Iguala: pueblo mexicano rehén de la violencia
Mientras continúa la búsqueda de 43 estudiantes desaparecidos de la población mexicana de Iguala, los investigadores tratan de entender qué hubo detrás del choque letal entre la policía y los estudiantes del que ya se habla como la “Masacre de Iguala”. En todos los sentidos, este reciente episodio en la larga historia de violencia del volátil estado de Guerrero llama mucho la atención. Aparte de la brutalidad, fue la revelación de la cooperación de un cartel de droga y una escuadra policial lo que dejó a muchos atónitos.
“Como nunca antes, vimos la clara evidencia de que la policía de Iguala estaba vinculada a un cartel de droga”, dijo Marcela Turati, escritora y reportera investigativa mexicana, en Oslo, Noruega. Turati, quien está allí asistiendo al Foro de la Libertad anual de Oslo dedicado a temas de derechos humanos, es una de los conferencistas principales. Ella habla acerca de videos que captaron un encuentro amistoso entre algunos narcotraficantes y miembros del Departamento de Policía de Iguala.
Turati ha escrito extensamente sobre el tema de la corrupción policial. Se describe a sí misma como una corresponsal de guerra en su propio país. No obstante, a pesar de las muchas atrocidades recientes de las que ha sido testigo, el caso de Iguala la estremeció. Como muchos otros expertos, trata de averiguar cuál fue el motivo de la matanza policial que tuvo lugar el 26 de septiembre. De acuerdo con algunos testigos, la policía mató al menos a seis estudiantes, entre ellos uno a quien le sacaron los ojos, y cargaron a docenas de otros en sus carros y se los llevaron.
Este es el grupo de 43 estudiantes desaparecidos que, según se reporta, acabaron en manos del cartel Guerreros Unidos encabezado por el notorio capo Sidronio Casarrubias Salgado. Casarrubias fue arrestado hace pocos días por su supuesta participación en el crimen, conjuntamente con 27 miembros del cartel y 37 policías.
Turari tiene dos teorías sobre qué pudo haber provocado la matanza policial. Se reporta que la policía hizo más de 200 disparos a los tres ómnibus llenos de estudiantes. Ella cree que los policías que trabajaban para el cartel atacaron a los estudiantes porque los veían como miembros de carteles rivales, o que algunos podrían haber participado en grupos guerrilleros de izquierda que tienen un largo historial de ataques a la policía. De ser este el caso, la policía pudo haberse vengado en los estudiantes por rencores pasados y no resueltos.
No es ningún secreto que la Normal Rural de Ayotzinapa a la cual asistían los estudiantes desaparecidos tenía una reputación de radicalismo militar con inclinaciones socialistas, y que sus graduados a menudo imponen su agenda social por medio de actos violentos. “Estos muchachos no vacilan en robar un carro, gasolina, o incluso un ómnibus. Claro que ellos no son ángeles, pero eso no es nada en comparación con la matanza policial”, afirma Turari, quien describe a los estudiantes como campesinos, en su mayoría indígenas, provenientes de comunidades que viven en una pobreza persistente y aplastante.
La escuela es vista por estos jóvenes pobres no sólo como la oportunidad de una vida mejor, sino además como un refugio. Los estudiantes viven en esencia en el recinto escolar. “Ellos se lanzaron a la calle porque su escuela estaba falta de fondos. De hecho, el gobierno no les da a ellos más que tres dólares al día, una suma que apenas puede cubrir sus comidas”, dice Turari.
Más allá de lo que haya provocado los tiroteos y arrestos de la policía que condujeron a la desaparición de los estudiantes, muchos temen que el episodio podría acabar desembocando en una guerra callejera incontrolada si algunos grupos radicales que representan a ambos lados se lanzan sobre la ciudad. Un habitante de Iguala contactado por teléfono el martes por la noche, y quien se negó a dar su nombre completo por miedo a las represalias, describió la atmósfera del poblado como “de una tranquilidad siniestra”.
“Pero en cualquier momento se puede armar la gorda”, dijo el hombre, quien teme que ambos lados, o sea, los estudiantes y la policía, se sientan “acosados. Y luego están los padres de los estudiantes desaparecidos, quienes podrían tratar de vengarse porque ellos no tienen político alguno a quien acudir”, continuó, aludiendo a la corrupción entre los políticos, muchos de los cuales están pagados también por el cartel.
Desde el comienzo de la Guerra a las Drogas desatada por el ex presidente Felipe Calderón a fines del 2006, la violencia ha costado 120,000 vidas. Se desconoce todavía el paradero de otras 27,000 personas. El estado rural e intranquilo de Guerrero es emblemático de esto. A cada momento se encuentran fosas comunes. Apenas dos semanas atrás, las autoridades encontraron una fosa con 28 cadáveres mutilados y quemados. Ellos pertenecían a una historia anterior de violencia extrema que probablemente se convertirá en otro caso sin resolver.
Esta historia fue publicada originalmente el 22 de octubre de 2014, 10:10 p. m. with the headline "Iguala: pueblo mexicano rehén de la violencia."