Diez años después del terremoto en Haití: Un decenio de promesas incumplidas
Durante casi tres años después del terremoto del 12 de enero de 2010, la principal plaza pública de Haití fue una ciudad de tiendas de campaña llena de chozas improvisadas hechas de cartón, madera contrachapada y sábanas a la sombra de un palacio presidencial en ruinas.
Si se camina hoy por el Campo de Marte, se observa que los sobrevivientes desplazados del terremoto se han ido hace mucho tiempo, reemplazados por vendedores de helados, jóvenes que aprenden a conducir y un nuevo corredor administrativo del gobierno en el centro de la ciudad.
Donde estaba el palacio todavía no se levanta nada, pero varios de los 44 edificios públicos que se derrumbaron en menos de un minuto, como el de la Corte Suprema, han sido reconstruidos, mientras que un nuevo complejo del Parlamento, de $89 millones, está en marcha, incluso mientras los legisladores huyen del centro de la ciudad de Puerto Príncipe en dirección a las colinas debido al aumento de la violencia.
En momentos que Haití se prepara para conmemorar el décimo aniversario de una catástrofe inimaginable, los haitianos y la comunidad internacional que se comprometieron a ayudar a reconstruir el país pueden señalar algunas señales de avance.
Pero un decenio de problemas políticos y económicos, y miles de millones de dólares en ayuda mal gestionada y no contabilizada, han dejado al país luchando por su recuperación, y no más listo hoy para soportar otro temblor masivo de magnitud 7.0.
“Lo que se ha hecho es cosmético”, dijo Leslie Voltaire, una arquitecta y planificadora urbana que participó en la planeación de la reconstrucción en los primeros días de la recuperación. “Cuando recorro la ciudad veo que los albañiles están haciendo las cosas igual que siempre. No hay control, no hay supervisión de Obras Públicas, ni del municipio, para determinar si están haciendo lo debido.
“Me temo que si ocurre otro terremoto fuerte suceda lo mismo. Ni siquiera hemos tenido simulacros en las escuelas o en la administración pública para saber qué hacer, cómo reaccionar cuando ocurre un terremoto”, agregó. “Así que en realidad no hemos aprendido nada”.
El terremoto, que duró 35 segundos y fue seguido por varias réplicas, dejó unos 316,000 muertos y 1.5 millones de heridos. Más de un millón y medio haitianos quedaron sin hogar, después que más de 400,000 casas quedaron en el suelo en un amasijo de mampostería rota y vigas de acero torcidas. Más tarde, los donantes y el gobierno haitiano prometieron usar mejores técnicas de construcción, entregar viviendas públicas gratuitas y la revitalización de la devastada economía haitiana.
Nada de eso se ha materializado como se había previsto.
Diez años después, el Parlamento no ha votado sobre un nuevo código de construcción resistente a los terremotos. Algunos de los proyectos costosos y ambiciosos prometidos, como un nuevo hospital general de $100 millones, que todavía no se ha terminado, y el Parque Industrial Caracol, de $300 millones, no han hecho realidad su potencial, y la economía, que experimentó cierto crecimiento después de una infusión de $7,610 millones en ayuda humanitaria y de reconstrucción durante los dos primeros años después del terremoto, está en ruinas.
“La esperanza de un nuevo día en Haití era algo en lo que la gente en realidad creía y participaba”, dijo Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que prometió $2,000 millones en asistencia durante en la Conferencia Internacional de Donantes en la ONU, en Nueva York, a finales de marzo de 2010.
“Desafortunadamente, lo que veo hoy es que la energía de la comunidad de donantes [en comparación con] el momento inmediatamente después del terremoto y hoy, ha cambiado”, dijo Moreno en una entrevista. “El entusiasmo por los cambios en Haití ha disminuido con el tiempo”.
El terremoto devastó la región sur de Haití, donde derribó más de 100,000 edificios en el área metropolitana de Puerto Príncipe y las ciudades de Jacmel y Léogéne, donde estuvo el epicentro. Una evaluación posterior al desastre por parte de la ONU estimó la destrucción en $7,900 millones.
En la conferencia de donantes de 2010 en Nueva York, 58 gobiernos y organizaciones prometieron $8,333 millones a lo largo de 10 años para reconstruir el país. De esa cantidad, los donantes se comprometieron a gastar $5,370 millones durante 2010 y 2012. Fuera de la conferencia en la ONU, los donantes prometieron $5,000 millones adicionales para los los dos primeros años después del terremoto.
Las preguntas sobre qué sucedió con el dinero dominan muchas discusiones, y recientemente el Dr. Paul Farmer, ex asesor especial del secretario general de la ONU, puso en marcha un esfuerzo para obtener información actualizada sobre los desembolsos. El ejercicio ha resultado difícil y siguen sin contabilizarse miles de millones de dólares en promesas.
Diez años después del terremoto, todavía hay ciudades de tiendas de campaña
Seis de los 10 principales donantes no respondieron a la solicitud de Farmer, lo que imposibilitó sacar conclusiones sobre la tendencia de los desembolsos, informó la oficina de Farmer. Solamente España, Francia, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo respondieron. Los seis que no respondieron fueron Venezuela, Canadá, la Comunidad Europea, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, Brasil y el Fondo Monetario Internacional.
Un análisis de los $10,370 millones prometidos para 2010-2012 mostró que se desembolsó más de la mitad, $6,430 millones, para fines de asistencia humanitaria y de recuperación. Esto incluye el apoyo presupuestario directo de algunos países al gobierno haitiano. Pero menos del 10% de los $6,430 millones fueron directamente al gobierno haitiano, e incluso menos, 0.6%, de se destinó a empresas y organizaciones haitianas, señaló la oficina de Farmer.
El despacho de Farmer no tuvo en cuenta los más de $800 millones en condonación de deuda por parte de Venezuela, el Banco Interamericano de Desarrollo y otras instituciones financieras internacionales después del terremoto.
“Aunque la narrativa posterior al terremoto fue que los $10,700 millones que los donantes habían prometido colocarían a Haití en el camino hacia un futuro mejor, no cubrió mucho más que el costo del daño económico y físico sufrido”, dijo la oficina de Farmer en un análisis.
Los campamentos
En ninguna parte las promesas incumplidas de reconstrucción son más evidentes que en los campamentos de desplazados, donde el 12 de enero algunos cumplirán 10 años de vivir bajo una lona o planchas de metal oxidado, sin agua corriente, sin letrinas , sin electricidad y sin seguridad.
Los asentamientos improvisados ya no están a la vista en el Campo de Marte o en las canchas de fútbol públicas. Hoy se pierden en la capital en medio del ajetreo y el tráfico en Puerto Príncipe.
Sin embargo, las “ciudades” han perdurado más que las lluvias torrenciales, los fuertes vientos, una mortal epidemia de cólera que mató al menos a 10,000 personas y los siete gobiernos y cuatro presidentes que les han fallado.
“Nada ha cambiado. Por el contrario, ha empeorado”, dijo Cami Etienne, de 56 años, padre de cuatro hijos que vive en una ciudad de tiendas de campaña en lo alto de una colina en el barrio de Fragneauville, al final de un camino de tierra en la ciudad de Delmas. “No podemos comprar nada, ni siquiera lo básico que necesitamos para vivir. Ni siquiera tenemos agua”.
Etienne dijo que nunca imaginó que su vida llegaría a esto después de verse obligado a salir a las calles con uno de sus hijos cuando su casa se estremecía violentamente y luego se derrumbó durante el terremoto.
“Es una vida horrible cuando no puedes dar a tus hijos una casa donde vivir”, dijo, parado en la entrada del campamento, donde ropa recién lavada se secaba al aire libre.
Deteniéndose a mitad de la frase, se dio la vuelta y señaló hacia su tienda de campaña. “Esto no tiene nada que ver conmigo”.
El campamento no tiene nombre, pero los vestigios de los primeros esfuerzos de socorro de algunas de las organizaciones no gubernamentales que se apresuraron a Haití todavía son visibles.
Hay bancos desgastados pero todavía robustos, en una zona común pintada de rosado con acentos artísticos. También hay una zona de juegos para los muchos niños, que en este día en particular están más interesados en jugar a los escondidos.
Muchas de las chozas con techo de latón están pintadas de colores. Hay pocas construcciones de bloques de hormigón.
Christian Mervilus, de 41 años, dijo que se mudó a la zona hace un año de otro campamento en Faustin para escapar de las violaciones y asesinatos
“Vivía en una tienda y vine aquí desde otro campamento. Todavía estoy en una tienda de campaña”, dijo. “Si tuviéramos dinero, no estaríamos aquí”.
Mervilus dijo que después de 10 años, no ha visto ningún esfuerzo serio para ayudar a personas como él.
La mayoría de los 1.5 millones de desplazados por el terremoto han vuelto a los barrios, una hazaña que la Organización Internacional para las Migraciones dice que debe ser reconocida.
La agencia de la ONU, que se ha encargado de rastrear el número de desplazados y reubicarlos en los barrios, dice que hoy hay 32,788 personas en 22 campamentos. El campamento de Delmas donde viven Mervilus y Etienne no está entre los campamentos oficiales.
En ese recuento oficial tampoco están las más de 300,000 personas que viven en el mayor asentamiento informal después del terremoto, Canaan. La decisión de excluir a Canaan, que toma su nombre de la tierra bíblica prometida, fue tomada en 2013 por la Organización Internacional para las Migraciones a petición de la Unidad de Construcción de Viviendas y Edificios Públicos del gobierno haitiano.
Canaan, una zona amplia que en su momento se consideró inaceptable para un parque industrial, está 10 millas al norte de la capital. Se estableció después que el gobierno de Estados Unidos, el actor Sean Penn y las organizaciones de ayuda de la ONU presionaron al entonces presidente René Préval para que expropiara tierras para que el Estado las usara para beneficiar a sobrevivientes de terremotos que vivían en áreas consideradas de alto riesgo de inundaciones y deslizamientos de tierra.
El área fue prometida como un lugar donde los sobrevivientes del terremoto podrían reconstruir su vida en hogares permanentes como parte de una comunidad con agua corriente, electricidad y trabajos fabriles cercanos. Sin embargo, tan pronto como los haitianos se enteraron de que el gobierno había expropiado la tierra, se mudaron al lugar. Algunos eran sobrevivientes del terremoto que fueron reubicados por las agencias de asistencia. Otros eran personas que compraban parcelas vendidas ilegalmente.
Las viviendas permanentes nunca se levantaron, por lo que los vecinos empezarona a construir por su cuenta casas de bloques en toda el área.
Hoy eso incluye más de una decena de comunidades, algunas controladas por pandillas, flanqueada por dos carreteras nacionales.
“Hemos creado la barriada más grande del Caribe”, dijo Voltaire, quien ha hecho labores de consultoría en Canaan para el gobierno.
Eddy Jackson Alexis, portavoz del gobierno haitiano, no respondió a una solicitud del Miami Herald para reunirse con Clément Bélizaire, director ejecutivo de la Unidad de Construcción de Viviendas y Edificios Públicos, que ha estado trabajando con la ONU para construir carreteras y otra infraestructura en Canaan y supervisa la reconstrucción de edificios públicos.
Aunque Canaan es el ejemplo más claro de que los haitianos pueden hallar sus propias soluciones sin ayuda del gobierno, no es el único en el que la población ha tomado la iniciativa para tratar de asentarse permanentemente.
La tierra de Toto
Teren Toto (la tierra de Toto, el dueño de los terrenos) está en una colina junto a la avenida Albert Jode, no muy lejos de la embajada de Estados Unidos, en los límites de las ciudades de Tabarre y Delmas en la zona metropolitana de la capital.
“Todo el mundo está luchando por sobrevivir”, dijo Jean-Canel Clessidor, de 37 años, quien dice que se mudó a Teren Toto después del terremoto. “Si vas a esperar a que el gobierno haga algo por tí, nunca vas a encontrar un líder que te ayude”.
Clessidor dijo que pensaba que su estancia en la zona sería temporal. Pero después de tres meses de ver a organizaciones benéficas que ofrecían comida, lonas y refugios temporales de madera contrachapada, pero no vivienda permanente, se rindió.
“Ahora no tenemos ninguna esperanza de que algo cambie”, dijo.
Muchos en los campamentos dicen que su esperanza de cambio no está en los líderes que una y otra vez les han fallado y los usan como peones políticos, sino con Dios.
“Nadie nos ve”, dijo Sadrack Charles, de 32 años, con desesperación en la voz. “Imagínate que soy un hombre joven, que puede trabajar, y con todo lo que tengo que ofrecer, no tengo empleo. Todos los días te despiertas y te sientes sin un propósito. Cada año que pasa es un año perdido”.
Charles, cuya casa es más robusta que la mayoría, dijo que la construyó poco a poco, a veces sacrificando una comida para usar el dinero para comprar materiales.
“Cuando se mira la situación del país, todo el mundo ha sufrido. Los extranjeros tienen miedo de venir a invertir”, dijo. “No vivimos bien... El país está acabado”.
Detrás de la choza de Charles hay un pequeño canal. “Cuando llueve es un desastre”, dijo.
Manette Francois, de 58 años, dijo que antes del terremoto su vida “era hermosa”. Claro, era duro con nueve hijos, dijo, pero tenía un trabajo de mucama.
Pero perdió el empleo, y su casa, en el terremoto.
“Si ven dónde vivo ahora, cuando llueve tengo que recoger agua en un recipiente”, dijo.
En la cima de la colina, donde los vecinos han colocado sacos de arena para tratar de detener los deslizamientos de barro y ayudarlos a subir la ladera, la choza de Francois funciona como habitación y tienda de comestibles del vecindario. En una lugar en la parte de atrás hay un cubo azul que atrapa el agua de lluvia que se escurre por la lona que sirve de techo.
La crisis humanitaria, la fuerte inflación, que ahora oscila alrededor del 20% anual, y la drástica caída en el valor de la moneda nacional, el gourde, significan que sus clientes ni siquiera puedan permitirse comprar una vela, mucho menos una bolsa de arroz.
Francois dijo que le gustaría salir del campamento, pero no ve cómo podría sostenerse en un vecindario normal.
Junior Alexis, uno de los dos líderes de Teren Toto, dijo que el campamento es “un pequeño país dentro de otro país”, refiriéndose a la falta de gobierno, servicios y la existencia inhumana de los vecinos.
“El gobierno haitiano no respeta los derechos de la gente”, dijo. “Aquí hay gente que quiere vivir como seres humanos”.
El campamento está lleno de chozas, separadas por estrechos caminos de tierra, que muy probablemente salgan volando en el próximo huracán. Aunque muchos todavía viven en chozas de zinc, otros han logrado construir casas más robustas de bloques.
Situado junto a la carretera principal y subiendo una colina sinuosa, Teren Toto es el más grande de los seis asentamientos improvisados que conforman Village Caradeux. Según los cálculos de la Organización Internacional para las Migraciones de 2017, había 10,162 desplazados viviendo en Caradeux, de los cuales 4,759 vivían en Teren Toto.
En cualquier otro país que hubiera sufrido un desastre como el de Haití, dijo Alexis, la población ya se habría recuperado.
“La gente no anticipó esto”, dijo.
Alexis, de 32 años, se gana la vida como taxista. Es uno de los pocos en el campamento con un empleo estable.
Hace unos años, la OIM trató de despejar el campamento. Los trabajadores humanitarios aparecieron acompañados por agentes de la Policía Nacional. Los vecinos, que hacían las veces de guardias de seguridad, se defendieron, usando maderos y rocas para evitar que la policía y los trabajadores entraran.
Marguerite Jean, oficial de Proyectos de la OIM, dijo que es cierto que Caradeux fue objeto de reubicación, pero el registro necesario para reubicar a las personas y la financiación necesaria “en un momento se acabó”.
Un funcionario del gobierno haitiano, quien pidió no ser identificado, confirmó el intento de reubicación, pero dijo que fue cancelado por un poderoso legislador que advirtió que la gente en los campamentos eran sus electores y no se debían tocar.
“Cada cinco años vienen aquí y nos engañan”, dijo Alexis sobre los políticos haitianos. El presidente Michel” Martelly vino y nos engañó. Después de Martelly, Jovenel Moïse vino a una escuela que tenemos aquí. ... dijo: ‘Hay un montón de tipos que están jugando dominó. Te voy a enseñar”, recordó Alexis.
“¿Dónde están hoy? En cada casa hay un juego de dominó... porque no tienen nada más que hacer.
La reconstrucción lleva tiempo
El director de la OIM, Giuseppe Loprete, dice que comprende las frustraciones de los que aún están en los campamentos, pero no hay una plan creado para hacer frente a un desastre de la magnitud del ocurrido en Haití.
“No es sólo Haití. La reconstrucción de un país demora años, decenios”, dijo Loprete. “Podemos comparar algunos lugares en otras regiones del mundo... Cinco años después del tsunami [en Indonesia] seguíamos construyendo viviendas para los desplazados”.
Reconoce que se podría haber avanzado más en Haití si no fuera por la inestabilidad política y “si el entorno fuera más funcional, si las decisiones políticas se tomaran más a tiempo... con un mejor uso de los recursos”.
“Nos parece que retrocedemos a principios de 2004”, dijo, refiriéndose al período en que una sangrienta rebelión derrocó el gobierno y la ONU tuvo que enviar una misión de mantenimiento de la paz. “Hay gente aquí que opina que estamos viviendo la situación de inestabilidad de cinco, seis años antes de [el terremoto] en términos de violencia, criminalidad”.
La OIM ha tenido sus propias dificultades para conseguir los fondos necesarios para desmantelar los campamentos. Su donación más reciente fue de $300,000 del gobierno de Corea del Sur, que se ha usado para despejar campamentos en Léogéne, donde una falla previamente desconocida provocó el terremoto.
“Ahora nadie está interesado en financiar estas actividades”, dijo Loprete.
Pero no siempre fue así. En 2011, la OIM se alió con la autoridad de vivienda del gobierno haitiano para lanzar un programa piloto de reubicación para devolver miles de sobrevivientes del terremoto que estaban viviendo en seis campamentos a los 16 barrios donde vivían originalmente.
Después de reubicar a más de 35,000 familias sin hogar, la oficina de Asuntos Exteriores de Canadá donó $18 millones para ayudar a más personas a regresar voluntariamente. Bajo el programa de reubicación, los vecinos del campamento recibieron un cupón, equivalente a alrededor de $500 en ese momento, para alquilar un lugar por un año.
Felipe Munevar, director y representante de la Oficina de Servicios para Proyectos de la ONU de Haití, dijo que el programa de reubicación del gobierno “fue un éxito”. Pero también notó una realidad.
“Nunca habrá suficiente dinero para realmente ayudar a todos los beneficiarios potenciales que necesitaban asistencia”, dijo Munevar, cuya agencia ayudó a los sobrevivientes del terremoto a regresar a casa reparando más de 1,200 casas dañadas y construyendo 600 unidades para los que tenían la propiedad de la tierra.
Munevar dijo que aunque a la agencia de la ONU le hubiera gustado construir más casas, no fue fácil porque había muchas interrogantes legales sobre los títulos de las propiedades que quedaron dañadas o destruidas.
Algunos de los funcionarios que participaron en la reconstrucción dicen que no era razonable que las organizaciones, como las agencias de asistencia, esperaran que el gobierno construyera viviendas para las personas que alquilaban cuando ocurrió el terremoto.
En algunos casos, se construyeron casas, pero no de manera gratuita, y la construcción resultó problemática. En un proyecto gubernamental, Lumane Casimir, donde las casas de 344 pies cuadrados son del tamaño de una habitación de hotel, algunos apartamentos permanecieron vacíos porque la construcción era de mala calidad y estaban lejos de escuelas, mercados e iglesias. En los últimos años, algunos beneficiarios incluso han decidido no pagar más el alquiler.
Promesa perdida
Incluso así, los vecino de Teren Toto insisten en que lo mejor que el gobierno haitiano puede hacer por ellos es construirles casas en el lugar donde están viviendo.
No están interesados, dijeron, en el programa de reubicación del campamento. Señalan que el dinero que la OIM entregó para ayudarlos a alquilar una vivienda hace unos años fue aproximadamente el equivalente de $500, que representa aún menos en la maltratada economía de hoy.
“Y después de eso, ¿qué sucede cuando vence el contrato de arrendamiento?”, dijo Alexis. “Esa gente quedará en la calle”.
La solución, dijo, “son casas de calidad duradera. Lo que pueden hacer por nosotros en Village Caradeux es construirnos buenas casas”.
Moreno, el presidente del BID, dijo que los donantes realmente querían abordar el tema de la vivienda en Haití, pero ante la debilidad de las instituciones y la falta de voluntad del país para abordar el problema de la propiedad de tierras, para algunos donantes resultaba difícil invertir.
“Hubo un terremoto, pero no hubo el tipo de cambio institucional que se necesita en Haití para materializar mucha de esta ayuda, por lo que se hizo muy difícil desplegar la ayuda”, dijo Moreno. “Ahora tenemos solo un un puñado de donantes clave”.
Reflexionando sobre la última década, dijo Moreno, hubo dos períodos muy diferentes. El primero estuvo marcado por la respuesta inmediata, y él y otros observaron que el entonces presidente, Préval, quien murió en 2017, estaba “muy comprometido”. El segundo llegó con Martelly y su sucesor elegido a mano, el actual presidente Moïse, con su iniciativa emblemática ”Caravana del Cambio” para construir carreteras en comunidades lejanas.
“Martelly vino con mucha energía y me pareció que al final fue una promesa perdida”, dijo Moreno. “Este presidente tenía mucha energía con lo de la Caravana, que sonaba como algo que nunca se había visto en Haití, que es dedicar todos los recursos del gobierno a las comunidades más pobres.
“Pero de alguna manera, muchos de estos grandes esfuerzos no duran mucho tiempo, ya sea por razones políticas o de ejecución”, dijo Moreno. “Esto es lo frustrante”.
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de enero de 2020 a las 6:00 a. m. con el titular "Diez años después del terremoto en Haití: Un decenio de promesas incumplidas."