Programas de EEUU ayudan a evitar miseria en Centroamérica
Esto es lo primero que hay que saber con respecto a Jessel Recinos: él es un patinador de primera.
Casi todos los días, Recinos patina en el parque de Cofradía en San Pedro Sula, la segunda ciudad en tamaño de Honduras. El gira, se vuelve en un segundo y vuela en saltos enormes, y su largo cabello flota como una manga de viento. Los chicos gritan su nombre como si fuera una estrella de los deportes de Honduras.
Lo segundo que hay que saber sobre Recinos es esto: él debería estar muerto.
“Esta gente vino a matarme cuando yo tenía 16 años”, recuerda.
Hace ocho años, Recinos estuvo involucrado en una de las maras de Honduras, las crueles pandillas callejeras que controlan distritos enteros de San Pedro Sula, la cual era hasta hace poco la ciudad con la tasa de asesinatos más alta del mundo. Un día, un miembro de una mara rival lo persiguió porque pensaba que Recinos le había robado el teléfono celular.
“Huí, y me disparó cinco veces”.
En la casa de sus padres, Recinos muestra una radiografía. Una mancha blanca fantasmal señala donde se alojó una bala, justo al lado del corazón. Al recibir el disparo, él se dirigió tambaleándose a una iglesia evangélica, donde los fieles lo llevaron a la carrera al hospital. Además, le dieron este consejo:
“Tienes que cambiar tu vida. Y les dije: ‘Sí, se lo prometo’ ”.
Así empezó la nueva vida de Recinos como mentor en patines. Él dirige un club llamado Skate Brothers. Allí enseñan a los chicos a montar patines y patinetas, y a mantenerse alejados de las maras.
Ha ayudado a montones de jóvenes hondureños en riesgo a mantenerse en la escuela, y alejados de la decisión que tantos toman de emigrar a Estados Unidos.
Recinos se ha quedado en Honduras a pesar de que sus primos, que emigraron, siguen urgiéndolo a que se les una en Miami.
“Si me voy a Estados Unidos, no ayudo a nadie”, dice Recinos. “Mi país necesita ayuda, para los niños aquí”.
La resolución de Recinos ha llamado ahora la atención del Tío Sam. La Agencia de EEUU por el Desarrollo Internacional (USAID) afirma que está buscando la manera de respaldar sus esfuerzos y los de otros como él en Honduras.
James Nealon, embajador de EEUU en Honduras, explica que esto es parte de una misión a mayor escala para mejorar la pobreza y la violencia desesperantes que impelen la emigración ilegal de Centroamérica a Estados Unidos, la que alcanzó niveles críticos el año pasado.
“Tenemos que [ayudar a] hacer que esas comunidades sean más seguras”, dice Nealon. “Identificar a los chicos en riesgo, ofrecerles oportunidades económicas, oportunidades educativas, en fin, ofrecerles esperanzas, para que vean su futuro aquí en Honduras y no en otra parte”.
La idea de enfrentarse a la emigración ilegal en su misma fuente en lugar de hacerlo en la frontera estadounidense está prendiendo finalmente en Washington. El presidente Barack Obama está pidiendo al Congreso que apruebe $1,000 millones en nueva ayuda para Centroamérica, de la cual la mayor parte, alrededor del 40 por ciento, se dedicaría al proyecto socioeconómico descrito por Nealon.
Eso incluye programas de entrenamiento laboral recientemente creados por USAID como METAS. De hecho, METAS acaba de ayudar al ex jefe marero de San Pedro Sula David Estrada a encontrar un verdadero trabajo.
Estrada fundó la mara más poderosa de su barrio, MS-13. (Uno de sus dedos resultó destrozado en una pelea a machetazos.) El abandonó esa vida hace alrededor de una década, pero no tenía otras habilidades.
“Me sentí atrapado”, dice Estrada. “Era dejar Honduras o quedarme aquí y volver a la mara. Y probablemente hacer que me mataran, porque las maras son mucho más violentas hoy en día. En mi época, no teníamos todos esos tatuajes de miedo que les ves ahora”.
En la actualidad, Estrada mantiene a su esposa, su hija de 8 años y su bebé recién nacido trabajando como gerente de logística de un almacén.
En Tegucigalpa, la capital de Honduras, otro ex marero –Jesús “Chuy” Lanza– ha convertido $1,000 recibidos como capital semilla de USAID en un exitoso negocio de hamburguesas en el centro de la ciudad.
Tan exitoso que la Cámara de Comercio de Honduras acaba de entregar a Lanza $5,000 como premio por ser uno de los mejores nuevos empresarios del país.
Después de que Lanza dejó la mara hace unos años –estaban a punto de pedirle que cometiera su primer asesinato– él también planeó emigrar a Estados Unidos porque sus antiguos compañeros de mara querían matarlo por traidor. Y conseguir trabajo en Estados Unidos, dice, “era tal vez un modo de que mis padres por fin estuvieran orgullosos de mí”.
Ahora Lanza está usando parte de su premio para hacer algo especial por su madre, quien le dio apoyo todo ese tiempo, y quien ahora fríe junto a él sus populares hamburguesas.
“Hice que me borraran los tatuajes de la mara del cuerpo”, afirma, alzándose la camisa y mostrando una mancha oscura en la espalda, el último rastro de los mismos.
El reto de la ayuda de EEUU es más difícil en los vecindarios pobres que cubren las escarpadas colinas que se ciernen sobre Tegucigalpa. Barrios como San Martín, que sufren los fuegos cruzados de MS-13 y la mara más violenta de Honduras, conocida simplemente como 18.
“Los chicos aquí no están sólo expuestos a la vida de las maras en la calle”, opina Emanuel Rodríguez, hondureño que trabaja con funcionarios de asistencia estadounidenses en San Martín. “Ellos a menudo las tienen metidas en sus propias casas. Eso es algo de lo que los hondureños más adinerados no saben nada”.
Es, de hecho, un recordatorio de un gran peligro que Obama corre con la propuesta de ayuda a Centroamérica: quitarle a la élite de la región, vergonzosamente negligente, toda responsabilidad de mejorar las condiciones de vida del país.
En los últimos años, los líderes políticos y empresariales de Honduras se han inmiscuido un poco más. No obstante, pocos de ellos tienen alguna idea de que en San Martín las maras cuentan con chicos tan jóvenes como Jason Castejón –quien tiene ahora 14 años, pero tenía 12 cuando entró a una mara– como uno de sus soldados rasos. El ya se había graduado como pandillero al golpear a víctimas de extorsión cuando, al principio de este año, “alguien me disparó”, cuenta él. “Eso me asustó”.
Jason buscó refugio en un nuevo centro de atención juvenil de USAID en San Martín. Desde entonces, ha aprendido a manejar computadoras, y a tocar la Oda a la Alegría de Beethoven en un instrumento electrónico parecido a una flauta.
Sería bonito incluir a Jason como un ejemplo del esfuerzo por prevenir la emigración. El problema es que su padre murió hace un par de meses. Su madre es una inmigrante indocumentada que vive en Texas, y él dice que irá pronto para allá. Pero se llevará su instrumento consigo.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de octubre de 2015, 3:52 p. m. with the headline "Programas de EEUU ayudan a evitar miseria en Centroamérica."