Música

Benjamin Grosvenor y Stephen Hough, dos pianistas que engalanaron Miami

Stephen Hough.
Stephen Hough. Sebastian Spreng

Se atribuye a Toscanini (también a Mahler) la frase “no hay malas orquestas sino buenos o malos directores”. El adagio se reconfirmó el viernes pasado en la sala Wertheim de FIU ante el numeroso público que desafió tránsito, lluvia y viento, cuando James Judd, en una tan bienvenida como rara aparición en estas costas, desafió a la FIU Symphony Orchestra a sonar como un ensemble profesional. Judd logró aquello que parecía imposible y que lo había motivado, con buen tino, a cancelar uno de los dos conciertos programados por falta de suficientes ensayos.

Apuntalada por profesionales invitados en puestos estratégicos, la formación de estudiantes no sólo salió a flote, sino que demostró una solvencia francamente encomiable. Judd proveyó infinitas dosis de cuidado y una pasión que encendió la orquesta con la energía indispensable para secundar a su notable compatriota Stephen Hough en el Emperador beethoveniano. En todo momento fue evidente que Hough fue su incondicional aliado, elevando la calidad de la velada a niveles inesperados. La audiencia se quedó sin el Primero de Liszt pero tuvo un Quinto de Beethoven de jerarquía con Hough desplegando virtuosismo e inveterada inteligencia en el tratamiento de cada intervención, incluso el primer acorde en fortissimo que propició desde el vamos un enfoque diferente según decisión del intérprete después de estudiar el manuscrito original. El primer artista clásico merecedor de la beca “genio” McArthur, es un hombre del renacimiento –intérprete, compositor, poeta, escritor y disertador– virtudes que fueron disfrutadas por la audiencia en un torneo de preguntas y respuestas en escena después del concierto junto al maestro Judd. No está de más aclarar que ambos no sólo salvaron la noche sino que le estamparon una impronta diferente.

Si Hough emergió como ilustre representante del piano inglés, dos días después el recital de su compatriota Benjamin Grosvenor –también para Miami Friends of Chamber Music– fue el de un joven ciudadano del mundo. Miami puede sentirse afortunada con estar siguiendo de cerca la carrera y evolución del prodigio inglés, es esta su cuarta aparición desde el 2011, en una abultada agenda que incluye Carnegie Hall y otras salas fundamentales del circuito internacional, y su actuación no dejó dudas de que se está en presencia de un nuevo grande, con mayúsculas.

Quizás sea Grosvenor el mayor pianista de su generación, tampoco importa, lo que sí importa es su vuelo poético, su vasta paleta cromática y aventuradas opciones en el tratamiento del repertorio tradicional sustentado por una técnica monumental que le permite abordar con pasmosa naturalidad y sencillez lo que se le antoje. En síntesis, un artista total con el que puede no estarse de acuerdo, donde lo esencial es abrirse a su enfoque, comprenderlo y asimilarlo porque hay poquísimos de su calibre.

Esta vez fue fascinante verlo construir un programa bien diferente, reflejo de sus intereses actuales en cuanto a repertorio y que permitió juzgarlo en un espectro amplio. Grosvenor se abocó a dos preludios y fugas del Opus 35 de Mendelssohn con una claridad y equilibrio fuera de serie, donde la austeridad de Bach pareció presidir ese orden volatilizado por el romántico Mendelssohn, una Segunda Sonata de Chopin personalísima, severa y doliente, pero sin sentimentalismos vacuos. En la segunda mitad literalmente reveló el elusivo Ravel de Le tombeau de Couperin, iluminando cada rincón con delicadeza de orfebre, insuflando vida a una obra difícil de aprehender en toda su dimensión. Las tres italianas de Liszt –Venezia, Napoli y Tarantella– le dieron la oportunidad de cantar con lirismo exquisito pleno de fervor romántico. Su apabullante digitación fue otro renglón que no puede dejar de destacarse, así como el caudal sonoro que obtiene sin esfuerzo y sin sacrificio de una calidad tonal de deslumbrante redondez.

Grosvenor regaló dos bises Love Walks In, de Gershwin en el arreglo de Grainger, ya clásica propina del pianista, y el Capriccio Op. 28 de Erno Donhnanyi, despachada con la velocidad y buen gusto de un titán, lo que, en definitiva, es.

Esta historia fue publicada originalmente el 21 de enero de 2016, 0:36 p. m. with the headline "Benjamin Grosvenor y Stephen Hough, dos pianistas que engalanaron Miami."

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