Noriega, despiadado y alardoso, la carrera de un dictador delincuente
Manuel Noriega, quien pasó de caudillo militar panameño a preso de Miami en un geopolítico abrir y cerrar de ojos, tras provocar una escaramuza con Washington que acabó en la invasión de su país por Estados Unidos, murió el lunes, meses después de una malograda operación para extraerle un tumor cerebral.
Noriega, de 83 años, falleció en Ciudad Panamá, su parada final en una gira de 27 años por las cárceles del mundo —17 de ellos en Miami— luego de que tropas estadounidenses lo derrocaran en un breve aunque sangriento conflicto armado, en la semana que precedió a las Navidades de 1989.
Noriega cumplió esa sentencia por haber sido hallado culpable de cargos relacionados con las drogas en Estados Unidos y Francia, y por cargos de asesinato en Panamá. En Panamá, él fue puesto bajo arresto domiciliario en enero en preparación para su operación.
Noriega, quien fuera un temido dictador cuyos enemigos políticos tenían altas probabilidades de caerse de helicópteros o de ser encontrados sin cabeza en remotos claros de la selva, había sido reducido, por las privaciones de la cárcel y las duras vicisitudes del tiempo, a un anciano paralítico en una silla de ruedas durante sus años finales de vida.
“Ya nadie le tenía miedo”, dijo R.M. Koster, coautor de In The Time Of The Tyrants (En la época de tiranos), una cáustica historia de las dictaduras militares en Panamá que se centró en gran medida en Noriega. “Ya ni siquiera se acordaban de quién era él”.
Se trata de un desenlace extraño e inesperado para la historia de Noriega, quien se crió huérfano en un barrio miserable y ruinoso de Ciudad Panamá, pero fue subiendo gracias a su habilidad y astucia hasta convertirse en dictador militar de ese país, atravesado por la ruta de paso de mercancías más importante del mundo.
Primero como jefe de la inteligencia panameña, y luego como comandante de su ejército —el gobernante de hecho de un país donde la impotencia del gobierno civil le negaba incluso el estatus de títere— Noriega espió en pro y en contra de las principales potencias de la Guerra Fría, y en particular de Estados Unidos y Cuba.
Ninguno de los dos lados tenía demasiada confianza en él, pero ninguno de los dos quería tampoco prescindir de él. “Nos brinda inteligencia increíblemente buena sobre Cuba”, dijo un funcionario de inteligencia de EEUU en 1986, en un momento en que las relaciones de Washington con Noriega se hacían cada vez más tensas. “Pero quién sabe lo que él está dándoles a ellos sobre nosotros”.
Las cosas no fueron siempre así. A partir de sus comienzos en la década de 1950 como un informante de bajo nivel sobre el grupo de estudiantes de tendencia socialista con los que él andaba en la preparatoria, Noriega cooperó con los servicios de inteligencia estadounidenses bajo siete presidentes de Estados Unidos. Y, en los primeros tiempos, era una estrella.
Un informe secreto desclasificado de Inteligencia de Defensa de 1976, calificó a Noriega, quien tenía entonces 32 años, de “inteligente, agresivo, ambicioso y ultranacionalista.... Es un hombre de acción, y no tiene miedo de tomar decisiones”. De forma un tanto profética, el informe agregó: “No sería de extrañar si algún día este oficial acaba en el puesto de comandante de la [Guardia Nacional de Panamá] y tal vez de dictador” de Panamá. Acabaría ocupando ambos puestos, pero más bien para consternación que para satisfacción de Washington.
A pesar de haberse criado en un miserable barrio bajo de Ciudad Panamá agobiado por la prostitución, el alcoholismo y actos de violencia al azar, Noriega tenía un amor sorprendente a la lectura y se graduó en la mejor preparatoria pública del país. Pero, siendo un mestizo pobre en un país dominado por una próspera élite empresarial de blanca (más adelante Noriega se referiría a ellos despectivamente como “rabiblancos”), tenía pocas probabilidades de lograr su sueño de estudiar en la escuela de medicina.
En lugar de eso, ganó una beca a una escuela militar en Perú —Panamá no contaba con una academia militar propia— y, después de graduarse en 1962, regresó para entrar a la Guardia Nacional de su país como flamante alférez. El oficial a su cargo era un mayor joven y ambicioso llamado Omar Torrijos, quien reconoció la perspicacia militar y la crueldad –perfeccionada en los barrios pobres– de Noriega como cualidades potencialmente valiosas.
Seis años más tarde, Torrijos derrocó el gobierno civil de Panamá en un golpe de estado y puso a Noriega a cargo no sólo de la inteligencia militar, sino de llevar a cabo los trucos sucios políticos contra los sindicatos, los grupos estudiantiles y los reformadores políticos. Los lazos que Noriega logró crear con las agencias de inteligencia de todo el mundo lo ayudaron a consolidar su poder cuando Torrijos murió en un accidente de aviación en 1981.
Y también lo ayudó la temible reputación que Noriega había adquirido como sicario de Torrijos. Fuera o no cierto –y, hasta cierto punto, lo era en gran medida– Noriega era considerado por muchos como un asesino, un violador y un torturador, e incluso un practicante implacable de la magia negra. (Esa parte fue cierta, en cierto modo: Noriega fue el único jefe de estado en el Hemisferio Occidental en tener entre sus empleados a un brujo oficial, importado de Brasil).
Rara vez negó alguna de esas acusaciones, y ni siquiera se daba por ofendido; mientras más repulsiva la acusación, más añadía al manto de terror que confería poder a Noriega. (La única excepción fue el feo sobrenombre de “Cara de Piña” que le dieron sus enemigos, refiriéndose a las marcas del acné juvenil que le desfiguraban las mejillas y la frente).
“Noriega es como un Mago de Oz malévolo y sonriente, echando nubes de humo y haciendo sonar silbatos para manipular a su propia imagen detrás de una cortina”, escribió el periodista John Dinges en su biografía Our Man In Panama (Nuestro hombre en Panamá). Incluso en una ocasión él permitió a un periodista estadounidense –al parecer en broma– que le examinara la cabeza en busca de la marca satánica del número 666.
No apareció ninguna, lo cual por supuesto no sorprendió al general, quien creía que sus orígenes eran más elevados. Ego sum qui sum, dijo una vez a un periodista panameño, en palabras que se hicieron eco del discurso de Dios a Moisés desde la zarza ardiente en el libro de Éxodo de la Biblia. “Yo soy el que soy. Yo soy Manuel Antonio Noriega. Yo siempre lo he sido… No tengo nada de enigmático”.
Durante varios de los primeros años de su gobierno desde las bambalinas, Noriega mantuvo sus ambiciones dentro de los parámetros ordinarios de los gobiernos militares de América Latina, enriqueciéndose a sí mismo y a sus confederados a través de niveles moderados de extorsión y soborno al mismo tiempo que ahogaba agresivamente cualquier intento por devolver a Panamá al gobierno civil. No tomó medida alguna que comprometiera al Canal de Panamá o por inmiscuirse en la economía del país.
Pero en una medida extrema que demostró ser fatal, Noriega destituyó a fines del 1985 al presidente electo de Panamá, Nicolás Ardito Barletta, por tratar de poner en vigor algunas tímidas medidas en contra de la corrupción. Barletta era amigo y ex estudiante de George Shultz, entonces secretario de Estado de EEUU, y de pronto los críticos del régimen de bravuconería de Noriega encontraron oídos más atentos dentro de la administración de Reagan.
El momento no pudo haber sido peor para Noriega. El traspaso, según el tratado, del Canal de Panamá de Estados Unidos a Panamá en 1999 ya no parecía tan distante, y a Washington le inquietaba la perspectiva de que el canal cayera en manos de un gobierno tan evidentemente cleptocrático.
Peor aún, de cierta manera, fue que la administración de Reagan se estaba embarcando en una muy publicitada guerra a las drogas que era incompatible con la tolerancia de Noriega (y su aceptación de generosas sumas por concepto de sobornos) por los cargamentos de cocaína y marihuana provenientes de Colombia que pasaban a través de Panamá.
Las tensiones entre ambos gobiernos continuaron en aumento. Noriega consideró que Estados Unidos se estaba mostrando desagradecido por su ayuda de inteligencia anterior. “Cuando los americanos quieren algo, lo hacen ver todo muy bonito y te dicen que eres un héroe, pero cuando ya no te necesitan, se olvidan de ti”, dijo a un columnista del Washington Post en 1987. Por su parte, funcionarios de EEUU temían que Noriega estaba perdiendo el juicio, pues salía en televisión rompiendo muebles con un machete y gritando amenazas contra Washington.
La situación continuó deteriorándose a paso acelerado, y Noriega empezó a enviar turbas de sus gamberros seguidores –“batallones de la dignidad”, los llamaba él, aunque los diplomáticos estadounidenses preferían llamarlos “anormalotes”– contra las manifestaciones de la oposición panameña. Depuso a otro presidente, impidió un golpe de estado (y asesinó al líder del mismo a sangre fría frente a un numeroso grupo de testigos) y se jactó de tener “cogido por los coj…s” al nuevo presidente de EEUU, George H.W. Bush, con relación a secretos de inteligencia no especificados. Lo cierto es que cualquier posibilidad remota de que se pudiera calmar la crisis por medio de conversaciones se desvaneció, cuando un gran jurado federal en Miami encausó a Noriega como narcotraficante.
El momento exacto en que Estados Unidos decidió invadir Panamá continúa siendo secreto. Pero, a lo largo del otoño de 1989, el Pentágono empezó a enviar discreta pero constantemente armamentos pesados a las bases militares de Estados Unidos en Panamá so pretexto de entrenamiento y maniobras habituales. Las tensiones llegaron a su punto de hervor a mediados de diciembre de 1989 durante una semana en la que tropas panameñas mataron a tiros a un oficial de las fuerzas armadas de EEUU, golpearon brutalmente a varios otros y molestaron sexualmente a la esposa de otro de ellos mientras la misma se encontraba bajo custodia de la policía.
El 20 de diciembre, miles de soldados de EEUU invadieron Panamá. El ejército panameño se dispersó y huyó casi de inmediato, aunque no antes de haber perdido a 300 hombres. (También murieron unos 300 civiles, así como 23 estadounidenses). Noriega se refugió en la misión diplomática del Vaticano en Ciudad Panamá en Nochebuena para pedir asilo político, pero –después de un par de semanas sitiados por tropas estadounidenses con música heavy metal al volumen del Armagedón– acabó entregándose.
Noriega fue transferido casi de inmediato a una celda de detención federal en el sur de la Florida, donde los empresarios locales hicieron considerables sumas de dinero vendiendo camisetas que mostraban su foto policial sobre una parodia del eslogan comercial de Miami en ese entonces: “Miami — see it like a dictator. (Miami: véalo como un dictador)”.
Su juicio, celebrado dos años más tarde, resultó en su condena por ocho cuentas de narcotráfico y lavado de dinero, con la ayuda inconmensurable de un rebaño de acusados de narcotráfico que negociaron acuerdos extrajudiciales con el Departamento de Justicia y bajaron su condena colectiva de 1,435 años de cárcel a 81 a cambio de sus testimonios.
Noriega, sentenciado a 30 años de cárcel, cumplió 17 en el Instituto Correccional Federal de South Dade, pero su puesta en libertad temprana por buena conducta en el 2007 le sirvió de poco, ya que fue enviado para ser enjuiciado en Francia. Los franceses lo devolvieron a Panamá en el 2011.
Los temores, particularmente en Estados Unidos, de que el regreso de Noriega pudiera desestabilizar la vida política panameña resultaron ser infundados. A pesar de intentos ocasionales de codificar de manera coherente su filosofía política (Pensamiento, doctrina y praxis del Comandante Noriega, su intento de imitar el librito rojo de aforismos marxistas de Mao Tse-Tung, acabó acumulando montañas de polvo en las librerías panameñas), Noriega y sus partidarios no compartían una ideología, sino su venalidad. Una vez que el general perdió el poder, sus seguidores desaparecieron casi al instante, y pronto gran parte de la memoria colectiva de Noriega de la nación acabó desapareciendo también.
“Panamá es un país donde la gente deja las cosas atrás y mira hacia el futuro, no hacia el pasado”, dijo Surse Pierpoint, el gerente de la gigantesca zona de mercado libre en el extremo este del Canal de Panamá. “Mi hija tenía un año de edad cuando cayó Noriega. Ahora tiene 28. La gente de su edad no se acuerda de él”. Koster, el historiador, se puso a hojear hace poco un libro de texto panameño de historia de la preparatoria, y quedó estupefacto al descubrir que dedicaba un solo párrafo a los 12 años de la dictadura militar en su país.
“Y no era un párrafo muy largo”, agregó.
Durante muchos años, el mismo Noriega parecía compartir la idea ilusoria de Estados Unidos de que él seguía siendo un factor significativo en la política panameña. Casi todas las mañanas, durante su estancia en la cárcel federal, hacía una llamada local permitida a un amigo de Miami que a su vez lo conectaba con una serie de llamadas de larga distancia a Panamá.
“Se pone al día en los chismes políticos, y luego empieza a dar consejos y hasta órdenes”, dijo uno de los interlocutores habituales de las llamadas de Noriega a un periodista del Miami Herald en el 2001. “Y todo el mundo dice: ‘Sí, mi general’, y luego se van a lo suyo. El está completamente delirante”.
Y al parecer tampoco aprendió mucho de su caída del poder. En 1992, agentes de la policía federal lo llevaron en auto a Atlanta para sacarlo del medio cuando el huracán Andrew se abalanzaba sobre Miami. Conversando durante el viaje, uno de los agentes le preguntó a Noriega sobre el incidente cuando él amenazó con el machete a los gringos. Hombre, le dijo el agente, ¿cómo se te ocurrió semejante cosa? El general le dijo, con un suspiro: “Parece que metí la pata hasta los coj…s”.
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de mayo de 2017, 4:40 p. m. with the headline "Noriega, despiadado y alardoso, la carrera de un dictador delincuente."