Música

Santa Maria Callas

Una escena de 'Maria by Callas', de Tom Volf.
Una escena de 'Maria by Callas', de Tom Volf.

Ninguna otra cantante lírica del siglo XX despertó tanta polémica en vida. En la década del cincuenta y sesenta, admiración y odio de fanáticos y detractores competían encarnizados, unos le tiraban rosas, otros apios. La diosa (miope) agradecía por igual. Los “Callistas” se enfrentaban a quienes detestaban sus “tres voces” y otras yerbas. Pero, cuando “sola, perduta, abbandonata” María Callas murió con apenas 53 años se instaló un tácito manto de piedad; amor y odio, que se parecen tanto, se unieron. Nacía Santa Callas, mito, leyenda o los dos, apoyada en los buenos dividendos que rinde y en la certeza de estar frente a un caso que trascendía la música, un “fenómeno estético” en la definición de Zeffirelli, que tan bien la dirigió y tan mal la retrató en Callas Forever.

Desde su muerte en 1977, cada década provee un ola Callas que recluta nuevos admiradores y asegura el mito. Callas lo merece. Primero las biografías, luego documentales como la de Tony Palmer y Masterclass de Terrence McNally sin olvidar las ediciones completas por EMI. Mientras Marina Abramovic amenaza con su ópera Las siete muertes de Maria Callas y un esperpéntico engendro la pasea como holograma acompañada por orquesta en vivo en la peor tradición circense, llega al cine Callas: en sus propias palabras (Maria by Callas), firmado por el fotógrafo y joven admirador Tom Volf.

En realidad Callas por Callas, es Callas por Volf, que recopiló montañas de material para su armado, y aunque afirme que hay muchos inéditos la mayoría son refritos con la diferencia que los presenta colorizados obteniendo una insólita sensación de proximidad. Los pocos inéditos aportan nueva luz, el reportaje con David Frost de 1970, recuperado artesanalmente que abre el filme y luego dos videos caseros, que registra la filmación de Medea con Pasolini y en sus últimos días, de paseo en Palm Beach que Callas seguramente jamás pensó iba a inmortalizarla como María, como la mujer que tanto quiso ser y demostrar. Con el fondo de La mamma morta, Volf plasma una escena conmovedora, con esa voz “llaga entregando fuerzas vitales”.

Volf no indaga, se contenta con ilustrar y presentar su Callas. No quiere testimonios pero, en vez de Luchino Visconti, prefiere un intrascendente fragmento de su maestra Elvira de Hidalgo. No podía faltar el escándalo de la Norma romana ni el del Met con Rudolf Bing, ni su retorno triunfal, las tribulaciones por el divorcio con Meneghini, el romance con Onassis y el aterrizaje de Jackie en la vida de Aristo.

Faltan referencias importantes, la rivalidad con Tebaldi, su célebre cura dimagrante, Elsa Maxell, el presunto aborto, sus intentos por regresar al canto testeando aguas con las Masterclasses en Juilliard y el artísticamente desastroso tour final con Giuseppe Di Stefano. Falta recordar que Callas fue un prodigio musical y expresivo, una voz camaleónica que se adaptaba a personajes opuestos, perfeccionista implacable, obsesiva, no siempre fácil, falta su antagónica Fiorenza Cosotto o Teresa Berganza contando su experiencia en la Medea de Dallas, falta evaluar su legado tanto musical como la significativa revolución que trajo aparejada con la recuperación del belcanto y sus notables seguidoras que la tomaron muy en serio. Porque Callas fue cosa seria. Musicalmente tan seria como su hoy risueña rigidez chapada a la antigua, amaneramientos en reportajes y apariciones que muestran “el Patito feo” convertido en “La Divina”.

Cantante-actriz irrepetible; más aún frente al micrófono, capaz de conjurar la imaginación del oyente hasta corporizarse, como hace un libro en vez de una película que todo lo muestra pero elude la esencia. Una mujer común que se decía común o pretendia hacer creer. Dueña de un instrumento que no supo -o no pudo- reinventarlo como mezzo. Todas son suposiciones, como las de Volf que regresa a la trillada división entre “María” y “la Callas”, en la voz de Joyce DiDonato leyendo los textos, que desvelan a Callas, literal heroína de ópera traicionada, abandonada, mezcla rara de Medea y de Madama Butterfly.

La visión de Volf es un tributo que convertirá nuevos fieles al culto, contribuyendo a la beatificación del personaje a la moda del día. Ícono intocable, Frida o Evita de la ópera no lejos del mundo lírico que pintó Fellini en La nave va con su cortejo hacia Grecia llevando las cenizas de “la divina Edmea Tetua”, y su admirador mirando las películas de su diva emblema de una civilización mientras la nave -este mundo- se hunde lenta e inexorablemente.

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