Música

Montserrat Caballé, semblanza y adiós

Montserrat Caballé.
Montserrat Caballé. AP

Montserrat Caballé (Barcelona, abril 1933 – octubre 2018) probó que la voz humana es hermana del cello. Dueña de un inmaculado sonido de cuerdas que parecía venir de la nada, crecer y agigantarse para volver a esfumarse tal como vino. Como con fauna y flora irremplazables, Caballé es parte de una extinción anunciada, la de las últimas divas que van dejando un vacío imposible de llenar. Las hicieron y tiraron el molde, los supuestos reemplazos no terminan de estar bien horneados, será que el siglo XXI impone otro enfoque.

En 1965, después de una década de años de galera pasando desde Basilea a México, la gran catalana se consagraba en Carnegie Hall gracias a la cancelación de Marilyn Horne como Lucrezia Borgia. La certera ecuación del crítico Callas + Tebaldi = Caballé despertó el voraz apetito lírico. Ese año Callas se retiraba a cuarteles de invierno y Caballé pronunciaba que “La década anterior fue de ella, la próxima es mía”. Acertó la nombrada “Superba” frente a la “Stupenda” de su contemporánea Joan Sutherland.

Si la consagración fue neoyorquina (sumando 14 personajes en un centenar de representaciones del Metropolitan entre 1965 y 1985) su reinado fue mayormente europeo donde importaba menos su porte matronil que llegó al colmo en el irreverente “Monsterfat” de sus detractores. Aquella niña que nació estrangulada por su cordón umbilical, bautizada Montserrat (María de Montserrat Viviana Concepción Caballé) al su desesperada madre consagrarla a la virgen morena, que pasó una infancia y adolescencia de privaciones hasta remontar a fuerza de una tenacidad catalana, se sentía a sus anchas en Europa.

Caballé fue una Callas sin aristas, sedosa, iridiscente, soleada, más cercana a los cultores de una belleza vocal inaudita por privilegiadas condiciones naturales -Price, Pavarotti, Wunderlich- aunque sin descartar el elusivo aspecto dramático. Dueña de un repertorio amplísimo que incluyó una sublime Liú y controvertida Turandot, su comarca era el belcanto donde no sólo abordó las cumbres -testimoniado por aquella paradigmática Norma en el Teatro Romano de Orange- sino que exhumó tantísimas reinas y heroínas ignotas y Verdi donde prestó su extraordinario instrumento de lírica tornándose spinto para servir al compositor con antológicas Elisabetta, Desdémona, Leonora, Violetta, Elena, Luisa y la espectacular Aída registrada con Muti.

En la década de 1970 grabó todo lo que quiso, cantó tanto que alguno le reprochó ser una “máquina de cantar”. Humana al fin sobrevinieron escandalosas cancelaciones por justificadas razones de salud (siempre acechándola), aunque no faltó la londinense para irse de compras a París con su amiga Elena Obrastzova. Compitió con Franco Corelli, apoyó a José Carreras, al principio fue ideal partenaire de Domingo, luego se distanciaó para aliarse Pavarotti, se peleó con Alfredo Kraus por las Olimpíadas barcelonesas donde hizo feliz a su devoto Freddy Mercury.

Recién aterrizado en Miami, el Buenos Aires Herald me encomendó entrevistarla a principios de 1980. Me encontré con una dama de hierro afable, generosa y sagaz. “Sabes hijo, cuando eres joven te coges a la oportunidad, y yo me las cogí todas. Me cogía la Violetta, me cogía la Norma, me cogía la Salomé”, -el argentinito aguantaba la risa ante semejante confidencia. “Esas tres son mis favoritas. Adoro Strauss, Salomé, Arabella, Ariadne y la Mariscala con la que debería decir adiós, ¿no crees? Pero ya llevo 107 personajes y que quieres que te diga... aún tengo tantas pa’aprender!”.

Aprendió muchas más, añadió estilos y repertorios barnizándolos con aquel sonido inconfundible que detenía el tiempo. Con todo, lograba repetir la magia de antaño y extasiar y si debió retirarse hace años su vocación era mayor, sobrevivían aquellos legendarios pianísimos que ahora abundaban en demasía como merecidas licencias poéticas.

En la previsible catarata de panegíricos de críticos y colegas, ninguno mejor que el de su ilustre contemporánea Teresa Berganza: “El mundo se ha convertido en una selva hostil para la ópera, el relumbrón de las absurdas puestas en escenas y las glorias retratadas en Instagram hacen que la esencia se desvanezca, pero si alguien desea rescatarla, saber de qué se trata, que se siente en un amable sillón y deje sonar su voz, la voz de Montserrat, y entrará por la puerta grande en el cielo del arte”. A sentarse a escuchar y maravillarse ante una voz irrepetible.

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de octubre de 2018 a las 11:27 a. m..

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