Música

La New World con Abbado: una clase magistral

Amanda Crider y Roberto Abbado fueron muy aplaudidos por 'El amor brujo', de De Falla.
Amanda Crider y Roberto Abbado fueron muy aplaudidos por 'El amor brujo', de De Falla. Daniel Fernández

Aunque la noche anterior el concierto de la New World Symphony con el director invitado Roberto Abbado había ostentado un lleno total, incluso en el parque frente al New World Center de La Playa, por la transmisión directa a la enorme pantalla al costado del edificio, la función de la tarde del domingo 14 casi volvió a llenar el teatro. Y es que el programa no podía ser más atractivo, tres obras populares, dos de De Falla y una de Beethoven.

Abrió la tarde, con todo su sabor español, El amor brujo, de De Falla, con la mezzosoprano Amanda Crider, que supo darles a sus breves intervenciones un adecuado dramatismo con una dicción castellana casi perfecta; aunque sin duda, el sabor auténtico cayó en la orquesta con la que Abbado trabajó a nivel de excelencia, solo reprochable el que a veces tapara por completo a la cantante. Al menos, así se percibía en los laterales.

Algo similar pasó en la segunda oferta: Noche en los jardines de España, del mismo compositor, donde la pianista Ingrid Fliter tuvo el rol protagónico. Aunque no realmente un concierto, el piano aquí tiene un papel relevante sin duda, y Fliter supo sacarles partido a sus intervenciones, a veces nubladas por la orquesta demasiado cargada hacia el fortissimo. No obstante, ambas obras lucieron un acople impecable y una cuidada interpretación que, aunque inclinada al drama y los profundos contrastes, no descuidó los momentos más sutiles y los puntos de instrumentos en solitario. Precisamente, al final, los distintos integrantes de la orquesta que habían tenido su momento de protagonismo fueron destacados por el director en los aplausos.

Sin embargo, lo que habría de ser lo mejor, lo espectacular, lo inolvidable de esa bella tarde de invierno miamense fue la entrega de la Quinta Sinfonía, de Beethoven. A pesar de ser archiconocida y hasta demasiado frecuente en las salas de concierto de Miami, Abbado la tocó como si se acabara de estrenar, sacando chispas a las cuerdas, llevando a tope las maderas, los metales, acentuando el pespunte casi incesante de los timpani, cuyo joven ejecutante habría de ganar la mayor ovación de la noche.

Abbado y la New World demostraron que siempre se puede encontrar algo nuevo en una obra, por antigua y famosa que sea, y se lanzaron con esta sinfonía del genio de Hamburgo con todo el vigor y el entusiasmo que se puede. Tan fuerte entrega transmitió al público igual energía, y tal entusiasmo que tuvo a todo el mundo en vilo hasta la última nota. Era un privilegio ver el rostro del director en los últimos compases, reflejaba una alegría soberbia, la satisfacción del trabajo bien hecho, del homenaje cumplido, de la magia llevada a buen fin.

El estremecedor cierre fue premiado con algarabía más que aplausos. Publico y músicos habían compartido un momento importante y podía verse en los rostros. No es posible hacer una justa comparación basado en el recuerdo, pero si se pudiera, dudo mucho que nunca se haya tocado esta obra con mayor pasión, con mayor fuerza, mayor entrega, ni en Miami ni en ninguna otra parte del mundo. Inolvidable. • 

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