Música

Dos colosos por colosos y ‘Un viaje de invierno’

El Cuarteto Emerson y David Finckel.
El Cuarteto Emerson y David Finckel. Tully Hall

Dos magnas obras del romanticismo engalanaron una otoñal tarde neoyorquina separadas por la distancia entre Carnegie Hall y Alice Tully Hall. Dos colosos de Schubert compuestos en los tramos finales de una vida que no llegó a los 32 años. Dos versiones impagables por artistas convertidos en literales mensajeros del compositor.

Presenciar a Ian Bostridge y Thomas Adès en Viaje de Invierno es remitirse a los legendarios Pears y Britten, es pensar en el mismo Schubert entonando por vez primera estas canciones para su círculo íntimo (“Son mis preferidas y terminarán siendo de ustedes”), es comprobar su lacerante intensidad cantada en la cuerda original de tenor para la que fue compuesto. Si la versión barítono es la norma (y como rara excepción alguna que otra mezzo intrépida), un tenor aporta una urgencia y autenticidad digna de experimentar, máxime cuando se trata del más notable liederista británico en su categoría. La apuesta se duplica con Adès, el gran compositor inglés del día, compuso el Caliban de su ópera La tempestad para Bostridge, detalle importante de la consustanciación entre ambos que aporta un enfoque más de colega que de pianista, hay una sutil intervención, frondosa imaginación, un colorido único, un mano a mano de compositor a compositor, creando el contraste con la moderna interpretación del cantante para esta cabalgata emocional.

Para Bostridge cada Winterreise es una travesía, como debe ser, a los 51 años vive con el ciclo desde hace 37; es su compañero de viaje, de vida, marcó su espaldarazo internacional, lo grabó en varias oportunidades, lo cantó mas de un centenar de veces, hizo una polémica película y escribió un libro imprescindible: Anatomía de una obsesión. Y en esa literal obsesión Bostridge va más allá del cantante, es un historiador, un erudito, un actor; vive el personaje del viajero solitario como un periplo en el tiempo, es el paria eterno, el judío errante, es Schubert corrigiéndolo febrilmente en su lecho de muerte. Crea 24 instantáneas con cada una de las 24 canciones. En este críptico Aleph, núcleo de la creatividad schubertiana, con estampa byroniana el tenor pinta los negros últimos de Rothko, al monje de C.D. Friedrich, es una repelente caricatura de Otto Dix, descansa bajo El Tilo, contempla el fugaz Sueño de primavera, se retuerce como un Egon Schiele o reclama al público como Petrouchka. No posee la infinita dulce gama baritonal de Fischer Dieskau, es un trovador de voz angelical que puede tornarse diabólica o sarcástica como si fuese Beckett o Ionesco. Es un chef magistral que cambia una receta tradicional arriesgándose para luego volver al original. Su enfoque puede rechazarse, jamás dejar indiferente. El silencio sepulcral instalado después del Organillero, un enigma aún mayor que El parhelio, fue la mejor recompensa para artistas y compositor.

La celebración las cuatro décadas del Cuarteto Emerson brindó no sólo un estreno de Mark-Anthony Turnage y un clásico Shostakovich, junto a Beethoven y Bartok uno de los fuertes del grupo, sino el esencial Quinteto en Do de Schubert con la participación de David Finckel, el chelista del grupo durante 36 años, abocado a una carrera como solista además de codirigir la Chamber Music Society del Lincoln Center. Si el Décimo de Shostakovich sirvió de vivaz inicio –a diferencia de los demás se inscribe como uno de los menos trágicos– para templar la tarde, la premiere neoryorquina de Sudario de Turnage mostró el compromiso del ensamble con la música actual, de hecho fue encargada por el Emerson. Primer y último movimiento envuelven como un grave manto de recuerdos y agradecimiento a los tres interiores, una marcha alocada y dos breves intermezzos. La gran fiesta llegó con el Quinteto, es una obra amada que marcó la despedida de Finckel y ahora el reencuentro así como la laureada grabación con Rostropovich. En lugar del ruso, Finckel –su discípulo– fue la columna vertebral y el comentario de la pieza. Un juego de miradas cómplices y de inmenso disfrute para la mas desoladora de las últimas geniales obras de Schubert. Un testamento al espíritu romántico –el célebre Adagio lastimando en la fogosidad inmaculada de los cinco, la danza final tan macabra como precisa– y un manifiesto al espíritu de un grupo incomparable.

Esta historia fue publicada originalmente el 18 de noviembre de 2016, 11:39 a. m. with the headline "Dos colosos por colosos y ‘Un viaje de invierno’."

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