Michelle Bradley, un nombre para recordar
En la temporada 2016, Friends of Chamber Music presentó a la soprano Michelle Bradley acompañada de Ken Noda, ilustre pianista encargado de traer un recital vocal cada año. Flamante egresada del programa Lindenmann del Metropolitan Opera, ya se perfilaba como un “rara avis”. Dicho y hecho. En estos dos años ha cantado Aida en Francia, el Requiem de Verdi en Berlin, Donna Anna en Santiago, Leonora en Frankfurt y Clotilde de Norma en el Met, pequeño papel que ha visto nacer a grandes.
En la agitada semana Art Basel, regresó Bradley a confirmar sus virtudes. Si bien ha crecido como cantante lo que sigue llamando la atención es la belleza intrínseca de su voz, de una riqueza y color apabullantes. También es cierto que recuerda a Jessye Norman –la crítica francesa la llamó “la nouvelle Jessye”– y por momentos a Leontyne Price. Toda comparación es injusta y si en instancias el parecido es inevitable, Michelle Bradley posee características únicas sin pretender compararse a ninguna. Dueña de un poderoso caudal sonoro, un centro y graves que la acercan al registro de mezzo, quizás una soprano “falcon”, pero también de agudos que las falcon no exhiben. La gama cromática asoma natural, es un torrente facetado capaz de medirse con Verdi, Strauss e incluso Wagner.
Emergió victoriosa del Non mi dir de Donna Anna, un desafío a su instrumento que lo lleva al límite de su tesitura y en las Hermit Songs que Samuel Barber le compuso a Leontyne Price en 1953, que exploró con la facilidad de una veterana. En el O patria mia de Aida volvió a desvelar el potencial de un instrumento privilegiado, con los pianisimos de rigor e impactante teatralidad. No obstante fue con Richard Strauss donde se la halló en su elemento. Es gibt ein Reich de Ariadne auf Naxos gozó de una lectura cercana a la perfección. Asimismo cuatro Lieder del compositor bávaro probaron cuatro estados de ánimo exquisitamente diferenciados completando un programa de literal demonstración de sus capacidades.
Tres bises arribaron generosos. Se sentó al piano para deleitar con The Lord’s Prayer seguido por impresionante Pace, pace verdiano (con el arduo pianisimo de “Invan la pace” perfectamente ejecutado) y un jubiloso He’s Got the World in His Hands, que rubricó una velada de canto en la mejor tradición americana.
La radiante Michelle Bradley es una artista total provista una sinceridad que cautiva y medios de rara exhuberancia. A su lado, Ken Noda fue el partner ideal que impecable enmarcó cada intervención con elegancia y humildad proverbiales.