Música

Un prodigio llamado Fritz Wunderlich

Imagen de cortesía

Si suspiras con Jonas Kaufmann, Plácido Domingo, Luciano Pavarotti, Carreras, Florez y Alfredo Kraus (o cree que Bocelli integra esa ilustre liga) quizás sea porque nunca oyó a Fritz Wunderlich (1930-1966). Inconfundible e indispensable. El 17 de septiembre se cumplió medio siglo de su trágica muerte a los 35 años, cuando se hallaba en camino a una gloria que ni su partida pudo arrebatarle. Este príncipe entre tenores (porque el rey seguirá siendo Caruso) tuvo una breve aparición en la faz de la Tierra, aunque fugaz bastó para dejar una impronta indeleble, un ejemplo más vigente que nunca en un mundo que parece dedicarse a ser implacable moledora de carne de talentos en cuestión de minutos, y en este renglón las grandes voces llevan una estadística aterradora.

Como con Mozart y Schubert o intérpretes como Ginette Neveux o Guido Cantelli no hay idea ni medida de cuanto más pudieron legar a la humanidad. El tenor dijo días antes de su desaparición “Los buenos tiempos están por venir, un cantante no está formado hasta cumplir los cuarenta años”.

Wunderlich es un ABC del canto, ejemplo del tenor lírico más puro, dueño de una voz luminosa (por una sola letra su nombre no significa “luz maravillosa”), fraseo elegante, naturalidad en la emisión, espontaneidad incontenible, fiato interminable, carencia de amaneramientos, deslumbrante amén de condiciones naturales fuera de serie. En Wunderlich convergen predecesores y contemporáneos de la talla de Josef Schmidt, Richard Tauber, Jussi Bjorling y Nicolai Gedda. Igualmente admirado por colegas de su cuerda como por sopranos y directores, en cierto sentido es el equivalente al director Carlos Kleiber, otro amado incondicional de los músicos.

Con tal de saber cómo lo hacía incluso los hoy “musicalmente incorrectos” –por estilo o idioma– Sesto de Julio César, evangelista de Bach, Uriel de Haydn, Ruggiero de Handel o sus Don Ottavio, Almaviva, Lensky, Pinkerton, Alfredo, Cavaradossi, Rodolfo y Calaf (todos en alemán ....hasta Granada!) resultan paradigmáticos, ni que decir del definitivo Tamino en La flauta mágica, Belmonte de Rapto en el Serrallo, Henry de La mujer silenciosa de Strauss, sin contar Egk, Berg, Lortzing, Janacek, Smetana o Palestrina de Pfiztner; del espléndido protagonista de operetas al liederista que hizo Schumann y Schubert como nadie así como el solo tenor de La canción de la tierra, cada ejemplo cuenta. En cambio, queda la ilusión de haberlo oído en Lohengrin o Walther de Los maestros cantores; su único Wagner es el breve aunque soberbio Timonel de El holandés errante.

Nacido en un pueblo del Palatinado, hijo de músicos que sobrevivían como posaderos, huérfano de padre a los cinco años, aprende piano, violín y acordeón y se gana la vida como músico. En Friburgo estudia primero trompa y luego canto costeándose los estudios cantando jazz en clubes, salta a la fama como miembro del ensemble de Stuttgart cuando sus ilustres colegas Josef Traxel y Wolfgang Windgassen acordaron “enfermarse” para dar la oportunidad dorada a este joven prodigio. De allí a ser solicitado por Karajan y Böhm, Klemperer y Kubelik, de Stuttgart al Colón porteño, Berlin, La Scala, Londres, Bruselas, Edimburgo, Aix y Salzburg, Wunderlich deja una estela de admiración.

Felizmente casado con la harpista Eva Jungnitsch, madre de sus tres hijos, compañero de escena y juergas de Hermann Prey y Gottlob Frick aquel fatídico septiembre decidió tomarse unos días antes de cruzar el Atlántico para debutar en el Metropolitan como Don Ottavio en las semanas inaugurales del teatro en Lincoln Center. En el coto de caza de amigos, la noche del 16 de septiembre de 1966 resbaló en la escalera fracturándose el cráneo, muriendo al día siguiente. Un excelente documental firmado por Thomas Staehler y Thomas Voigt con todos los protagonistas de su vida fue editado por DG hace unos años (Fritz Wunderlich, Life and Legend). En compacto, vinilos, videos o incluso YouTube, vale la pena explorar el legado de su arte antes del monumental lanzamiento conmemorativo que DG hará con sus registros completos en 32 compactos.

Pasaron 50 años y hoy Jonas Kaufmann porta un cetro que Wunderlich hubiera llevado de no haber partido demasiado pronto. Un artista ante el que se hubiera rendido el poeta Machado y su “desdeño las romanzas de los tenores huecos” de haberlo escuchado en el aria de Lehar Amigos, la vida merece vivirse!

Esta historia fue publicada originalmente el 29 de septiembre de 2016 a las 3:07 p. m. con el titular "Un prodigio llamado Fritz Wunderlich."

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