Música

In Memoriam: Una antorcha llamada Inge Borkh (1917-2018)

Inge Borkh (1917-2018).
Inge Borkh (1917-2018). Uwe Sickinger

La legendaria soprano dramática Inge Borkh murió a los 97 años, algunos aún sostienen que eran 101, en una casa de retiro de Stuttgart. Figura imponente, deslumbrante, bella aún a sus 95 cuando fue homenajeada en Munich donde había inaugurado la reconstruida Ópera Nacional en 1963 con La mujer sin sombra de Strauss junto a Ingrid Bjoner, Martha Mödl, Dietrich Fischer Dieskau, Jess Thomas y Hans Hotter, una irrepetible reunión de gigantes bajo la batuta de Keilberth.

Con ella se extingue una antorcha que encendía la tragedia en su voz, porque la última de las grandes straussianas de su generación era eso, puro fuego, lava, llamarada. La Salomé y Elektra de su época, papeles implacables que cantó durante un cuarto de siglo, sólo de la vengativa hija de Agamenón cantó 300 representaciones y recuérdese que unas pocas pueden arruinar para siempre una voz de acero.

Pero la suya no poseía ese metal punzante de Astrid Varnay o Birgit Nilsson, que la eclipsó en América, ni la belleza de Renata Tebaldi, obvia candidata a grabaciones que pudieron inmortalizarla. En cambio, su voz tenía esa desgarradora opacidad pastosa inherente a voces teutónicas, como Leonie Rysanek, Martha Mödl, Christel Goltz, Erna Schlüter o la americana Gladys Kuchta, todas ilustres contemporáneas. Esa rugiente leona era una experta en plasmar sus personajes en grandes pinceladas vocales auxiliada por una estampa avasalladora, única, esa figura no podía no ser la de una gran actriz trágica. Y lo era, porque en el principio quiso ser sólo actriz. Cuando en 1933, la familia tuvo que emigrar porque su padre era judío, Ingeborg Simon cursó estudios con Max Reinhardt en Viena pero, con el fatídico “Anschluss” de Austria en 1938, los Simon terminaron en Suiza. De Basilea a estudiar canto en Milán para debutar en 1940 en Lucerna con operetas y Mozart. La consagración llegó en 1951 en el estreno alemán de El cónsul de Menotti, la fugada de los nazis se adueñaba de la refugiada Magda Sorel.

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Inge Borkh (1917-2018). Imagen de cortesía

La década del cincuenta fue suya, un demasiado breve paso por el Festival de Bayreuth como Siglinda y Freia en 1952 dió paso al gran repertorio de las jóvenes dramáticas o spinto: Senta, Aída, las Leonoras verdianas y beethoveniana, Amelia, Euryanthe, Clitemnestra (Gluck), Alceste, una solitaria Elsa, Agata, Santuzza, Chenier, Adriana, Tosca y una importante Lady Macbeth que culminó con otra, la de Ernest Bloch, más acorde a su temperamento. Si Medea y Turandot fueron polémicas logró grabar su enfoque de la princesa de hielo, más cálida y apasionada, Salomé y Elektra, (y posteriormente la Tintorera de La mujer sin sombra), las que le aseguraron su lugar en la historia del canto, tanto que llamó a su biografía “No sólo Elektra y Salomé”. Su oscura princesa de Judea era la contracara de la divina Ljuba Welitsch que se “suicidó” vocalmente con Salomé. En el esencial disco de escenas de ambas heroínas bajo Fritz Reiner se comprueba su entrega sin reservas, Borkh encarnaba ambas princesas al que añadió la Antígona de Carl Orff.

Después de treinta y tres años, en 1973 este animal escénico dijo adiós a sus feroces damas para reaparecer como actriz shakespereana, la madre de Coriolano en Hamburgo en 1977, y revelándose como estupenda diseuse en Inge Borkh canta sus memorias ensayando el Brecht berlinés y semejantes aprendido con Reinhardt.

A la muerte de su marido Alexander Welitsch (1906-1991), siguió trabajando, escribiendo, enseñando, impulsó la carrera del barítono Christian Gerhaher entre otros y también nadando con férrea disciplina cada día. Publicó su autobiografía y para sus 95 fue celebrada en la Ópera muniquesa rodeada de adoradores y admiradores. Aquella actriz con voz, y qué voz, que prefería a Richard Strauss sobre Wagner, vehemente, decidida, testaruda y vital como ninguna era el eslabón entre el turbulento pasado germánico y el presente, su porte elegante y su cara arrugada como un pergamino era tanto o más bella que aquella imponente joven que prestaba piel y voz a las heroínas de la antiguedad.

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