América Latina

Deportados hondureños terminan en centro de reubicación El Eden, en San Pedro Sula


Maryin Nelis Sabillon, de 33 años, con su bebé de siete meses, Kendy Julieth Briones Sabillón, después de llegar con su esposo, Menelio Briones Castellano y sus cinco hijos al centro El Eden, en San Pedro Sula, Honduras.
Maryin Nelis Sabillon, de 33 años, con su bebé de siete meses, Kendy Julieth Briones Sabillón, después de llegar con su esposo, Menelio Briones Castellano y sus cinco hijos al centro El Eden, en San Pedro Sula, Honduras. pfarrell@miamiherald.com

Parece como si el mundo entero estuviera lidiando hoy con emergencias de inmigración. Y, a menos que usted crea que la crisis del hemisferio occidental ya está superada, considere la expresión de la cara de Oscar Ortega.

El acaba de recibir un mensaje de Whatsapp que le puso los ojos redondos.

Ortega dirige el centro federal El Edén en San Pedro Sula, la segunda ciudad en tamaño de Honduras. A pesar de su nombre, para las personas que acaban allí, El Edén no es ni con mucho el paraíso que estaban tratando de alcanzar. En lugar de eso, están de regreso en el punto de partida. El Edén recibe a los inmigrantes enviados de vuelta en ómnibus a Honduras tras ser interceptados en México cuando trataban de llegar a Estados Unidos.

En esta mañana de verano, el smartphone de Ortega acaba de avisarle que se prepare a recibir tres ómnibus atestados de deportados. Más de 300 personas, la décima parte de las cuales son menores de edad que viajan por su cuenta.

“Nuestro trabajo es hacer sentir a esos chicos como si estuvieran en su casa”, afirma Ortega, indicando un mini campo de fútbol que el centro está construyendo. “No queremos que sientan que están en otro centro de detención”.

Mientras familias abrumadas y adolescentes solitarios salen en fila de los buses, los empleados de Ortega los llevan a que coman un guiso de res hondureño. Los jóvenes guardan sus pertenencias en grandes taquillas con tanta tranquilidad como si fueran estudiantes de secundaria camino a clase.

Pronto serán procesados, examinados por médicos y se les dará albergue por un máximo de tres días hasta que sus familiares los recojan.

Donantes extranjeros tales como la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional (USAID) y la Organización Internacional para las Migraciones están ayudando a ampliar los servicios en El Edén, desde duchas calientes hasta psicoterapia. Pero prácticamente todos los inmigrantes frustrados hondureños que acaban allí dicen los mismo:

“Voy a hacer otro intento”.

Ese es definitivamente el plan de un recién llegado de 17 años a El Edén llamado Keler. El iba camino a Miami cuando las autoridades del sur de México lo enviaron de vuelta. Pero casi toda su familia vive en EEUU, y él dice que si regresa a su pueblo, al norte de Tegucigalpa, la capital de Honduras, la violenta pandilla que reina sobre su vecindario lo reclutará a la fuerza o lo matará.

“Ellos ya mataron a tiros a dos primos míos”, dice Keler, mientras el calor hondureño lo obliga a quitarse su gorro de esquiar de los Jets de Nueva York. “A eso es a lo que voy a regresar”.

Eso sigue siendo un sombrío dilema para demasiados chicos en el triangulo norte de Centroamérica — Honduras, Guatemala y El Salvador — donde crueles pandillas de jóvenes tatuados conocidas como maras controlan territorios enteros, y las tasas de homicidio están entre las más altas del mundo. De hecho, hasta hace poco Honduras y San Pedro Sula eran el país y la ciudad con más asesinatos del mundo.

Si se combina eso con la terrible pobreza de la región — alrededor de dos tercios de los hondureños son desesperadamente pobres — , ayudará a explicar por qué Estados Unidos vio el año pasado una enorme ola de inmigrantes en su frontera sur. Eso incluye una cifra récord de 68,000 menores de edad no acompañados.

En ese momento, James Nealon acababa de ser confirmado como embajador de EEUU en Honduras.

“Me dijeron que fuera a Honduras e hiciera todo lo posible para ayudar a detener ese flujo”, dice Nealon. “Y puedo decir que un año más tarde, por lo menos en el caso de Honduras, hemos tenido un éxito considerable”.

Sí y no.

Lo cierto es que las aprehensiones de la frontera estadounidense han bajado en un tercio este año, de acuerdo con el Departamento de Seguridad Nacional. Y los esfuerzos conjuntos de Centroamérica y Estados Unidos para mejorar la situación económica y la seguridad en el triangulo norte están empezando a dar fruto.

Pero los inmigrantes continúan saliendo en torrentes de Honduras, en gran medida porque siguen padeciendo muchas de las mismas condiciones brutales de vida. Y una razón importante por la que los inmigrantes centroamericanos no están llegando a la frontera de EEUU es porque México está haciendo este año grandes esfuerzos para impedírselo.

En el centro El Edén, un padre llamado Menelio habla sobre esa realidad. Su esposa y sus cinco hijos — uno de ellos apenas un bebé — salieron en julio con destino a Texas. Un mes más tarde, las autoridades mexicanas los detuvieron en Saltillo, a sólo 180 millas de la frontera estadounidense.

“Seguro que vamos a volver a intentarlo”, afirma Menelio, quien no quiso dar su nombre completo. “Ya no nos queda nada que perder”.

Por ejemplo, explica Menelio, es casi imposible encontrar un empleo decente en su pueblo, en el noreste de Honduras. De modo que, para mejorar las oportunidades económicas de sus hijos, él quería que ellos asistieran a una escuela de inglés cercana.

Pero cada vez que Menelio juntaba dinero suficiente para la matrícula con su tiendecita de artículos diversos y trabajitos hechos aquí y allá, los mareros se lo arrebataban. Cuando finalmente se negó a pagar, él cuenta que le dijeron que debería irse a EEUU o acabaría en la morgue local.

La hija de 13 años de Menelio, Stefi, fue testigo de esa amenaza a mano armada, y trata de contarla en el inglés que apenas acaba de empezar a aprender.

“The person that want to kill my father, he say to go. To go”. (“La persona que quiere matar a mi madre le dijo que se fuera. Que se fuera”.)

Pero “to go” significa correr grandes riesgos. México prohíbe ahora a los inmigrantes montar en La Bestia, el monstruoso tren de carga que recibió tanta atención este año. No obstante, Marinelis, la esposa de Menelio, acusa a los policías mexicanos de “tratarnos como animales” en los centros de detención de inmigrantes de allí. Y el viaje de Centroamérica a Estados Unidos sigue siendo tan peligroso como de costumbre.

El personal médico del Edén está bien al tanto de eso. Entre los jóvenes inmigrantes, los médicos ven de todo, desde severas erupciones cutáneas y desnutrición hasta evidencia de violación. La doctora Mirna Hernández no vacila en decir directamente cuál es su mayor miedo por cada chico que sabe volverá a hacer ese viaje: “La muerte”.

Como resultado, asegura Hernández, “Les decimos”: ‘Sigan su vida aquí en Honduras’”.

Pero ella admite que la respuesta usual de ellos es: “No podemos”.

Es ahora el turno de funcionarios hondureños y estadounidenses de convencerlos que sí pueden.

COMING Monday

Migration Maze: Efforts inside the Northern Triangle

Second of a four-part series

Poverty and violence have long served as the impetus for those fleeing their homeland. But new efforts in Honduras aim to keep would-be immigrants, especially youth, home. This story outlines those efforts — including President Obama’s new billion-dollar proposal — and a new immigration reform philosophy that’s beginning to take root in Washington: Namely, that the best place to confront illegal immigration is at its source rather than at the U.S.-Mexico border.

Esta historia fue publicada originalmente el 3 de octubre de 2015, 9:35 p. m. with the headline "Deportados hondureños terminan en centro de reubicación El Eden, en San Pedro Sula."

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