Música

El enigma de la hija de Turan (Segunda parte)


‘Turandot’ en el Met.
‘Turandot’ en el Met. Marty Sohl/Metropolitan Opera

La sueca Nilsson monopolizó y capitalizó el papel desde 1958 hasta los setenta ufanándose con “Isolda me hizo famosa, pero Turandot me hizo rica”. Se la disputaban el Met, La Scala, Viena o el Colón, siempre rodeada por una constelación de Liús: Anna Moffo, Leontyne Price, Vishnevskaya, Albanese, Caballé, Stratas, Carteri, en registros integrales con Renata Tebaldi y luego Renata Scotto. Y por supuesto, todos los Calaf, llevando la delantera el explosivo Franco Corelli cuya anecdótica mordida en el cuello para que acabara de una vez su agudo, tuvo eco en la inefable Birgit comunicándole al director del Met que no podía cantar las funciones restantes porque había contraído “rabia”. Pero ni siquiera Nilsson salió del todo indemne, atribuyéndole algún prematuro desgaste e inestabilidades en su voz de acero. En San Francisco, su hermana escénica Leonie Rysanek sólo una vez se dio el gusto. Prefirió dedicarse a otra emperatriz estratosférica con la que se llevó mucho mejor, la de Strauss en La mujer sin sombra.

Terminado el reinado de Nilsson ya no hubo paz. Cuando Joan Sutherland se decidió en 1972 un grito se escuchó en el cielo de los fanáticos; más viva que todos, la australiana sólo lo grabó en estudio y muy bien, teniendo a su favor sus comienzos quasi-wagnerianos. Cinco años más tarde, la mismísima Liú de Sutherland se lanzó al ruedo: Montserrat Caballé. Las opiniones se dividieron, pero ninguna fue tan dulcemente seductora. Otras víctimas aquejadas del síndrome post-Callas se lanzaron al ruedo con resultados dispares, Sylvia Sass, Katia Ricciarelli (otra mala ocurrencia de Karajan) o Grace Bumbry, mezzo ella que también tuvo el coraje de abordar Abigail, Medea y Norma. Al final de sus carreras, Martina Arroyo, Anna Tomowa-Sintow, Josephine Barstow y Luana de Vol también se subieron al tren de los enigmas.

Ni latinas ni teutonas sino eslavas integraron la próxima invasión de Turandós en las voces de Ghena Dimitrova, Eva Marton y Maria Guleghina. La primera hizo su carrera como la princesa (y Abigail), voz inmensa, abierta, metálica, polémica, sobrevivió décadas y mejor que las otras dos, también peso-pesados de la lírica. Dos wagnerianas grandes en todo sentido contraatacaron con diversa suerte, Gabrielle Schnaut y Jane Eaglen que junto a Pavarotti en el Met hubieran hecho las delicias de Botero. En la misma vena, Alessandra Marc, Andrea Gruber, Sharon Sweet y Jennifer Wilson siguieron la senda.

Hoy la pobre Turandot debe competir más que nunca con dos imponderables. Tanto más que un certamen vocal entre sedas y brocatos, es el epítome del super-show-lírico, más fácil y rendidor que Aïda, sea en el teatro (la sobrevivencia de la abigarrada puesta de Zeffirelli en el Met lo testifica) o al aire libre (como ejemplo en la Arena de Verona o el despliegue hollywoodesco en la Ciudad Prohibida de Pekín en 1998); por otro, la supremacía del tenor cuyo público literalmente acude y mata por un aria.

Si la escandinava Irène Theorin y la bella Lise Lindstrom han sabido negociar con esta auténtica hija de Barba Azul y de la Mujer Araña, la última viene haciendo carrera solamente con Turandot y esta temporada metropolitana no sólo la contará a ella sino a las dos sopranos dramáticas más notables de esta generación, la sueca Nina Stemme y la americana Christine Goerke. Voces magníficas y artistas de garra, a decir verdad, ninguna de las dos necesita cantar este rol asesino; con Brunilda, Isolda, Elektra y Salomé ya tienen suficiente, pero el factor desafío puede más y la tentación es grande. Como el duelo entre ella y Calaf, el público aguarda expectante, sediento a estas enigmáticas Turandot del 2015-16.

En definitiva, el enigma de Turandot no es más que con ellas mismas, con cada soprano que se ha desafiado a abordarla, ellas son Calaf implorando “Dejadme afrontar la prueba” , como si la misma Turandot les dijera “Si te acepto como sierva te haré reina”. El salto es grande, las consecuencias de “tentar la fortuna” imprevisibles, no por nada Nilsson decía: “Estén cerca de la tierra. Si se caen, les dolerá menos”.

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de octubre de 2015, 1:01 p. m. with the headline "El enigma de la hija de Turan (Segunda parte)."

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