Música

Dos hitos del violín por un Christian Tetzlaff colosal

Hitos del instrumento y dupla clásica de la discografía, los conciertos para violín de Beethoven y Sibelius han sido grabados por colosos como David Oistrakh, Jasha Heifetz, Pinchas Zukerman, Ida Haendel, Gidon Kremer y Anne Sophie Mutter por citar unos pocos. Con tal abundancia en el catálogo surge la inevitable pregunta si se necesita otro registro más, máxime cuando el artista en cuestión ya lo ha grabado en dos previas oportunidades, primero bajo Michael Gielen y luego David Zinman con la Tonhalle de Zurich.

Varias veces distinguido solista en la New World Symphony, el eximio Christian Tetzlaff justifica plenamente esta flamante grabación con una lectura excepcional de ambos trillados caballitos-de-batalla. Lo secunda el flamante director de la Deutsches Symphonie-Orchester Berlin (la otrora célebre RIAS “de” Ferenc Fricsay), el joven británico Robin Ticciati en impecables registros originados en la Philharmonie y el Großer Sendesaal Haus des Rundfunks berlineses en octubre y noviembre pasados.

El violinista hamburgués obtiene lecturas personalísimas que no sólo asombran sino que renuevan la admiración por ambos conciertos. El Beethoven surge con una naturalidad pasmosa imbuido de un lirismo que permea la partitura de principio a fin. Plasma el amplísimo espectro cromático con una libertad y rigor infrecuentes, en esa conjunción exacta deja su impronta, fresca, renovada, trascendental. Mas allá de la solemnidad y veneración que rodea la composición, Tetzlaff se permite bienvenidas irreverencias inyectando cierto espíritu salvaje, rústico, diríase burlón. En el Larghetto, detrás de un control férreo, la música parece suspenderse por un hilo dulce e hipnótico y la cadenza de Schneiderhan que Beethoven escribió en la transcripción para piano compite provocativa con el glorioso Rondó final. Es la versión de un artista en plenitud, en total comando de su batería de recursos como interpretándoselo al mismísimo Beethoven, con la soltura y placer de una amigable caminata crepuscular junto al genio de Bonn.

En contraste, el Sibelius emerge misterioso y helado, como un susurro oriental que adquiere lacerante intensidad en el magistral violín de Tetzlaff frente a una orquesta amenazadora, rotunda en la imponente masa orquestal desatada por Ticciati. Una lectura épica que compite fieramente con las notables de Maxim Vengerov y Lisa Batiashvili ambas bajo Daniel Barenboim. Tetzlaff lo había grabado en el 2002 con la orquesta danesa dirigida por Thomas Dausgaard; década y media después vuelve a la carga con una propuesta audaz, imaginativa, de riguroso virtuosismo y como en el Beethoven, olvidándose de este aspecto que obviamente domina para consumar una entrega que en su urgencia y oscuro dramatismo, literalmente, lastima. Después de la nobleza desbordante del Adagio, que Tetzlaff dibuja con demorada y aterciopelada precisión, la cabalgata final deja sin aliento, de una blancura polar tan remota como etérea embebida en la melancolía salvaje de Sibelius.

En un revelador reportaje incluído en las notas al programa, el solista destaca el inefable carácter solitario de ambas composiciones y su intención junto al director de abordarlas desde la mas rigurosa narrativa de cada obra anteponiéndola al logro puramente virtuosístico así como enfatizando la rivalidad del finlandés hacia la obra beethoveniana compuesta un siglo antes, según Tetzlaff unidas por cierta rara alegría, mientras una culmina jubilosa y la otra borda en lo demencial.

En síntesis, una tan feliz como esencial adición a la profusa discografía de estos conciertos señeros por un artista total, Christian Tetzlaff.

*BEETHOVEN-SIBELIUS, TICCIATI, TETZLAFF, ONDINE CD ODE 1334-2

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