Música

Los paseos del señor Satie

Armado de paraguas y sombrero érase un señor que “antes de componer salía a dar vueltas acompañado de sí mismo”. De Monsieur Satie se dice que sólo comía comida blanca, omelettes de 30 huevos y que una vez ingirió 150 ostras en un solo almuerzo; que fue asesor artístico de la secta Rosacruz, que siguió al críptico Joséphin Péladan y que cuando se aburrió fundó su propia iglesia: la Eglise Metropolitaine d’Art de Jésus Conducteur de la que fue su papa y único feligrés.

Satiesfictions juega a abordar su retrato en DVD al estilo del francés. A 80 años de su muerte, Anne-Kathrin Peitz y Youlian Tabakov, arman –respetuosos y desenfadados– el rompecabezas, separando cada capítulo con un espacio publicitario de algún producto del artista en cuestión. La narración, a cargo de popes como Virgil Thomson, Jean Cocteau, Man Ray, Henri Sauguet, su biógrafo Armengaud y la directora de su fundación. Es un festín cuidadosamente disparatado donde no faltan escenas de Entre’acte de Rene Clair que musicalizó.

Satie fue adelantado absoluto, misterioso extraordinario, francés hasta la médula y excéntrico de veras que avergonzaría a todos los que hoy pretenden originalidades. Mágico producto de una época no aquejada por el tsunami mediático actual, el caballero de corderoy, vistió sólo siete trajes iguales, era un original que sentó sus reglas y al que no le gustaba, le ofrecía la puerta de un apartamento al que por supuesto, nunca entró nadie. Esa paupérrima torre de marfil a la que se retiró del mundo sus últimos 25 años a cultivar la hipocondría, “El placard” fue revelado a sus amigos sólo después de muerto. Azorados encontraron un espectáculo digno del difunto, bajo capas de polvo descansaban sin abrir las centenares de cartas que le habían enviado y dos pianos encaramados uno arriba del otro y claro, sin una sola cuerda.

Pianista de cabaret, compositor de café, vivió entre los impresionistas aunque su música lineal no ilustró las nubes y mares de sus colegas; sostenía que los franceses debían huir de la aventura wagneriana hacia una música propia, en lo posible “sin sauerkraut”. Inventor de la música amueblada, pionera utilitaria diseñada para ámbitos específicos donde asumía el papel que la luz y que recomendaba como somnífero; creador de células musicales como mosaicos, hoy tweeter hubiera sido su arma mortal.

Fue un artista periférico que acabó siendo centro por derecho propio. Su candorosa libertad de desarticulador dio alas a una generación cansada de guerras y etiquetas. Y a la vez, ermitaño por convicción pretendía regular la vida de artista con una minuciosa tabla de actividades diarias, minuto a minuto. Precursor venerado, objeto de culto, amaba niños, perros y crustáceos –les compuso música y los jueves almorzaba langosta– y eludía la fama, la que llegó bien pasados los 50, cuando había dejado de interesarle, pese a haber sido pionero de las hoy llamadas relaciones públicas. “Como la orquesta consideraba que Parade era música circense tuve que llamar a Ravel para que los alertara de que era una suerte de obra maestra” –cuenta Jean Cocteau– “un flautista se levantó y le dijo: ‘Usted cree que soy idiota?’ A lo que Erik respondió: “De ningún modo, pero podría estar equivocado”. Gracias a Parade todos quisieron interiorizarse de su escuela pero, ay, el Satieismo no existía.

Este aduanero Rousseau del pentagrama no era ni dandy ni burócrata, tan serio como divertido se reía y lloraba de todos y por todos. Quizás lloró su miseria y a su único amor conocido –la pintora Suzanne Valadon más famosa por haber parido al gran Utrillo– después de tirarla por la ventana (sobrevivió gracias a que había sido acróbata de circo). A partir de allí decidió que su única compañera sería la música, aliada y causante de su melancolía irremediable.

Antihéroe de la música, no toleraba que se le contradijera. Sus piezas breves, brevísimas, aquella “con forma de pera” o las Gymnopedias, sencillas, profundas, destilación absoluta del espíritu francés pulsa intimidades en todos, son su marca de fábrica. Respetado, querido, admirado, fue papá inspirador de Glass, Reich, Riley y de John Cage que asestó: “No se mide su importancia. Es indispensable”.

SATIESFICTIONS, PROMENADES WITH ERIK SATIE, ACCENTUS, ACC 20312

Esta historia fue publicada originalmente el 22 de septiembre de 2015, 0:40 p. m. with the headline "Los paseos del señor Satie."

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