Música

Robert Wilson decanta la Turandot de Puccini

¿Qué sucede cuando un asceta minimalista como Robert Wilson decide abordar una ópera pasional por excelencia como Turandot? Contemplación y decantación son dos términos que definen al hierático estilo del artista texano que en el género lírico deja su impronta inconfundible. Wilson aúna austeridad visual con la gestual para una aproximación diferente, personalísima, que repite título tras título manteniéndose fiel a sí mismo, adaptando la música a sus designios teatrales. Su enfoque es respetuoso y elegante sin incurrir en la ofensa gratuita o al típico pataleo del niño terrible. Wilson apunta a lo esencial y así trasciende, transforma, atenúa pasiones, ilumina aspectos desconocidos con esta suerte de coreografías en cámara lenta, intensas, casi devocionales.

Si Glass, Pärt, Monteverdi, Glück y Handel se prestan a esta experimentación, intrigaba como abordaría un compositor tan difícil de estilizar y despojar al máximo como Puccini. No es la primera vez, (ya lo hizo con Madama Butterfly) y el resultado si bien controvertido resulta estéticamente deslumbrante. En las antípodas de Hockney o Zeffirelli, arrasa con toda chinoiserie y el usual abigarramiento de otras espectaculares puestas en escenas. Nada queda del realismo cinematográfico acostumbrado en la Turandot de turno.

Wilson se transforma en insólito aliado del compositor y ve a futuro; aquí Puccini parecería mirar al porvenir, Turandot como punto de inflexión, su ópera menos realista, más osada, más rica y exploratoria. Recuérdese que había visto Pierrot Lunaire de Schoenberg, admiraba a Alban Berg, estaba hambriento por nuevos horizontes. Para añadir enigma al enigma, se muere dejándola inconclusa, trunca, sin solución, detalle que aprovecha Wilson para visualmente “desvanecerla desvaneciendo el final“. Usa la conclusión musical de Franco Alfano, pero el escénico queda abierto generando un intenso anticlimax, angustiante ante un futuro desconocido.

Wilson crea un mundo nuevo, enrarecido, intocable e impecable en blancos, negros, azules sumado al rojo (sangre y fuego como los dos enigmas) para la feroz princesa de hielo (el tercer enigma). Es un fascinante juego de claroscuros interactuando con cantantes estáticos, que no se tocan, como adelantándose a la pandemia, bromas aparte. Plantea campos de color con los personajes recortándose cual marionetas evocando a la commedia dell’ arte como la pieza original de Carlo Gozzi. Tanto los azules como los rojos son esencialmente fríos, monárquicos, es un mundo aséptico, sin sentimientos, reprimido. La princesa permanece inmóvil bañada en luz mientras el resto se mueve permaneciendo en la oscuridad alienados por el régimen de terror impuesto por el desamor (frigidez según Cortazar) de la monarca.

En Irene Theorin, recordada Brunilda del Anillo de Copenhague, tiene una princesa a su medida que defiende dignamente el personaje, la sueca no iguala a sus compatriotas Nilsson o Stemme (a quien reemplaza) pero sabe lo que hace y su labor mejora a medida que avanza la ópera. No le hace sombra la Liú (el personaje que suele llevarse la noche) de la canaria Yolanda Auyanet que cumple con solvencia como la esclava. Las palmas se las lleva el veterano Gregory Kunde en un Calaf que merecía dejar testimoniado en DVD. A los 65 años, el que fuera notable exponente del belcanto en juventud, extrae lustre broncíneo a un instrumento que acusa desgaste inevitable y del que saca asombroso partido. Kunde realmente “canta” (por absurdo que suene) y se deleita en el fraseo componiendo un Calaf mas lírico que heroico, una clase en escena. Los camaleónicos ministros Ping, Pang, Pong son los únicos saltimbanquis que rompen el estatismo escénico y Joan Martin Royo, Vincenc Esteve y Juan Antonio Sanabria se complementan en perfecto engranaje. Ambos monarcas -Mastroni como el destronado Timur y Raul Giménez como el papá de la terrible infanta- se desempeñan con sobrada eficacia. Excelente el coro del Real y en el podio, Nicola Luisotti lleva la función a buen puerto, con la solidez requerida, narración fluida y precisa.

Una Turandot que coloca al teatro madrileño en excelente posición frente a sus grandes rivales europeos en una puesta bellísima que podrá aburrir a los tradicionalistas empedernidos pero a la que nadie podrá quitarle su exquisito mérito estético y espíritu de búsqueda. (PUCCINI, TURANDOT, LUISOTTI, BELAIR DVD BAC170)

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