Música

La New World Symphony y la Chamber Music Society del Lincoln Center, sencillamente espectaculares

Juanjo Mena.
Juanjo Mena.

En sucesión ininterrumpida tres conciertos de la presente temporada mostraron lo indisolublemente ligados que se hallan intimismo y espectacularidad; ambos desplegados por la Chamber Music Society of Lincoln Center y la New World Symphony en actuaciones que ejemplificaron tanto lo “sencillamente espectacular” como lo “espectacularmente sencillo”.

Esto último aun mas apropiado para el conjunto del Lincoln Center en el Colony Theater dispuestos a inyectar brisas renovadoras en la actividad camarística local. La música de cámara propone un desafío al intérprete y al espectador. Suerte de meditación, es música en estado puro que apunta a una concentración inusual en un mundo que tiende a lo contrario. La recompensa es apreciación, goce y agradecimiento llegan como resultado inmediato, manifestado en los dos conciertos del Colony que retoma una actividad que tuvo décadas atrás y que rememoró la pianista Wu Han en sus comentarios escénicos. Junto al cellista David Finckel, su marido y codirector de la prestigiosa entidad, la pianista taiwanesa inició el viaje por tres siglos de música que abarcaría las dos veladas con una sonata de Bach como aperitivo seguida por la sublime Sonata en Do mayor de Beethoven. El contraste del quasi-divertimento bachiano con la esencia rapsódica del Beethoven fue impecablemente plasmado. La heroica segunda sonata de Mendelssohn, auténtica delicia del romanticismo encarnada en el Adagio, uno de los mas notables de la literatura camaristica elocuentemente vertido por el duo que aportó vigor y frescura. Después de las exquisitas selecciones de la Suite Española de Albéniz por Wu Han llegó la curiosa Sonata que Britten compuso para Rostropovich, mentor y maestro de Finckel, que la conoce como nadie. Obra asombrosa e inesperada que invita a mirar a los intérpretes embarcados en un desafio del que emergieron triunfantes.

Un bombon debussyniano sirvió de bis y preludio a la próxima noche: un opíparo festival francés iniciado con el impetuoso primer trío de Saint-Saens para violin, cello y piano inspirado en los Pirineos, de encantadoras brisas autóctonas a cargo de los espléndidos Wu Han, Paul Hang (violín) y Clive Greensmith (cello). Estos dos extraordinarios músicos se lanzaron ante el desafío de la fascinante Sonata para violín y cello de Ravel. Obra descarnada, hipnótica, sinuosa, hito en la evolución del compositor evidenciando una modernidad hasta entonces desconocida con acentos de Bartok y Kodaly. El Primer cuarteto para piano de Fauré, maravilla poco frecuentada, fue el broche de oro a ambas noches al que se sumó el eximio violista Matthew Hipman, demostrando unidad indivisible. Emocional, tempestuoso, brillante, exhuda la elegancia y originalidad supremas que se avino al espíritu del grupo. Según se informó, CMS regresa el próximo enero, enhorabuena.

De la sencilla espectacularidad camarística a la avasallante de la orquesta sinfónica con la New World Symphny y un programa acorde iniciado con la obertura de Benvenuto Cellini de Berlioz dirigido por el joven Chad Goodman aportando precisión y énfasis. El popularmente conocido como Concierto “Egipcio” de Saint Saens tuvo en Jean-Yves Thibaudet al protagonista ideal. Desde el fraseo exótico del tema arábe pasando al mágico efecto de campanas a la vertiginosidad apabullante, el gran pianista lionés dejó una impronta difícil de olvidar. Para calmar los bravos, regaló la Pavana de Ravel como bis.

El regreso del director Juanjo Mena mas que confirmar la excelente impresión causada en 2017 con la NWS, la multiplicó. En el Saint Saens obteniendo un balance milagroso con el solista amén de permitir impecables solos a la orquesta. Afortunadamente hubo mucho mas Mena con los Cuadros de una exposición de Mussorsky, aquí el director vasco literalmente transformó el habitual sonido brillante de la academia orquestal americana; logró un lustre mate inédito, diríase “europeo” reflejado en una sonoridad densa y aterciopelada de la que se valió para desplegar los mil colores de la célebre exposición. Mena trabajó como un orfebre y los resultados quedaron a la vista en las exquisitas intervenciones solista. Los videos ya vistos en la NWS en 2011, volvieron a dividir la opinión de la audiencia, no obstante la extraordinaria sincronización musica-imágenes proveyó inobjetable musicalidad. Fueron tres noches de música con mayúsculas donde brillaron Saint Saens y Ravel por partida doble.

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