‘Calígula’: locura en el poder y la autodestrucción planificada
Albert Camus (1913-1960), Premio Nobel de Literatura en 1957, publicó Calígula en 1944 y la estrenó un año después en París. Desde entonces no ha parado de representarse, a pesar –o quizás por ello– de que no se trata de una obra sencilla, sino todo lo contrario, es como un reto. Calígula parece un ensayo sobre la locura en el poder o del poder que conduce a la locura, una locura que conjuga las dos vertientes en las que se desarrolla una buena parte de la obra del autor de El extranjero y La peste, el absurdo y el existencialismo.
Desesperado tras la muerte de Drusila, su amante y hermana, Calígula, que hasta ese entonces había sido un príncipe opaco, anodino, y en ocasiones hasta amable, se afana en destruir cruelmente todo lo que le rodea, trazando, según el autor de la obra, su propio asesinato, por lo que la pieza podría interpretarse como la historia de un suicidio asistido. En la versión de David Ponce, dirigida por Juan Roca, estas dos vertientes de la obra, la locura en el poder y la autodestrucción planificada, están magistralmente presentadas.
Lo primero que sorprende de este montaje es la majestuosidad de la escenografía. El palacio de Calígula se levanta sobre varios niveles enmarcado por recias columnas y dos sofisticados pebeteros sobre leones alados, símbolo que en Roma se asociaba con la majestad y el poder, aunque también, desde más antiguo con el sol interior, el fuego del deseo y la sed de conocimiento. En ambos extremos, delante de lo que sería el proscenio y como extensión del mismo hay dos sitios que acogen, el de la izquierda el trono de Calígula y el de la derecha un banco que cumple diversas funciones. Lo segundo que llama poderosamente la atención es el vestuario, diseñado por Roca, vistoso e imaginativo.
El peso de la obra recae sobre Rei Prado, un actor carismático, que hace suya y proyecta con naturalidad el alma atormentada, enloquecida y despiadada de Calígula. Casi todo el tiempo está en escena, en un ritmo calmado pero envolvente, que arrastra a los espectadores hasta un final de impacto. Extraordinaria su actuación. Prado es secundado por un grupo de excelentes y experimentados actores. Isaniel Rojas como Quereas muestra un personaje ambivalente que termina encabezando la revuelta contra el monstruo en que se ha convertido Calígula. Fuerte, dinámico, siempre en control. Tamara Melián, una excelente actriz de muchos recursos expresivos, es Cesonia. Convincente en todo momento, se pasea sobre las tablas derrochando frescura. Izzy Martínez, de nuevo en esta ciudad después de una larga ausencia, talla con gran eficacia su Escipión, un personaje muy complejo, que se mueve entre la poesía y el temor. Su mano a mano con Calígula es uno de los grandes momentos de la obra. Mención aparte para J.J. Paris, que está, sencillamente, espectacular en los dos personajes de los que se ocupa, Lépido y Venus, sobre todo en el primero. Moldea cada frase con una carga que golpea. Steven Salgado es Lucio, un personaje que sufre los desmanes de Calígula. Actor de muchas tablas dibuja con precisión un personaje inolvidable. Osmel Poveda es Senecto, pieza clave en un juego de vida o muerte, donde siembra sus huellas. Dejo para el final a Myriam Amada, que está soberbia en sus dos personajes, Ave Negra y Livia, la mujer de Lucio.
La escenografía de la pieza está a cargo de Nu-Designs, las luces y el sonido de Juan Roca y César Roca, el maquillaje de la maestra Adela Prado, el diseño de tocados y accesorios de Neiley Molina y Ricardo Martínez Rubio. La asistencia de dirección está a cargo de Jorge Ovies. Un selecto equipo para una obra muy especial. Calígula, dirigida por el infatigable Juan Roca, es sin duda uno de los mejores espectáculos que se han visto en Miami en los últimos años. Pienso que ningún amante del buen teatro debe perdérsela.
‘Calígula’ de Albert Camus. Dirección Juan Roca. Se presenta los viernes y sábados a las 8:30 p.m. en Havanafama Teatro Íntimo, 4227 SW 75 Ave., Miami, 33155. Reservaciones: 786-262 4014.