La que se murió de amor (segunda entrega)
De la trituradora vocal wagneriana tampoco se libró Isolda aunque lleve las riendas, odie, incite, seduzca, se entregue, solo en el primer acto canta más que su prima Aída en toda la ópera y al final se muere pero, de amor. “Al crear el personaje de Isolda”, dice Edouard Sans “Wagner participa en el siglo XIX alemán, el siglo de la adivinación del inconsciente, del sueño incansablemente perseguido de lo absoluto y la unidad y del subjetivismo melancólico”. Personaje multifacético, vocalmente imposible, para mezzos asopranadas y viceversa, con agudos temibles que hicieron a Jessye Norman refugiarse solo en la irresistible Liebestod, algo que también hicieron las ilustres Leonie Rysanek, Leontyne Price, Christa Ludwig y hasta la lírica Felicity Lott en un sublime arreglo camarístico. También se dio el gusto Vladimir Horowitz inmortalizando la transcripción pianística del “suegro Liszt”. Otras mezzos y aledañas lo abordaron con memorables actuaciones; llámense Martha Mödl o Astrid Varnay en el Nuevo Bayreuth de Wieland Wagner en la década de 1950, y hasta hace poco la volcánica Waltraud Meier.
De las colosales Isoldas “místicas” de preguerra como Lillian Nordica, Olive Fremstad y Johanna Gadski a la berlinesa Frida Leider y la francesa Germaine Lubin que tuvo la desgracia de ser la Isolda preferida de Hitler, la culminación llegará con Kirsten Flagstad. La noruega arribará con más de 50 años al porteño Teatro Colón parando la orquesta de asombro, Erich Kleiber detendrá el ensayo y pronunciará “Señores, de pie ante la más grande”. Años después será conminada por el gran Wilhelm Furtwängler para testimoniar una voz como no hubo otra, en un registro histórico que para ser perfecto pecó al pedirle a la señora Schwarzkopf (esposa del productor) los agudos de la narración del primer acto que ya le costaban a la diosa veterana.
Las inglesas y americanas no se quedaron atrás con las monumentales Helen Traubel y Eileen Farrell (que dobló a Eleanor Parker personificando a Marjorie Lawrence en la película) luego llegaron Christine Brewer, Jane Eaglen, Deborah Voigt, Gwyneth Jones, Anne Evans y tantísimas más, pero ninguna superó a Birgit Nilsson, totalmente diferente a Flagstad aunque a la postre su sucesora. La inefable sueca dueña de agudos como lásers llegaba al final fresca como una lechuga. Al pedírsele la mágica receta respondió: “Un buen par de zapatos”.
Isolda inspirará a los pintores prerrafaelistas, a Aubrey Beardsley, Rogelio Egusquiza, Salvador Dalí y a David Hockney para una puesta multicolor, a Jean-Pierre Ponnelle y luego Heiner Müller en Bayreuth, a los arquitectos Herzog & De Meuron en la ópera berlinesa y a Bill Viola para una experiencia visual inolvidable, preludiará lujosamente Melancolía de Lars von Trier y será la purísima voz de la mozartiana Margaret Price en el esencial registro de Carlos Kleiber, más esencial aún en el foso de Bayreuth.
La sensación del nuevo siglo se llama Nina Stemme y acompañó a Domingo en su registro integral, arrasó en Glyndebourne, Londres, Houston, Berlín y abrirá la temporada metropolitana en una flamante puesta del polaco Trelinski. “Hipoteque a su abuela y vuele a Estocolmo a verla”, clamó un crítico y no exageraba. La sueca es dueña de una voz inmensa, oscura, aterciopelada, sumada a estampa y actriz de fuste que definió el personaje como “Una maratón que requiere un estado del ser”.
Y del momento en que Isolda expira en una grandiosa petite-mort resolviendo la tensión musical de toda la obra, se ha escrito casi tanto como del famoso acorde inicial. La intangible unión de los amantes es el triunfo de la música y también de sus silencios, experimentarla vale la pena una y otra vez, tan adictiva como entrar en el mar, quizás como ella expresa “desintegrarse en la reverberación del aliento universal…” claro que mucho mejor con un “buen par de zapatos”.
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de julio de 2015, 0:00 p. m. with the headline "La que se murió de amor (segunda entrega)."