Buen provecho del operómano gourmet
En estos inciertos tiempos de pandemia, el “ operómano” -léase, fanático de ópera- se ve frente a una oferta impensada; jamás imaginó que desde la comodidad hogareña podría “asistir virtualmente” a un banquete semejante y, de momento, gratis. Con todo el tiempo disponible puede ampliar sus horizontes, actualizarse, aprender, disfrutar y volverse más selectivo en sus preferencias. Si tener tanto a disposición podría, al retomarse la actividad, acercar flamantes públicos también implicaría una mayor exigencia para con títulos, presentación y elencos. Es una ventana de oportunidades para audiencias y compañías gracias a sus portales liberados sin contar con las múltiples opciones que brinda YouTube, hoy por hoy aliado esencial del aficionado donde el imprescindible sitio Operavision despliega un catálogo que vale la pena consultar continuamente. En la disputa por la atención del público virtual queda clara la abismal diferencia entre las puestas en escena “dinosaurias” por vetustas y anticuadas y el denostado “Eurotrash” donde todo disparate vale. Por la pantalla desfilan las realmente imaginativas, las absurdas, las paupérrimas en presupuesto contrastando con las onerosas, decadentes, sofisticadas (“afectadamente refinadas” según el diccionario), continuadoras de una mala tradición que añade exceso al exceso, el caso de Aida donde el Egipto de Verdi a menudo se convierte en una pesadilla hollywoodesca.
Esta feliz oportunidad debe aprovecharse al máximo porque los grandes teatros abren su ventana gratis sólo por tiempo limitado. Así el Met mostró Fausto con Jonas Kaufmann y Lulu por William Kentridge agregando títulos cada semana, igualmente la Opera de Baviera, el Covent Garden, la Opera de París (que mostró la sensacional Carmen del enfant-terrible Calixto Bieito y la celebrada Les Indes Galantes), el Festival de Glyndebournecon una ópera semanal y la Opera de Viena con La mujer sin sombra straussiana con Nina Stemme y Camilla Nylund sacándose chispas. Bajo Riccardo Muti, al clásico Nabucco romano siguió el recargado Ernani romano y la prescindible Tosca de la Scala bajo Chailly que bordea en el despropósito efectista con una Netrebko al tono. Desde Sofia llega Boris Godunov, desde Turin Violanta de Korngold, desde en An-der-Wien un Fidelio revolucionario, desde Oslo Billy Budd, desde el Colón porteño Aida y desde Miami, La pasajera. Las opciones son tantas que periódicos dedican secciones actualizándose con las novedades.De lo sublime al espanto, el camino del medio trae un balance esperanzador, con creadores señeros que experimentan y apuestan a estéticas renovadoras que a la postre lograrán instaurarse como clásicos, recuérdese el escandaloso Anillo del Nibelungo en Bayreuth 1976, hoy referencial. A propósito de la tetralogía, la ópera real danesa subió la extraordinaria versión de Kasper Holten conocida como El anillo de Copenhagen. Las siguieron los Anillos de Amsterdam, Frankfurt y Opera North. Un opíparo “banquete wagneriano”.
Especialmente beneficiados son aquellos mas experimentales que asimismo aportan títulos poco frecuentados realmente fascinantes. El teatro Stanislavsky moscovita con La dama de pique de Tchaicovsky y Guerra y Paz de Prokofiev, la ópera polaca con Halka de Moniusko, Garsington Opera con The Skating Ring, la Opera de la Moneda con un perturbador Tristan e Isolda y la de Amberes con un sangriento Parsifal. Asimismo Otra vuelta de tuerca en Opera North y la revitalizada ópera cómica de Berlin se llevan las palmas. Su regente, el impredecible Barrie Kosky trae la opereta Las perlas de Cleopatra, una rareza de Oscar Straus en versión camp, Pelleas et Melisande, La feria de Sorochinsky y un memorable Eugene Onegin donde a diferencia de Dmitri Tcherniakov que la situó íntegramente puertas adentro, la escenifica “a pleno aire”, transformando la escena en un parque de ribetes impresionistas (con el lujo de hacer llover en magistral golpe de teatro), con la excepcional Tatyana de Asmik Gregorian, la estrella del momento también desgarradora Madama Butterfly desde Estocolmo. Quienes nostalgiosos viven añorando “qué tiempos aquellos”, deberían asomarse sin preconceptos y comprobar el altísimo nivel de cantantes-actores del día y si no todas, algunas producciones de antología, modernas, refrescantes, desconcertantes, irritantes, provocadoras que quizá darían satisfacción a sus compositores, entonces decididamente osados. Al sibarita de la lírica le conviene zambullirse ahora porque esta bonanza no durará mucho por justificadísimos motivos económicos.