El Cigala dio un concierto con todo en el Fillmore
No será un rey Midas, pero todo lo que toca el madrileño Diego El Cigala lo hace suyo. Ya sea un tango, un son o un bolero, le pone ese sentimiento mestizo –mezcla de moros, cristianos, judíos, castellanos y andaluces–, se lo lleva y lo trae de vuelta en un disco, pero convertido al flamenco.
Cerró su gira de Estados Unidos el pasado sábado en el Fillmore de Miami Beach con un concierto íntimo y a teatro lleno, con excelentes versiones de clásicos de la canción latinoamericana y española.
Comenzó con los temas Romance de la luna tucumana (Atahualpa Yupanqui), que le da nombre a su disco del 2013, Historia de un amor, Los mareados, Milonga de Martín Fierro y Naranjo en flor, de los argentinos Virgilio y Homero Expósito. De aquellos tangos irrepetibles de Gardel y Alfredo Le Pera ofreció Por una cabeza y El día que me quieras.
Antes de cantar Soledad, incluido en su álbum Cigala & Tango (2010), dijo estar feliz y contento de verse de nuevo ante el público de Miami.
“Me siento muy orgulloso. Y sobre todo de cerrar esta gira aquí. Y nada”, añadió, “les deseo que pasen unas felices fiestas, mucha salud, libertad y amor para todos ustedes.”
Tiene manos de pianista. Cuando canta cierra los ojos, extiende los brazos y parece que va a tocar el escenario de un extremo a otro. En una suerte de ceremonia que repitió durante la presentación, se mojaba la punta de los dedos en un vaso que tiene junto a la banqueta, donde estuvo casi todo el tiempo sentado, dejaba caer unas gotas en el suelo, se humedecía la frente y luego probaba un sorbo. Otras veces hacía un gesto y movía los dedos como si tuviera un teclado delante, como si siguiera a Jaime Calabuch, el pianista de su banda.
Como homenaje a la música cubana, interpretó Dos gardenias, de Isolina Carrillo, y Vida loca, de Francisco “Pancho” Céspedes. “Quiero darle un aplauso al señor Francisco Céspedes, que ni siquiera está aquí, pero con el que he pasado muy buenos momentos”,
recordó.
Del disco Lágrimas negras (2003), que grabó junto a Bebo Valdés, y por el que obtuvo un Grammy en el 2004, interpretó Veinte años, el clásico de las cubanas María Teresa Vera y Guillermina Aramburu. El montuno contagió a todo el Fillmore, mientras Cigala seguía el compás del son, unas veces con las palmas, y otras pegando sobre sus rodillas. De este álbum, uno de los más exitosos en la carrera de El Cigala, cantó Inolvidable, Corazón loco y Vete de mí, que se hiciera famoso en Cuba en la voz de Ignacio Villa, Bola de Nieve.
La canción más esperada de la noche sería Lágrimas negras, de Miguel Matamoros. No estaba Bebo Valdés, pero Cigala lo recordó junto al también fallecido maestro Paco de Lucía: “Esto se lo quiero dedicar, aparte de a todos ustedes, a personas que se van a emocionar muchísimo. En el día de hoy, y cada día de mi vida, doy gracias a Dios por haberme permitido estar con ellos, al señor Bebo Valdés y al señor Paco de Lucía.”
En la carrera de Diego El Cigala también aparecen nombres y colaboraciones como las del productor Javier Limón y el cineasta Fernando Trueba, los guitarristas Tomatito, Niño Josele y Diego García, y el trompetista Vicente Amigo.
Se fue de Miami cantando La bien pagá, otro tema de Lágrimas negras. Lo despidieron de pie, cuando el piano y el solo de tumbadoras levantaron al público con el coro: “Eso sí lleva clave, y kikirikú mandinga, el contagioso estribillo con bilongo de La negra Tomasa. •
Esta historia fue publicada originalmente el 24 de noviembre de 2014, 7:00 a. m. with the headline "El Cigala dio un concierto con todo en el Fillmore."