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Origen del terror islámico y su propagación: la ideología

Banderas norteamericanas, una por cada una de las víctimas en la masacre del domingo, se han colocado en una estación de bomberos junto al club Pulse en Orlando.
Banderas norteamericanas, una por cada una de las víctimas en la masacre del domingo, se han colocado en una estación de bomberos junto al club Pulse en Orlando. AP

La violencia del sector más fanático del Islam, que hoy no sólo golpea a los judíos, sino también a otros credos, obliga a actuar con firmeza y exige que los musulmanes moderados salgan a condenar públicamente la intolerancia”, esto escribió en 2015, en el periódico La Nación, de Buenos Aires, el gran escritor y psiquiatra Marcos Aguinis, conocedor de teología, psicología, historia y literatura, disciplinas que ha estudiado y que ha incorporado a sus novelas y ensayos sobre el terror y la ignorancia.

Escribo estas líneas esperando aún que los musulmanes salgan en masa de sus mezquitas a condenar públicamente el acto salvaje cometido por Omar Mateen en la discoteca LGBT Pulse de Orlando, Florida. Es lo menos que podrían hacer. Y ayudaría en las relaciones entre los ciudadanos.

Porque la mayoría de los norteamericanos son ignorantes de las culturas extranjeras. No saben lo que son las religiones de los otros, porque han reducido la suya a una reunión en la iglesia los domingos o en fiestas de guardar; no entienden el fanatismo nacionalista ni religioso, aunque quizás lo aprendan por desgracia con estas marcas del terror que se cierne cada día más sobre nosotros.

Aguinis escribió la novela Asalto al paraíso (2002), sobre el ataque suicida en 1992 a la Embajada de Israel en Buenos Aires, en la que describió, desde el punto de vista psicológico, cómo un chico terrorista puede tener el cerebro tan deformado como para llevar a cabo un ataque total sin una pizca de resquemor, entregado a la promesa de la gloria en el paraíso. Y cuan suavemente habla y se comporta este tipo de individuo, porque está en una especie de impulso religioso “regenerador” mientras mata, que es como también describieron al asaltante Mateen los sobrevivientes de Pulse.

“Lo que pretendo”, dijo Aguinis, “es conmover al mundo frente a la nueva amenaza existente en el planeta y que es el epígono de los dos grandes totalitarismos del siglo XX: el estalinismo y el nazismo. El terrorismo religioso, fundamentalista, es el tercer totalitarismo que está avanzando”.

El fanatismo del siglo XXI no ha sido privativo de los musulmanes extremistas, lo hemos visto antes en el siglo XX, y mucho antes, con los inquisidores españoles que quemaban a los heréticos, como se puede leer en otra obra de Aguinis, La gesta del marrano, basada en un histórico auto de fe cometido en Lima en el siglo XVII.

Sin embargo, este es un “lone wolf” –un lobo solitario–, como llaman a Mateen los comentaristas, y copiador de tantos suicidas de la yihad. Actúa como guerrillero, y probablemente tuvo alguna ayuda, por lo menos de la que fue su segunda mujer, Noor Zahi Salman, quien ha confesado que él visitó unos tres sitios para ejercer su tarea de “limpieza religiosa”. Porque siempre el “lobo” necesita quien le siga, o a quien seguir. Sus declaraciones desmienten la interpretación psicológica de que quizás Mateen era gay y quiso ir contra sí mismo, porque se odiaba. Se confunden las labores del espía, que incluyen mezclarse con los enemigos, comprobar las debilidades de los sitios. Como hizo en Disney World, donde van sobre todo niños, pero que está mucho más vigilado.

Nadie quiere aceptar que hay aberraciones en nombre del nacionalismo y de la religión. Las ideologías son muy celosas. El hecho de que este joven no hubiese estado dentro de una célula de conspiración terrorista no es razón para creer que ya él no había sido indoctrinado en ese camino. Y, ¿con quién se crió Mateen? Con el señor afgano Seddique Mateen, un padre que sigue aliado a su país usando los medios de la Internet, en los que alaba a los talibanes, los que le pusieron burkas a las mujeres para salir a la calle, los que han forzado a seguir la más estricta ley sharia en Afganistán. ¿Quién fue su amigo? Moner Mohammed Abu Salha, miembro del grupo de Al Qaeda Jabhat al-Nusra, que hizo un ataque suicida en Siria, y que asistía junto con él a la misma mezquita en Florida.

En Arabia Saudí, donde Mateen estuvo dos veces, no se permiten iglesias cristianas ni cruces de ningún tipo. Ni en la Meca ni en Medina puede entrar nadie que no sea musulmán. La homosexualidad es condenada con la muerte. El alcohol es prohibido.

Por eso es perentorio que el Congreso habilite con leyes apropiadas al FBI para que mantengan una actitud consecuente con sus investigaciones de los posibles “locos” inquisidores modernos y no los dejen de observar. No es suficiente que se les prohíba comprar rifles de asalto, o armas semiautomáticas, pues esto es fácil de conseguir en el mercado negro, es necesario que vigilen los movimientos de los sospechosos. Ya estaba bajo el radar policíaco años atrás. Ahora fueron alertados por la guardia de Disney. Pero se descuidaron.

De todos los seres vivos el hombre es el más feroz, mata sin necesidad de matar para comer, como harían otros animales salvajes. Y en el Estado Islámico, la rama yihadista y guerrera más reciente de la religión monoteísta más celosa del mundo actual, la musulmana, se han concentrado los resentimientos de muchos que en el fondo detestan vivir en esta nación.

Lo que busca la yihad de cualquier bando es encontrar adeptos, y por eso Mateen mencionó no solo al EI, sino también a su amigo suicida Abu Salha, de una organización distinta, pero también yihadista. La lección que debemos sacar de este último episodio sangriento es que no podemos desviar la atención hacia razones sicológicas más allá de la locura de una persona víctima del fanatismo religioso. Y es que no hay sentimiento más poderoso que la creencia ideológica.

Esta historia fue publicada originalmente el 18 de junio de 2016, 3:13 p. m. with the headline "Origen del terror islámico y su propagación: la ideología."

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