La esperanza como único recurso
El tema es espinoso, diríase inabordable; a fin de conservar la propia salud mental y física, la crítica general aconseja abstenerse. Mientras tanto, la encarnizada batalla entre puristas, tibios y fanáticos no da tregua hasta en las redes sociales; se pelea, se insulta, se pierden amistades ante el barniz intocable del personaje. Para no herir susceptibilidades, o no ser políticamente incorrectos (pecado mortal), debe andarse con pie de plomo.
Inamovibles, las opiniones se dividen. Se esgrime como justificación inapelable que no fue un concierto tradicional sino una plegaria de esperanza ante el azote de la pandemia. Maravillosa idea como maravillosa producción con un escenario soñado, el filigranado duomo milanés vacío, así como su plaza impresionante a la que se sumaron ciudades desiertas, imágenes tan oníricas que ni De Chirico, Tarkovsky y Sokurov hubiesen imaginado. Un escenario único para esta suerte de ínfimo drama musical en medio de la tragedia planetaria. Si la intención, mensaje y marco fueron tan ideales como loables, el vocero fue pálido emisario.
Apreciar la música y sus cantantes es aprender a degustar vinos. Lleva tiempo, la recompensa es grande. Saturados de información, condenados a la falta de atención, así se vive. Un producto se publicita, impone, consume. Y el caso Andrea Bocelli ejemplifica la ascensión de un cantante decoroso al súper estrellato apoyado por un colosal aparato publicitario. El problema no es Bocelli sino haber convencido al público de que se está frente a la octava maravilla. Entran a jugar aspectos emocionales que explotan la sensibilidad de la gente de por sí sensibilizada ante la situación para crear una tormenta perfecta. A río revuelto, ganancia de pescadores.
Que Celine Dion haya dicho que “Si Dios cantara seguramente sonaría como Bocelli”, mas allá de que tenga derecho a decirlo revela arrojo inaudito. Que el gobierno italiano lo haya invitado como figura emblemática de un país desolado hace preguntarse si esto es lo mejor que hoy puede brindar la cuna de Caruso, Martinelli, Pertile, Gigli, Schipa, Tagliavini, Corelli, Del Mónaco, Di Stefano, Raimondi y claro, Pavarotti. Voces radiantes y poderosas que literalmente iluminaban la tierra, capaces de alejar dolores con el bálsamo de su canto; en este caso, el bálsamo -una agradable voz de tenor algo incolora e inexpresiva que evidencia serio desgaste- no puede no recurrir al micrófono. Bocelli hizo lo que pudo y se le agradece de corazón pero si era la única opción, se está en problemas. A muchos les bastó, a otros tantos no les alcanzó.
Gracias a la máquina publicitaria millones siguieron el evento, se emocionaron (imposible no hacerlo con “Amazing Grace”, no es el cantante sino la canción) convencidos de que es una voz inigualable. Quizás algunos quieran saber mas y pasar de un vino de mesa a un reserva, harían bien, tienen por delante un universo musical glorioso. Quienes sostienen le hace bien a la música mal llamada clásica deberían preguntarse si vale la pena aguar el buen vino, si vale popularizarla de esta manera. TextEditor
¿En este cambio de rumbo total, en estos dolores de crecimiento que conlleva el nuevo siglo se debe claudicar confiando en que la declinación llevará a buen puerto? Condescendencia y decadencia van de la mano, aprobar no es pedir demasiado a quienes se sacrifican y perfeccionan para elevar los estándares del arte? En Y la nave va, Fellini encapsula nuestro mundo en un paquebote repleto de celebridades trasladando las cenizas de la “la divina Edmea Tetua, máxima diva que jamas existió”, el director convocó a Pina Bausch, nada menos, para encarnar la sibila ciega a quien la música le hace ver colores, la princesa pronuncia “Es una voz sin color” y la nave-mundo en cuestión acaba hundiéndose.
El ejercicio de la crítica implica alertar, tratar de guiar respetuosamente sin lastimar aunque en ocasiones resulte muy antipático. Las justificaciones y excusas están a la orden del día, definitivamente la cuarentena ha exacerbado tanto la sed como la alienación. Fue un evento importante con visos de genuina emoción justificada, visualmente espectacular, musicalmente pobre. Pudo haber sido un acontecimiento artístico histórico a la altura de circunstancias aún mas históricas.