El cantante venezolano Francia convierte su bicicleta en musa y manifiesto en “Magdalena”
Francia no habla de éxito, habla de propósito. Y cuando menciona a “Magdalena”, lo hace con la naturalidad con la que otros artistas hablan de una pareja, de una ciudad o de una herida. Pero Magdalena no es una mujer. Es una bicicleta plegable. Y también es constancia, fe y resistencia.
Cantautor afrovenezolano, abogado de entretenimiento, presentador de televisión y artista latino emergente en el radar de Billboard, Francia es, como él mismo se define entre risas, “hustler”. Un todoterreno creativo que encontró su verdadera vocación lejos de los tribunales.
“Eso llegó en un retiro de meditación”, cuenta. Diez días en silencio, el primero en Vietnam. “Necesitaba algo para anclarme, una ayuda espiritual. Y cuando salí entendí que mi vocación no era el derecho”. No sabía exactamente hacia dónde iría, pero cinco años después ese salto al vacío culmina en Magdalena, el sencillo que abre el camino hacia su próximo EP, negrito (2026).
La canción es, en apariencia, una carta de amor poco convencional. En el fondo, es un manifiesto íntimo. Magdalena, su bicicleta compañera durante más de ocho años, lo ayudó a perder 23 kilos, lo llevó a cada pauta artística cuando el presupuesto era escaso y lo acompañó en viajes por África, Europa y Asia. “Magdalena para mí representa la constancia, la resiliencia, las ganas de hacer algo tengas recursos o no. Yo con mi bicicleta, ¿a dónde no he llegado?”, dice.
En su historia no hay glamour prefabricado. Hay piernas, sudor y fe. “He hecho esta carrera a punta de piernas”, afirma. Y esa imagen, el artista pedaleando hacia su sueño, se convierte en metáfora central de su propuesta musical: una fusión de música latina alternativa con sensibilidad de cantautor, atravesada por espiritualidad y herencia afrodescendiente.
La fe, de hecho, tiene nombre propio: María de la Luz Rivero, su madre. “Mi madre es la musa de mi obra. Quiero ser como mi mamá cuando crezca”, confiesa. Ella recuerda que siempre cantaba en el baño, que tocaba en la banda de la escuela italiana donde estudió y que durante la pandemia le envió una canción desde África como regalo de cumpleaños. Hoy él admite que aquella devoción que de niño cuestionaba es ahora su escudo. “Yo voy por la vida sin miedo. Eso me lo enseñó mi mamá”.
En lo artístico, sus héroes también hablan de identidad. La música brasileña ocupa un lugar especial. El nombre Magdalena nace de una evocación a Sérgio Mendes y a la energía vibrante de “Magalenha”. “Cuando estoy con ella me siento activo, no me canso”, dice sobre su bicicleta, casi como si describiera un ritmo.
Esa conexión con Brasil no es casual. “La diáspora africana más grande está en Brasil”, reflexiona. Vivir allí lo impactó profundamente. “Es algo celebrado. El carnaval es un despliegue de negritud”. Y esa celebración de la herencia afro es precisamente el eje de su próximo EP.
Titularlo negrito fue una decisión consciente y desafiante. “Sentí que tengo que honrar y amar quién soy, no importa cómo sea visto”, explica. Durante años intentó que lo definieran por su intelecto, los idiomas que habla o los países que ha recorrido. “Y aun así siempre buscan reducirte”. Para él, resignificar esa palabra es un acto de orgullo. “Ser negrito es un honor. Significa que tengo una cultura y una herencia profunda, antepasados llenos de resiliencia. ¿Por qué no llevarlo con gusto y exportarlo al mundo?”
Su proceso creativo vuelve siempre al mismo punto: el silencio. “Todo parte de la meditación”. Las letras llegan en esos espacios suspendidos donde no hay distracciones. Magdalena nació en el cuarto día de un retiro en Monterrey. No había acceso a papel ni bolígrafo. Él, previsor, llevó dos hojas escondidas. “Sabía que me iban a llegar letras”. Escribió, memorizó la melodía para no perderla y al salir la grabó en una nota de voz. Luego su equipo en Joy Studios le dio forma definitiva.
Pero más allá de la anécdota, lo que busca es conexión. “Si tú tienes un sueño, tienes que trabajar por él. Yo lo trabajo a punta de bicicleta”. Magdalena puede no ser una bici para otros. Puede ser un empleo, una pasión, una oportunidad tardía. “Yo comencé a los 32 años, cuando ya tenía una carrera forjada. Nunca es tarde para comenzar”.
En tiempos de fórmulas rápidas y éxitos instantáneos, Francia propone otra narrativa: la del artista que pedalea. El que reza antes de salir sin casco. El que transforma una bicicleta en himno y una palabra cargada de historia en bandera.
Y mientras Magdalena siga rodando, su historia apenas comienza.