América Latina

Si las guerrillas de Colombia firman un acuerdo de paz, ¿se silenciarán las armas?


Un guerrillero de las FARC hace guardia a la entrada de la localidad de Toribio, en Cauca, en el 2013.
Un guerrillero de las FARC hace guardia a la entrada de la localidad de Toribio, en Cauca, en el 2013. EFE

Hace varias semanas en las colinas de la localidad de Montelíbano, en el noroeste del país, una caravana de la policía fue emboscada. Cuando terminó la batalla, siete agentes habían muerto y otros siete estaban heridos, lo que convirtió el enfrentamiento en el ataque más letal contra las fuerzas armadas este año.

Sin embargo, lo que preocupa a las autoridades es quien reclamó ser el autor del ataque: un asalto conjunto a cargo de las guerrillas del frente 58 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y de sus enemigos jurados, los Urabeños, la pandilla criminal más grande del país, conocida también como los Úsuga.

Negociadores del gobierno y las FARC han pasado los dos últimos años en La Habana tratando de alcanzar un acuerdo de paz que le permita a la guerrilla fundada hace 50 años entregar las armas y reintegrarse a la sociedad. Las conversaciones tienen lugar sin un cese al fuego y los ataques son frecuentes.

Pero el ataque del 16 de septiembre no ha hecho más que aumentar los peores temores de los escépticos: ¿Qué ocurriría si las facciones dentro de las guerrillas no aceptan el llamado a la paz y en su lugar deciden utilizar su experiencia para hacer negocios por sí mismas?

Con un estimado de 8,000 combatientes experimentados, incluso un pequeño grupo bien armado y con décadas de fogueo, podría convertirse en una fuerza importante en el mundo criminal del hemisferio.

“Digamos que un porcentaje de las guerrillas no se desmovilice y un líder de respeto permanezca al frente”, dijo Jeremy McDermott, de la organización InSight Crime en America, una firma de investigaciones que ha estudiado detenidamente a las FARC. “De la noche a la mañana podrían convertirse en una fuerza a tener en cuenta”.

Las FARC se promueven a sí mismas como un ejército guerrillero marxista que representa a los pobres y está en contra de pandillas criminales, que todavía se consideran parte del ala derecha de grupos paramilitares contra los que lucharon hace menos de 10 años. Los paramilitares, bajo la bandera de Fuerzas de Autodefensa Unidas de Colombia, a menudo se confabulan con los militares para enfrentar a los rebeldes.

‘Como el agua y el aceite’

Poco después del ataque de septiembre, el comandante de las FARC Rodrigo “Ricardo Téllez” Granda, quien está en La Habana, negó cualquier participación de su organización en la emboscada.

Las pandillas y las FARC son “como el agua y el aceite; nunca nos podremos mezclar” le dijo Granda a un portal de internet de la guerrilla. “Desde mi punto de vista, es una campaña a cargo del Ministerio de Defensa para denigrar a nuestra organización revolucionaria y no sólo dañar a las FARC, sino también el proceso de paz aquí en La Habana”.

El Ministerio de Defensa argumenta que existen amplias pruebas de que facciones de las FARC están cooperando con las pandillas criminales que afirmar detestar.

“Hay informes de inteligencia, correos electrónicos, grabaciones de reuniones y declaraciones que han dado miembros desmovilizados de las FARC que confirman la alianza criminal entre los terroristas, las bandas criminales y los narcotraficantes”, le dijo el ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón al Miami Herald en un correo electrónico.

Al fusionar el nombre del grupo guerrillero y los sindicatos criminales, Pinzón dijo que las evidencias muestran que “nos enfrentamos a un fenómeno criminal que podría llamarse facing a Farcrim”.

No hay paz perfecta

Ningún proceso de paz es perfecto; la historia está llena de ejemplos de grupos rebeldes que han firmado acuerdos de paz y después sus miembros han seguido empuñando las armas.

El Ejército Real Republicano Irlandés (IRA) se formó después que el IRA provisional firmó un cese al fuego en 1997.

Bajo la ley colombiana del 2005 “Justicia y paz”, se esperaba que unos 30,000 combatientes paramilitares se desmovilizaran a cambio de sentencias reducidas. Sin embargo, muchos terminaron unièndose a las filas de más de dos docenas de nuevas pandillas criminales que aún atormentan al país.

La pandilla criminale Úsuga, que participó en la emboscada de septiembre, se cree está formada por ex paramilitares y miembros del Ejército Popular de Liberación (EPL), que se desmovilizó en 1991.

“En todas las negociaciones de paz en el mundo, posiblemente entre un 10 y un 15% del grupo no cumplan con el acuerdo”, dijo Fernando Hernández, que perteneció a una facción del grupo izquierdista Ejército de Liberación Nacional que se separó y firmó un acuerdo de paz en 1994. “Habrá miembros que no renunciarán a su estilo de vida, que se han acostumbrado a vivir del narcotráfico”.

Sin embargo, incluso una desmovilización parcial podría ser un enorme beneficio para el país. Para empezar, las fuerzas armadas y la policía tendrían un objetivo menor que perseguir. En segundo lugar, las guerrillas que continúen peleando perderían su fachada ideológica y política, dijo Hernández, que estudia el conflicto como director del grupo con sede en Bogotá Corporación Nuevo Arco Iris.

“Tendríamos que terminar las razones políticas de esta guerra”, explicó.

Mientras otros problemas sigan —como la injusticia y la pobreza— “podríamos empezar a construir un país en paz y posterior al conflicto”, dijo. “Y eso es algo completamente distinto”.

¿A propósito?

De cualquier modo, recientes sucesos dan motivos para sentir optimismo. Durante la última ronda de conversaciones de paz, las FARC incorporaron nuevos comandantes a su equipo de negociadores. En la actualidad, cuatro de los siete miembros del secretariado de las guerrillas y muchos de sus principales lugartenientes están en La Habana.

“Cuando las FARC llevan su alto mando y representantes de todos sus bloques a la mesa de conversaciones, nadie puede decir que están divididos en las negociaciones”, señaló Hernández. “Han tomado el proceso con mucha seriedad”.

Sin embargo, el dinero es una forma de socavar la disciplina en las filas. Los estimados sobre la economía de las FARC podrían variar, pero un estudio hecho en el 2013 por Salomón Kalmanovitz, ex presidente del banco central, estima que el grupo guerrillero controla la mitad de los campos de coca del país, lo que les da un ingreso anual de $3,200 millones. InSight estima que el grupo tiene gastos operativos de unos $200 millones al año y obtiene mucho más a través del narcotráfico, la extorsión y otras actividades delictivas.

Para muchos guerrilleros —sobre todo los soldados que integran las filas— podría resultar difícil alejarse de esa riqueza relativa para enfrentar a un futuro incierto en el mundo laboral del país.

Aún así, las FARC —el grupo insurgente más antiguo y grande América Latina— ha demostrado ser extraordinariamente disciplinado, dijo Rafael Guarín, ex ministro de Justicia que en la actualidad es viceministro de Defensa. Disentir en las filas a menudo es castigado con la muerte.

Si algunas facciones de la guerrilla permanecen en armas luego que el tratado de paz se firme, especuló Guarín, sería más bien a propósito que por división en las filas. Las guerrillas tienen razones históricas para estar alertas de cualquier reconciliación, dijo.

En los años 80, el gobierno de Belisario Betancur firmó un cese al fuego y las guerrillas entraron en la política tras formar el Partido Unión Patriótica (UP). El UP ganó más de 200 puestos locales de concejales y un sinfín de escaños congresionales y senatoriales en 1986. Sin embargo, en los años siguientes, más de 1,500 líderes del UP fueron asesinados, entre ellos el candidato presidencial Jaime Pardo en 1987. Las FARC volvieron a la clandestinidad y retomaron las armas.

El actual proceso de paz también contempla que las FARC tengan un papel político en la vida del país. Sin embargo, con lo ocurrido con el UP en el recuerdo, es posible que las guerrillas dejen “las facciones armadas en las montañas como una especie de retaguardia”, en caso que una vez más se encuentren acusados de asesinatos, observó Guarín. “Las guerrillas desconfían profundamente del estado colombiano”.

Pinzón dijo que nadie en el gobierno es lo suficientemente “ingenuo” para creer que todos los miembros de las FARC depondrán las armas como resultado de las charlas de paz.

“Lo que es indudable es que las fuerzas armadas tienen la obligación de confrontar criminales”, dijo, “independientemente del contexto que uno se encuentre”.

Esta historia fue publicada originalmente el 12 de noviembre de 2014, 8:03 p. m. with the headline "Si las guerrillas de Colombia firman un acuerdo de paz, ¿se silenciarán las armas?."

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