Música

4 obras x 4 solistas y un viaje cinematográfico

El director Alasdair Neale.
El director Alasdair Neale. Sebastián Spreng

Una vez al año los músicos de la New World Symphony se atreven a ser solistas, eligen una obra y se presentan a concurso. El premio es la participación en un concierto en el que se desempeñan como protagonistas. Y esta vez, otra vez, el resultado fue notable. Un concierto excelente tanto desde el punto de vista de programación como de ejecución. Felizmente, aquí no se necesitó de divos mimados ni de recetas trilladas del repertorio. Lo que sucedió fue una combinación balanceada que evidenció novedad, interés, calidad y diversidad. El ecléctico programa contó con tres valiosas obras poco frecuentadas de la primera mitad del siglo XX y una del período clásico que vino a refrescar la entrega, en palabras de su solista –la chelista Julia Yang– “una ensalada nutritiva, liviana, fresca, picante”, acertada analogía de la joven en el video introductorio. Ese concepto pudo aplicarse a toda la velada, una de las más provechosas de la temporada.

Bien pudo el cine ser el invisible hilo conductor del concierto liderado por el valioso Alasdair Neale, ejemplarmente justo, honesto, versátil, atento y generoso con sus jóvenes instrumentistas, brindándoles la mayor oportunidad de lucimiento posible. El atmosférico Concierto de Do para flauta y cuerdas, de André Jolivet, de 1949, inmediatamente remitió a algún film noir de la época, por ejemplo a Jeanne Moreau en Ascensor para el cadalso. El sonido arcaico, favorecido por el compositor, sentó a Masha Popova, que navegó a través del periplo emocional propuesto por Jolivet, alternando la melancólica ensoñación pastoral del Largo con la angustia del frenesí urbano.

Semejantes contrastes siguieron en el Segundo Concierto para Violín de Karol Szymanowski, obra densa y de virtuosidad extrema para el solista y orquesta. Es un concierto monumental que resume la música de la Europa que fue y la que viene, compuesto en 1933 –la fecha lo dice todo– y dedicado a un gran amigo, Pawel Kochánski, quien murió luego del estreno. En esta obra puente, no es casualidad que esa muerte sea significativa del momento histórico porque Szymanowski amalgama tendencias y compositores en un producto altamente personal, no falta la evocación folklórica y los acentos de Bartok, Stravinsky, Wagner, Ravel ni el sabor de fin de era de Korngold o la nostalgia de su compatriota Chopin, todos como salidos de las sombras ominosas de Fritz Lang o, mejor, Orson Welles. En un solo gigantesco movimiento de más de 20 minutos necesita un solista de quilates capaz de cumplir con la parte y medirse con la orquesta. En Julia Noone tuvo una intérprete de excepción en todo sentido, desde su refrescante juventud y bella estampa a un virtuosismo y expresividad a toda prueba particularmente manifestado en la evocativa cadenza central. Su actuación marcó el cenit del concierto.

Después de esta lectura no se amilanó Julia Yang al frente del Primer Concierto para Chelo de Haydn, la obra más conocida del programa, que en la segunda parte actuó como remanso a las veladas angustias del siglo XX. Esta vez parecieron desfilar las imágenes galantes del Barry Lindon por Kubrick gracias a la nobleza y aplomo de la solista para una obra traicionera en la afinación que debe ser más impecable que nunca. Y Yang no solo emergió triunfante sino que aportó el lirismo musical requerido y los restantes condimentos para esta, su elegante “ensalada”. Para el final el avasallante romanticismo del jovencísimo Rachmaninoff de su Primer Concierto para Piano –tanto menos conocido que el segundo y tercero pero igualmente intrincado– con sus ecos de Tchaicovsky, Brahms y por supuesto Grieg, marco perfecto para cualquiera de las grandes películas del Hollywood dorado. En Yu “Dean” Zang tuvo un vigoroso ilustrador, técnicamente irreprochable, desplegando una energía fenomenal y diafanidad en el andante.

Un periplo que se antojó cinematográfico, ilustrado por cuatro jóvenes que nada tienen que envidiar a sus admirados colegas mayores y que sirvió de claro ejemplo de los virtuosos escondidos en la academia orquestal americana. Bravo.

  Comentarios