Música

Eugenio Onegin: más que ópera, sinfonía emocional

‘El duelo’, pintura de 1899 de Ilya Repin.
‘El duelo’, pintura de 1899 de Ilya Repin.

Opera fascinante por donde se la mire. Grandiosa e íntima, intensa y delicada, clásica y romántica, campestre y mundana, rusa y universal, Eugenio Onegin, quizá sin querer sea el mejor ejemplo que Tchaicovsky legó de su obra y de su vida. Podrá argumentarse que el Primer Concierto para Piano, el Concierto para Violín, El lago de los cisnes, El Cascanueces o sus últimas tres sinfonías, seguidilla del destino simbolizada por la cuarta, quinta y sexta –Patética– adquirieron más fama pero Onegin muestra al más secreto, al esencial Tchaicovsky que todos deben conocer. Haberse basado en el célebre clásico de Pushkin fue su excusa; en una curiosa maniobra se apropió del personaje, pintó su autorretrato para crear una ópera única en el repertorio donde hasta el protagonista, no es el habitual tenor, sino un barítono.

Opera favorita de todo conocedor e incluso de aquellos detractores de Tchaicovsky que deben rendirse ante la exquisita combinación de elementos sinfónicos y operísticos, ante la parquedad del sentimentalismo que se le achaca en otras composiciones. Aquí no hay desbordes ni edulcoramientos sino puro sentimiento, vibrante emoción, aquella misma intensidad de la Patética y gracia de la Serenata para cuerdas.

Opera que es melodía de principio a fin, y en ese renglón se hermana con La Traviata de Verdi, es un ensayo de vida, una confesión más que confidencia; entre coros y danzas es una ópera que, como Mozart, debe leerse entre líneas para adivinar y aprehender el significado. Tchaicovsky no pretendió intelectualizarla, fue su catarsis, una pintura emocional, a brochazos impulsivos que al plasmarla se diluyeron en una serie de postales de época engañosamente plácidas, como en Werther, donde también hay una carta. En esa sutil radiografía que se opera en cada personaje, Tchaicovsky muestra su óptica del mundo que lo rodeaba y lo asfixiaba.

Opera que a diferencia de la mayoría, donde las bajas se cuentan al por mayor, hay sólo una muerte, precedida por su aria mas famosa que en la voz de Wunderlich (¡ay, en alemán!) suena aún mas celestial. Aquí la verdadera muerte es de la esperanza, para ambos cuando Tatyana dice “adiós”. A diferencia de otras aquí no hay actos sino solo escenas líricas, más o menos espectaculares; la original fue en el conservatorio moscovita de allí al escenario del Bolshoi hubo un paso y el estreno en Hamburgo en presencia de Tchaicovsky, lo dirigió un entusiasta Mahler que no se equivocaba.

Hoy, esa ambigüedad constante en toda la ópera es opíparo bocado para los directores de escena; ejercitar el doble juego y la doble mirada. Algunos supieron desnudar su esencia y trasladarla exitosamente a nuestra época. Frente al soponcio de Galina Vishnevskaya –la Tatyana de referencia cuya sucesora podría ser Anna Netrebko– al ver el “crimen cometido” por Dmitri Tcherniakov, revelando un Onegin originalísimo o los que habría tenido de haber visto a Stefan Herheim y su desfile de personajes históricos, Vladimir Putin incluido, o la puesta de Warlikowski centrada en una relación homosexual entre Onegin y Lenski. Mas poéticos, Carsen y Holten crearon deslumbrantes lecturas intimistas, en última instancia, mas acordes con el espíritu de la obra.

Desde el cine con la película homónima de Peter Weigl a la desenfrenada La otra cara del amor (mejor título que el original The Music Lovers) donde Ken Russell pergeñó un delirante paralelismo que se acerca demasiado a la realidad, sobredimensionando la anécdota de la carta que Antonina le escribió declarándose a Tchaicovsky y el desastroso matrimonio que siguió, o la de los Fiennes (aunque ex profeso, mucho perdió sin Tchaicovsky) al ballet de John Cranko y Dmitri Hvorostovsky que lo encarnó como ninguno, Onegin se ha ganado ser la ópera rusa por excelencia. Mas allá de Boris Godunov, que es la cíclica historia rusa, Onegin –torturado, narcisista, hermético, misterioso– llegó más lejos y más cerca, al corazón de quien la escucha porque supo traducir el alma de Pushkin a la música otorgándole merecida universalidad.

A partir del 28 de enero Florida Grand Opera revivirá esta sinfonía de calladas emociones, este estudio de caracteres de una época que llega vigente hasta hoy porque es un retrato de la sociedad y la condición humana. Valdrá la pena descubrir la verdadera identidad de este extraño personaje.

Esta historia fue publicada originalmente el 20 de enero de 2017, 11:18 a. m. with the headline "Eugenio Onegin: más que ópera, sinfonía emocional."

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA