Anna Netrebko y Daniel Barenboim celebran a Richard Strauss
Cuando las cuerdas de una orquesta quitan protagonismo a la soprano es señal de que algo anda mal. Mucho menos importa que sea aconsejable escuchar el disco en orden inverso al establecido; primero Una vida de héroe y luego las Cuatro últimas canciones, cumpliendo así un orden cronológico acorde con la evolución artística del compositor y su eterna batalla interior entre acción y contemplación.
Separadas por más de medio siglo, tanto esa vida de héroe como las últimas canciones, reflejan como ninguna su realización personal y el rol protagónico de la mujer, ese eterno femenino encarnado en la voz de la soprano y en el concertino del poema sinfónico que, por cierto, retrata a Pauline, su esposa. Dos de sus obras cumbres y espejo del ego artístico encuentran en la Staatskapelle berlinesa un vehículo perfecto, la misma orquesta que Strauss dirigió más de mil veces a partir de 1908 y que este último agosto, para las celebraciones del centésimo quincuagésimo aniversario del músico, se vistió de gala en la sala de la Philharmonie, bajo su titular Daniel Barenboim con el concurso de Anna Netrebko.
Es el torrencial sonido de la orquesta conjurado por Barenboim, envolvente, opulento, clarísimo y vibrante, lo que atrapa y deslumbra; una ola que sumerge al oyente hasta evocar la frase de Montserrat Caballé que decía que “interpretar a Strauss es como entrar en el mar”. Así desfilan los episodios de una vida “de héroe” combinando elocuente los elementos épicos con el renglón doméstico típico del compositor; plena de detalles y color, lejos del perfecto producto homogeneizado de Karajan en sus múltiples obsesivas encarnaciones. La lectura de Barenboim conlleva a un crescendo y tensión operísticas, una sensualidad incontestable y una vitalidad contagiosa, que trae al escenario tanto la esencia caballeresca de Schumann como la próxima fiereza de Shostakovich enlazándolos en una cabalgata arrolladora entre las cimas, valles y cimas del ímpetu creativo y aledaños.
En ese contexto, el violín de Wolfgang Brandl nada tiene que envidiar a antecesores como Willi Boskovsky, Michael Schwalbe o Roberto Chen, es la ideal encarnación de la amada del héroe, de una seducción, vivacidad y ternura tan palpable que parecería susurrar al oído del oyente. Brandl es el broche de oro de una orquesta que en esta magnífica versión no hace añorar ni a la Filarmónica de Berlín, Viena, Chicago o el Concertgebouw.
No obstante, el obvio anzuelo del registro es Netrebko en una cuidada lectura que al final del periplo no termina de convencer. La voz emerge opulenta, la rusa aborda las canciones frontalmente, apostándolo todo al timbre bellísimo pero al contrastar exquisiteces con descuidos –incluso alguna desafinación pasajera que no puede disimular la toma en vivo– aún se le escurre la esencia de los poemas de Hermann Hesse y Von Eichendorff. Se advierte una falta de apego con el lenguaje straussiano si se la juzga con sus grandes intérpretes, algo que no puede evitar y para lo que está preparada.
Rodeada por cuerdas que parecen respirar y que crean una presencia inspiradora, a la vez etérea y carnal (mágicas en Septiembre y otra vez sublime el concertino en Beim Schlafengehen) la cantante navega con diferente suerte el último gran regalo straussiano para la voz soprano. En síntesis, una respetable primera aproximación que si bien no será la última, tampoco desbanca a referentes como Elisabeth Schwarzkopf, Jessye Norman, Gundula Janowitz, Lucia Popp y las modernas Renee Fleming, Soile Isokoski, Christine Brewer y Anja Harteros.
Richard Strauss, Barenboim, Netrebko, Sb, Dg 479 3964.
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de enero de 2015, 7:00 a. m. with the headline "Anna Netrebko y Daniel Barenboim celebran a Richard Strauss."