Música

Fallece Elena Obraztsova, el fogoso acero del alma rusa

Elena Obraztsova
Elena Obraztsova Sebastián Spreng

Se extinguió la voz de Elena Obraztsova, la mezzosoprano rusa que estremecía como la madre patria en Alexander Nevsky. Paradójicamente, esa voz poderosa, solemne e insondable, absoluta encarnación de El campo de los muertos, en la cantata de Prokofiev, pareció enmarcar el luto e inquietud del mundo actual.

Apenas meses atrás, con motivo de sus 75 años, había sido objeto de un despampanante homenaje en el Bolshoi, digno de imitar. Una gala que reunió en el escenario a luminarias del canto ruso e internacional encabezada por Anna Netrebko, Maria Guleghina, Dmitri Hvorostovsky, Ekaterina Siurina y la joven Julia Lezhneva –ganadora del concurso anual que lleva su nombre– y donde la homenajeada apareció brevemente como la nostálgica condesa en La dama de pique, de Tchaicovsky.

Sobre todas las cosas, era una voz que impactaba, un acero refulgente de asombroso caudal que generaba interminables ovaciones como la que coronó su debut en el Met como Amneris, en 1976. Como la hija del faraón, Azucena, Ulrica, Federica o Eboli, solo el metal de su contemporánea Fiorenza Cossotto podía comparársele cuando abordaban las villanas de Verdi. En repertorio italiano y francés, no era el canto de Obraztsova un dechado de sutilezas idiomáticas sino un virtual avasallamiento sonoro cimentado en una musicalidad irreprochable. En las décadas de 1970, 1980 e incluso 1990, sucedió a la gran Irina Arkhipova como la emisaria eslava capaz de ser Dalila, Leonora de La Favorita, Adalgisa, Giovanna Seymour, Principessa de Bouillon, Herodiade, Charlotte o una Carmen legendaria dirigida por Carlos Kleiber en Viena junto a Plácido Domingo. Asimismo, su Turiddu en la película Cavalleria Rusticana donde seguramente Zeffirelli no solo la eligió por su voz, sino también por su parecido con la bellísima Alida Valli, estrella de Senso de Luchino Visconti.

Si el canto franco y generoso de Obraztsova podía tener detractores en italiano o francés, en repertorio ruso sentaba cátedra. Deslumbró a la Scala milanesa, San Francisco, Barcelona y al Colón porteño, en la invocación de Marfa de Khovantschina. En 1963 se había consagrado en el Bolshoi moscovita como la Princesa Marina de Boris Godunov, seguidas por la doncella de Orleans, Paulina, Lyubasha, Konchakovna, Lyubava, Babulenka, y tres personajes de la Guerra y Paz de Prokofiev, una ópera que la acompañó desde el comienzo (como Maria) a plenitud (Condesa Helene Bezuchova) y ocaso, la Madame Akhrosimova que cantó en el Met secundando el debut de Netrebko en la temporada 2002.

Dueña de un vastísimo repertorio en recital, eran las canciones de Tchaicovsky, Glinka, Dargomyzhsky, Rimsky-Korsakov, Rachmaninoff, Prokofiev y Sviridov su segura carta ganadora. Y en un famoso recital en Tokyo salía airosa no solo como mezzo sino también como soprano.

Había nacido en la entonces Leningrado, sobrevivido el feroz asedio nazi a la ciudad y además la guerra. Como su eterna archirrival Galina Vishnevskaya, 10 años mayor y coterránea, era una sobreviviente. Tigresa y leona, artistas privilegiadas, mimados productos de exportación, en las encarnizadas intrigas gestadas por el régimen, según Vishnevskaya, Obraztsova fue una de las firmantes de la carta que provocó el exilio a Occidente de la soprano y su marido Mstislav Rostropovich por proteger a Solzhenitsyn. Desde ya, la volcánica Vishnevskaya no perdía oportunidad de testimoniarlo o en todo caso, recordárselo, como cuando en Carnegie Hall tratando de hacer las paces, la echó a los gritos del camarín.

En todo caso, si para estas divas soviéticas hay un cielo, un paraíso (o un infierno), dondequiera que estén, es probable que Galina y Elena estén saldando cuentas a viva voz. A la música le dejan un legado que representa cabalmente la inextinguible llama del alma rusa.

Elena Vasiliyevna Obraztsova, 7 de julio de 1937 - 12 de enero de 2015

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