tener a dos mujeres en el mismo ticket presidencial y Hillary, que es muy pragmática, no lo hará.

Esta misma semana el Donald ha acusado a la Hillary de usar el feminismo para ganar. Si fuera hombre no tendría el cinco por ciento del voto, dijo. Habló de que no tendría energía para resistir el puesto. Todo eso para que ella reaccione y se busque el odio de los votantes masculinos. Sin embargo, Hillary fue al reputado Wellesley College, obtuvo luego un título de abogada en Yale, ha apoyado a su esposo como Primera Dama de Arkansas y de Estados Unidos, ha tenido experiencia en el puesto de Senadora y ha sido Secretaria de Estado, visitando más de 100 países en ese periodo. Y Trump, que no ha sido nada en la vida política, que no tiene idea de política exterior, por eso tiene que ir a aprender con Kissinger, es experto en el arte del negocio, sabe inflamar a las masas en los rallies contra los mexicanos y otros países, y despedir ficticiamente a la gente en sus programas de televisión.

Además, la misoginia de Donald Trump lo ha llevado a que un 50 por ciento de mujeres blancas apoyen a Hillary Clinton, y a él solo un 39 por ciento en una encuesta de CBS en abril. Y Megyn Kelly ha dicho que después de que el candidato la trató tan mal en marzo un 72 por ciento de mujeres se rebelaron en su contra.

A estas alturas, el tema de los sexos no ha sido resuelto en América. Los prejuicios tomarán su curso, a pesar de que lo que está en juego es temible, porque este país tiene una responsabilidad mundial.

Esa es la cuestión.

Esta historia fue publicada originalmente el 21 de mayo de 2016, 4:45 p. m. with the headline "Feminismo versus misoginia en las elecciones de EEUU."

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