En la música, también la unión hace la fuerza
Dos veladas ofrecieron un testimonio elocuente del poder de la colaboración: cuando instituciones distintas convergen, el pulso artístico de una ciudad no sólo se sostiene, sino que se eleva.
En Miami, la academia musical de América, la compañía de ballet local y una gran orquesta visitante —fiel a su cita invernal— unieron fuerzas para recordarnos que el arte, en su forma más alta, es siempre una empresa compartida.
La Orquesta de Cleveland, en el Arsht Center y junto a los becarios de la New World Symphony, cerró su residencia con un programa concebido como un arco en expansión: desde el mundo recogido y pastoral de Sibelius hasta la energía primordial de Stravinsky.
Al frente, el director venezolano Rafael Payare firmó un debut de autoridad indiscutible. Su lectura, densa en matices expresivos, reveló a un artista en plena proyección internacional: dueño de un refinado sentido del color y de una gestualidad teatral, rigurosa y profundamente personal.
En El cisne de Tuonela, una de las páginas más enigmáticas de Jean Sibelius, Payare optó por la contención. La música pareció flotar en una calma suspendida, densa y luminosa a la vez, mientras el corno inglés trazaba su canto solitario sobre un paisaje de sombras orquestales. Más que acentuar el misterio, el director iluminó la arquitectura interna de la obra, delineando sus contornos con una inusual claridad.
En el Concierto para violín del mismo compositor, Sergey Khachatryan ofreció precisión y equilibrio: líneas limpias, sonido controlado, especialmente en el lirismo introspectivo del Adagio. Sin embargo, algo quedó en suspenso: ese riesgo, ese filo dramático capaz de transformar la excelencia en revelación.
Tras el intermedio, La consagración de la primavera irrumpió no como provocación, sino como una fuerza inevitable. Allí Payare encontró su territorio natural. Los ritmos emergieron con nitidez, las texturas se superpusieron sin perder definición, y cada clímax se integró en un diseño de largo aliento.
La conjunción entre la solidez de Cleveland y la energía de los jóvenes de la New World Symphony amplió la paleta sonora sin sacrificar la claridad. Lejos de buscar el impacto inmediato, el director esculpió la obra con un sentido arquitectónico, permitiendo que su violencia y vitalidad se desplegaran con lógica interna. Más de un siglo después de su estreno, la partitura de Stravinsky sigue sonando peligrosa. No es ya escandalosa, pero sí ineludible.
La segunda propuesta, en el New World Center y fruto de la colaboración entre la New World Symphony y el Miami City Ballet, se adentró en otro tipo de diálogo: el de la música con el movimiento y el de la tradición con la invención, lo que reconfirma el potencial de las alianzas locales. American Choreographic Odyssey asumió ese desafío con lucidez, sin ocultar sus tensiones.
La velada abrió con Iris, de Sarah Kirkland Snider, una partitura de lirismo expansivo y textura luminosa, y la coreografía de Claudia Schreier respondió con un lenguaje neoclásico de líneas claras, en diálogo respetuoso con la música. La precisión del conjunto aportó un inicio sólido y sereno.
En Hollywood Version to Polymnia, Michael Abels propuso un pulso rítmico de resonancias cinematográficas, al que Pam Tanowitz respondió con una coreografía enérgica, precisa y orgánicamente vinculada al discurso musical.
Con Could We Be Quiet de Kevin Puts, emergió un registro más íntimo. Brian Brooks construyó un pas de deux de intensidad contenida, en el que Macarena Jiménez y Chase Swatosh se movieron como en un mismo aliento, y consiguieron uno de los momentos más logrados de la noche.
En Lamentations, de Carlos Simón, Jamar Roberts introdujo emoción directa, casi desnuda, casi una meditación coreográfica sobre el duelo.
El cierre de la primera parte llegó con Dance Measures, de Jennifer Higdon, el último de estos cinco estrenos comisionados por la NWS, con coreografía de Tiler Peck: una celebración de ritmo y precisión en la que orquesta y cuerpo de baile se entrelazaron con energía y claridad.
A lo largo de todo el programa, la dirección de Stéphane Denève sostuvo el equilibrio con elegancia, integrando escena y foso en una sala que respondió con notable flexibilidad.
La segunda mitad, dedicada a Jerome Robbins, ofreció un contrapunto histórico que evidenció hasta qué punto la creación contemporánea debe a sus raíces.
Como en Balanchine, en Robbins se cifra buena parte del lenguaje del ballet americano, cuya huella se percibió —por momentos en exceso derivativo— en las obras actuales. Pero aquí su voz apareció en toda su vitalidad: versátil, teatral, capaz de transitar con naturalidad entre el clasicismo y el pulso del musical, el aporte invalorable de Leonard Bernstein y Morton Gould. En Free Play, de este último, ambas vertientes se fundieron con fluidez.
Las escenas de West Side Story y Gypsy evocaron otros tiempos con eficacia dramática. Destacó el pas de deux de Fancy Free, interpretado por miembros del Houston Ballet, así como Passage for Two, de NY Export: Opus Jazz, de Robert Prince, que aportó un sugerente componente audiovisual con bailarines del New York City Ballet.
El tramo final, con I’m Old Fashioned – The Astaire Variations (con proyecciones del incomparable Fred en las pantallas) y Billion Dollar Baby, devolvió el tono lúdico y elegante, con destellos individuales dentro del conjunto.
En resumen, American Choreographic Odyssey se reveló como una propuesta valiosa por su intento de articular un diálogo entre el repertorio establecido y la creación nueva.
Si bien no siempre logró una unidad estética, sí ofreció un panorama elocuente de la riqueza del mosaico multicultural americano. Una iniciativa que merece repetirse, afinarse y crecer: prueba de lo que puede surgir cuando dos instituciones jóvenes y de primer nivel, arraigadas en una misma ciudad, deciden crear juntas.
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