Handel, a veces es mejor cerrar los ojos y deleitarse escuchando (Segundo de dos partes)
De las dualidades que plantea Handel en su magistral Giulio Cesare y sus fieros contrastes entre ira y serenidad, júbilo y tristeza, desolación y algarabía, al mundo fantastico de la hechicera Alcina donde se penetra en un territorio de ominosos contornos gracias a la espectacular escenografía de Chloe Lamford y la directora Katie Mitchell. Ambos construyen un palacio en dos niveles con laberintos y recámaras, sola en el centro, la única habitación iluminada es la comarca mágica de Alcina de la eterna juventud (los personajes envejecen al momento de pasar a las otras habitaciones); el tiempo no transcurre y la maga como Circe transforma a sus víctimas en animales embalsamados, plantas y flores alojadas en vitrinas à la Damien Hirst rodeando una cama, único mobiliario donde todo sucede. La ingeniosa brillantez de la propuesta se desluce pronto con los desvaríos ya comentados que acaban por aburrir, pecado mortal sobre cualquier escenario.
Irreprochable el trabajo de Andrea Marcon y la Freiburger Barockorchester con un ensemble instrumental literalmente encendido. Es Jaroussky como Ruggiero quien se lleva las palmas de la noche especialmente en “Verdi prati”, que fuera compuesta para Carestini. La protagonista es Patricia Petibon, un gusto adquirido cuyos agudos blancos y curiosos ataques no son del gusto de todos. La soprano francesa entrega uno de sus mejores trabajos para aquellos convencidos con sus peculiares manierismos y timbre vocal. Su cómplice y hermana, Fata Morgana, a cargo de la ascendente Anna Prohaska, cumple eficazmente con las demandas del papel incluso en el arduo “Tornami a vagheggiar”. Amén de sus indudables méritos, en ambas falta la sensualidad y despliegue con las que Fleming y Dessay invistieron a los personajes en la memorable versión parisina de William Christie. El elenco se completa con la notable Katarina Bradic como Bradamante, Krzysztof Baczyck como Melisso, Anthony Gregory como Oronte en destacada intervención y como Oberto, el niño Elias Mädler con momentos de dudosa afinación. Plena de sofisticadas fechorías, es una versión escénicamente perversa y musicalmente de indiscutible calidad.
Mas allá del regodeo de algunos directores por tensar la capacidad de aguante de la audiencia y cantantes, víctimas estoicas que deben ejecutar sus mandatos sin rebelión aparente, la única solución por el momento es limitarse a cerrar los ojos, disfrutar de la eximia interpretación musical o resignarse a aceptar el enfoque y sucumbir a tan mentadas “propuestas”. El aficionado decide.
Handel, Alcina, Erato 0190295974367.
Esta historia fue publicada originalmente el 22 de septiembre de 2016, 5:58 p. m. with the headline "Handel, a veces es mejor cerrar los ojos y deleitarse escuchando (Segundo de dos partes)."