‘Una saga Yoruba’, novela de Matías Montes Huidobro sobre la religión afrocubana
Cuando tenía 11 años jugaba con varias amiguitas en el portal de mi casa en una calle del barrio Manuel de la Cruz, entre Santos Suárez y Luyanó, en La Habana. Entre ellas estaba Cachita, la hija de una mujer muy alta, de tez ligeramente morena, que emanaba un perfume cubano de agua de violetas. Frente a su casa paraban Cadillacs y limusinas impresionantes con chóferes.
La mamá de Cachita era lo que en Cuba se llama “santera”, y un día me invitó a la fiesta de la Virgen de las Mercedes, un 24 de septiembre. Vestida toda de blanco con unos bombachos anticuados bajo la falda, parecía endrogada mientras bailaba de modo singular. Así fue cómo dándome abrazos muy raros a los lados del hombro izquierdo y derecho, me declaró que yo era hija de Obatalá.
Poco a poco en mi vida me fui dando cuenta de lo que aquello significaba, y de los misterios de la religión afrocubana, por los libros de Lydia Cabrera, y muchos otros sobre los “patakíes”, esos cuentos religiosos en clave, que nos hablan de los Orishas (dioses africanos) y de sus profecías para la vida. Al regresar a Cuba muchos años más tarde visité uno de los centros religiosos, en el poblado de Regla, frente a La Habana, y “me consulté”. Me dijeron que yo era hija de Changó, pero este Orisha me había cedido “la cabeza” a Obatalá. Fiestera, guerrera y en busca de la sabiduría, fue el dictamen, entre otros resultados proféticos.
Por eso, al enterarme de que el conocido escritor Matías Montes Huidobro había escrito un libro sobre los “patakíes” me quedé muy impresionada. Claro que lo primero que busqué fue lo que decía –ustedes lo adivinan– sobre Obatalá y Changó. Porque de los principales Orishas afrocubanos inventa su curiosa saga. Está escrita en un lenguaje sabroso mezclado de muchas formas imaginarias de ver la religión de la Regla de Ochá o de Ifá. Esta es la tradición religiosa yoruba venida de Nigeria en época de la esclavitud negra a Cuba. Es de donde procede la mayoría de nuestras creencias afrocubanas, sincréticas, que el autor entremezcla con sus elucubraciones literarias, tejiendo una trama multinacional.
Montes Huidobro me envió el libro y lo presentó en el CRI, Instituto de Investigaciones Cubanas de la Universidad Internacional de la Florida. Jorge Duany, su director, le dio la bienvenida, y Aymée Correa contribuyó con la presentación en “power point” con estupendas imágenes africanas. Fue una charla bilingüe, pero el autor nos explicó personalmente, y en pocas palabras, la gestión y proceso de su novela Una saga yoruba (Editorial Persona), que comenzó a escribir entre fines de noviembre del 2008 y fines de mayo del 2009.
“En un período de seis meses produzco un promedio de 100 páginas por mes, que después se irán reduciendo entre revisiones y recortes. Los primeros capítulos de El libro de los patakíes, que así la llamé en ese momento y se refieren a Olofi Olodumare, Obatalá, Eleguá, Orula, y Yemayá, quedaron terminados en su primera versión prácticamente en el período de seis meses de trabajo intensivo entre la medianoche y las tres de la mañana, que es mi horario más productivo”, contó Montes Huidobro. “Me salían como si alguien me los estuviera dictando, y las palabras se agolpaban y fluían precipitadamente, luchando unas contra otras”.
Ya desde el primer capítulo el autor deja establecida la crisis que sufre Olofi Olodumare –creador fundamental en esta religión–, ante el desastre colectivo de la conducta humana y la propuesta de una reunión de los Orishas, en Ifé ( antigua ciudad en Nigeria, Africa), para resolver los problemas del mundo.
“Justo es decir que en ese momento no tenía la menor idea de lo que Olodumare tenía en la cabeza y a dónde iban a parar sus planteamientos”, subrayó Montes Huidobro. “Sólo sabía que si la propuesta iniciaba la novela, la misma tendría que conducir al desenlace, por lo cual era un proyecto orgánico, redondo, que le daría unidad a la saga”.
“Condenado por Orula [el dios del tablero de Ifá de revelaciones] al corredor de los esclavos y a que lo degollaran en los festivales de Gezu, inventé el concierto de la letra D, que lo marcaría en la frente con un hierro candente y compongo una ‘música textual’ (iyá, itótele y okónkolo), con el xilófono de Orff y otros instrumentos musicales que no he escuchado en mi vida, una partitura del imposible, actualizada en el momento de la muerte por un ‘¡Viva Cristo Rey!’ colectivo”, añadió su autor.
No hay duda de que hay un proceso de investigación que se refleja en el texto, pero que se altera con los aspectos imaginativos. Es seguro que le complicó la vida a Montes Huidobro, porque tuvo que incluir datos que no se opusieran a las tradiciones. Para decirlo en cubano, que no se le formara “un arroz con mango” total.
El explicó que “en esta trayectoria, jugaron un papel importante dos libros de cabecera, A History of Nigeria, de Toyin Falola y Mathew Heaton y The World’s Most Dangerous Places, de Robert Young Pelton, y dos museos, The Museum of Fine Arts, de Houston, y The Metropolitan Museum de Nueva York, con sus excelentes colecciones de arte africano”.
olconnor@bellsouth.net
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de junio de 2016, 2:07 p. m. with the headline "‘Una saga Yoruba’, novela de Matías Montes Huidobro sobre la religión afrocubana."