Música

Akhnaten para escuchar y sobre todo, ver

Puesta en escena de la ópera la ópera ’Akhnaten’ en el Metropolitan Opera neoyorquino.
Puesta en escena de la ópera la ópera ’Akhnaten’ en el Metropolitan Opera neoyorquino.

En lo único en que convendrán los asistentes a la ópera Akhnaten desde el Metropolitan Opera neoyorquino es el no poder sacarse de encima –por minutos, horas, dias o semanas– la obsesiva persecución sonora pergeñada por Philip Glass. Música hipnótica, música total, música vacía, sublime, adictiva, soporífera, quizás meditación, quizás arrobamiento, quizás anestesia o simple “wallpaper music” como se dio en llamar en un principio a los trabajos del octogenario compositor americano lo cierto es que Akhnaten deja su impronta indeleble en el espectador.

También estarán de acuerdo en que la extraordinaria puesta en escena de Phelim McDermott, es el envoltorio perfecto que contribuye inmensamente y que en más de un renglón completa la extensa partitura. Es otro caso en que el aspecto visual cumple un apoyo tan esencial como la música.

Esta cuarta incursión de Glass al Met, la primera fue Einstein on the Beach en 1976, luego The Voyage en 1992 seguida por Satyagraha en 2008, es asimismo consagratoria para el contratenor Anthony Roth Costanzo -que cantó un memorable Orfeo la pasada temporada en Miami- que ya había probado el escenario metropolitano en The Enchanted Island y Orlofsky en Die Fledermaus, y que halla en el faraón un vehículo ideal para entronarse en un lugar único en el género. Podría afirmarse que Roth Costanzo “es” Akhnaten, se ha fundido en él, su estampa, porte, andar, mirada y voz evocan infalible al mítico regente, andrógino y poseído, del que tan poco se conoce y que aborda con rara familiaridad. Si su extático Himno al Sol marca el cenit vocal de la velada, es su silenciosa muerte en brazos del monumental Zachary James (un Amenofis III con autoridad y presencia magníficas) el mas humano, quizás único momento estremecedor de la ópera; en su cuerpo transformado en pajarito muerto abrazado al recuerdo de su padre trasunta la inexorable imposibilidad de cambiar del género humano, hoy como hace tres mil años.

En su debut metropolitano, la excelente joven mezzo J’Nai Bridges lo secunda como la legendaria Nefertiti, papel aquí en exceso decorativo y que podría ser material para una ópera en si misma. Al mismo nivel Disella Larusdottir como la Reina Tye completando un elenco homogéneo con Aaron Blake y Richard Bernstein como Aye.

La funcional escenografía de Tom Pye en plano de jeroglífico que como papiros van desenvolviéndose hasta cobrar vida sumada al vestuario de Kevin Pollard hacen de estos “tableaux vivants en cámara lenta” una fiesta para los ojos, especialmente los elaboradísimos trajes que viajan en el tiempo, desde las reales Meninas, la piel-tierra ajada por el sol y la iconografía rusa o cuzqueña a sus ironías colonialistas, cuando no victorianas; trajes dignos de pertenecer a un museo. Con la inclusión de la notable troupe Gandini Juggling, McDermott se atreve a unir malabares visuales con el entramado musical de Glass sincronizándose con cada acorde, es un movimiento de alto riesgo que otorga fluidez e insólito asombro a la pieza, un golpe de teatro casi genial si no fuera porque en instancias corre el peligro de saturar con ribetes de Cirque du soleil poco apropiados para este caso. No obstante, vale destacar que la intrincada coreografía de Sean Gandini no sólo es un deleite sino que literalmente ata cabos sueltos, diríase que ”conecta los puntos”.

El destacable trabajo de la directora debutante Karen Kamensek se refleja en una orquesta que responde atenta y admirablemente a los rigores de Glass aunque sin eclipsar a la espléndida versión original del estreno en Stuttgart bajo Dennis Russell Davies, tanto más ágil, vigorosa y transparente. En ecos sinuosos o espiralados el coro metropolitana es sencillamente espectacular.

El breve reinado del quijotesco Akhnaten poco tiene que ver con óperas ambientadas en Egipto como Aida, Julio Cesar o Antonio y Cleopatra, es una suerte de visitante ajeno al mundo tradicional de la ópera. Si quizás demasiado larga, no le vendría mal una revisión, no ha perdido vigencia adaptándose a un momento donde la civilización humana mas autodestructiva y ciega que nunca debería aprender del ascenso y caída de un visionario soñador de luz defenestrado por las fuerzas oscuras. Si ver se trata, el mensaje esencial de Glass permanece intacto.

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