Música

Jessye Norman, a título personal In Memoriam

Sebastian Spreng junto a Jessye Norman.
Sebastian Spreng junto a Jessye Norman.

Es inevitable. Sin querer y sin que lo sepan, algunos artistas acaban enlazándose subrepticia e intrincadamente en nuestras vidas sin que nosotros tampoco querramos. Sucede, punto. Por eso, comentar la desaparición de Jessye Norman va mas allá del mero listado de logros que implica el obituario de turno, porque aquella tarde dominguera de principios del 70 ella me abrió una puerta que nunca mas se cerró, la de la canción de cámara. Un llamado me alertó, literalmente me conminó -“deja a chiquita a Elisabeth Schwarzkopf”- a asistir al recital de esta desconocida debutante en el Teatro Colón auspiciado por el Departamento de Estado americano, venia de triunfar en Europa, pocos lo sabían, eramos pocos en la inmensa sala. Aquella voz y estampa colosal nos paseó por Beethoven, Schubert, Schumann, Ravel, Poulenc, un Satie tan inesperado como delicioso y un estremecedor manojo de Spirituals que no dejaron ojo seco. Eran Schwarzkopf, Baker, Crespin y Mahalia Jackson en una.

Sus visitas porteñas no estuvieron exentas de anécdotas risueñas; al año siguiente en el Coliseo un gato se apareció en la escena que la cantante (alérgica) abandonó furiosa, más furiosa aún en el segundo recital cuando alguien quiso grabarla secretamente con el entonces novedoso “minicassette” que no sabía manejar; apretó la tecla equivocada y mientras cantaba comenzó a oírsela en la canción previa, ella lo señalaba y él no sabía como detener su pirateada. Años después asistí a sus Cuatro últimas canciones en la Philharmonie de la todavía cercada Berlin y a recitales en Miami traída por la infatigable Judy Drucker. En 2013 engalanó el Festival John Cage en la NWS, fue mi última vez.

Atípica total, fue la mas “rara avis” entre las cantantes, ni mezzo, ni soprano, una combinación formidable de culturas, inteligencia, disciplina y medios naturales. No sucedería a Leontyne Price como originalmente se pensó, sus pocas Aídas no la hallaban cómoda en esa tesitura, huía de todo encasillamiento, su mundo era el alemán y el francés, dos culturas que enloquecieron con Norman, que la consagraron e idolatraron desde su debut berlinés en 1969 como la Elisabeth de Tannhäuser. Llegó al Met recién en 1983, después de consagrarse en Londres y Viena, fue una jugada magistral que respondia a la arquitectura de una carrera meticulosamente planeada, arribó para el centenario del teatro como Casandra en Los troyanos y una tarde irrepetible fue Casandra y Didon, su apoteosis, “lava líquida” definió un crítico. Se sucedieron Ariadne, Sieglinde, Kundry, Jocasta, Judith, Elisabeth, Madame Lidoine y Emilia Marty, un repertorio a su medida, tan atípico como ella. De Rameau y Mozart a las Gurrelieder de Schoenberg y Cole Porter, de Dido y y Penélope a Salomé y Carmen, Norman interpretaba a su medida y con sus tiempos lentísimos que llegaron a intimidar a grandes directores. Muti, Abbado, Colin Davis, Mehta, Levine, Ozawa, Barenboim, Boulez y Karajan cedieron ante su hechizo. Cantando Spirituals para Marian Anderson en Carnegie Hall, América en la inauguración presidencial de Clinton, Amazing Grace en el concierto para la liberación de Mandela o La marsellesa para el bicentenario de la revolución francesa, Norman encarnaba los mas elevados ideales.

La última década del siglo XX fue “suya”, inteligencia y sensibilidad aunadas, grandiosa e íntima a la vez se adueñó de un repertorio exquisito que logró popularizar, la voz de esmalte y terciopelo era una pirámide asentada en la madre Tierra que supo simbolizar, asi llegó a construir un personaje único, un fenómeno estético, un ente artístico que se disputaban directores como Robert Wilson o Julie Taymor posibilitándole crecer escénicamente. Con el nuevo siglo empezó su declinación, las incipientes afectaciones de antaño se volvieron excesivas, cedió al artificio y el personaje se comió a la cantante que nunca llegó a cantar completa su anhelada Isolda, queda sólo un segundo acto en Boston y tantas, magníficas Liebestod.

Nació un septiembre y murió este último dia de septiembre, curiosa coincidencia con la primera de las últimas cuatro canciones straussianas que interpretó como nadie, incluso mejor que Schwarzkopf. En estos cuarenta años con Jessye, ella nunca supo cómo aquella tarde colonera me abrió un universo incomparable, imposible de agradecer con palabras o dejar de recordarla dando la mano desde el escenario a cada uno de los pocos privilegiados que habiamos asistido a su debut porteño, entonces ante el reclamo por personajes futuros decía jocosa “Al único que tendré que rendir cuentas por no cantar las Leonoras verdianas será a San Pedro”.

  Comentarios