Música

Domingo triste para todos

Plácido Domingo.
Plácido Domingo. AP

Fue el tenor más completo del siglo XX, voz de bronce, presencia magnética, actor inmenso, prodigio musical que hizo gala de envidiable plenitud durante décadas hasta que debido a la declinación de medios decidió “convertirse” en barítono, algo que no es, para ofrecer lo que aún puede: musicalidad y experiencia más carisma intacto y el redituable del hasta ahora incondicional apoyo de las casas de óperas con las que traba complejas, indisolubles relaciones, en algunas como director de orquesta e incluso como director artístico.

Mientras sus contemporáneos han pasado a retiro (o a mejor vida), Plácido Domingo insiste desafiándose a sí mismo, sabe que debió haberse retirado hace tiempo. No se lo permite, es un personaje único que puede darse el lujo de llamarse “inoxidable”, adicto a batir récords que colecciona ávida, casi compulsivamente. Ciudadano del mundo, amigo generoso, filántropo, altruísta, recuérdese su conmovedor desempeño durante el terremoto de México o su valiente actuación en Buenos Aires en plena guerra de Malvinas mientras otro célebre tenor cancelaba temeroso. Las virtudes sobran. Las audiencias lo adoran con razón, esas audiencias hace días vieron espantados la posibilidad de que la deidad intocable tuviera un Talón de Aquiles, acercándolo “demasiado” al resto de nosotros mortales.

Más allá del posible serio problema que haya padecido –o aún padezca– fascina ver el espectro de reacciones que ha provocado. Desde compañías de ópera dispuestas a propinar un castigo ejemplar enraizado en una doble moral tácitamente aceptada por todos, a otras más permisivas cuando no condescendientes por lo que el artista representa en términos de divisas. Más asombrosas aún son las reacciones de público y crítica justificando conductas, alivianadas con términos como “incorregible seductor”, “mujeriego indoblegable”, “galán empedernido” o el inadmisible “Todos lo sabían, lo sabíamos: tarde o temprano...”.

La realidad no es la escena, donde también se condena a Don Giovanni, un noble que causa daños irreversibles y que de ser entrevistado también aseguraría que sus relaciones “fueron consensuadas” . Un sector de la prensa reaccionó cual toro herido, como un padre que no se permite la posibilidad que su hijo tenga problemas de conducta. Sea por amistad, solidaridad o mera conveniencia ostentan un matiz cuestionable, más todavía que la de sus fanáticos, algunas conllevan ribetes francamente infantiles. En ese impulso visceral a título estrictamente personal que puede ofender a la víctima o encubrir al posible victimario no advertimos de que no se trata del personaje en cuestión sino de nosotros mismos, de nuestra incapacidad en asumir y aceptar un veredicto. De carne somos. “Nunca es triste la verdad. Lo que no tiene es remedio” reza la canción y este es un un asunto triste por donde se lo mire.

Los hechos –por ahora– sucedieron hace mucho tiempo, la llaga queda y “si no saltó antes” es porque no estaban dadas las condiciones. Hoy la denuncia apunta al presunto lado oscuro del personaje y cuestiona a las compañías que hicieron la vista gorda. Si aquí las voceras son nueve “valquirias” veteranas -las tildan de “feminazis”- sería mejor que no haya otras nibelungas aún por cantar, amén del reproche augusto de Fricka. Será porque el que calla otorga, hordas femeninas han reaccionado con emocionada vehemencia pero tanta solidaridad podría resultar sospechosa a un público que hoy cuestiona todo. Asimismo, señores de mentes supuestamente preclaras dejan traslucir un machismo inextirpable; quizás festejen secretamente el legendario apetito sexual atribuido a los tenores. Pero no es el momento de nombrar aquellos famosos no solo por su canto, sino señalar que en esta sociedad donde parecería que todos tenemos la obligación de ser felices, exitosos y perfectos, son demasiados los que no se resignan a aceptar que un dios pueda ser de carne y hueso, no inimputable sino falible.

Rossini compuso la justamente célebre La calumnia e un venticello, poniendo en boca del sabio Alidoro “La píldora es dura de tragar pero no habrá otro remedio” y más allá del resultado de este caso donde el acusado, debe enfatizarse y repetirse, es inocente hasta que se pruebe lo contrario, reconforta comprobar que en todos los ámbitos se está presenciando un tan demorado como necesario cambio en la moral de nuestro tiempo, en el mentado “orden patriarcal”. Las cartas están echadas y ciegos serán los que no quieran ver.

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