Los ‘encarnadores’ de Quito reconstruyen las cicatrices del rostro de sus clientes
Poco después de haber reconstruido los dedos de una estatua de San Francisco de finales del siglo XIX, Gonzalo Gallardo le prestó su atención a la nariz llena de cicatrices de un mecánico de 23 años.
Tras mezclar pigmentos y “aceites secretos” hasta que logró captar el tono de la piel del joven, Gallardo cubrió lentamente los brillantes verdugones rojos que sufrió en una pelea de Halloween donde recibió un botellazo en plena cara.
“Todas las mañanas tiene que frotar su propia saliva en las cicatrices”, aconseja Gallardo mientras usa un pincel muy fino para mezclar los colores. “Regresa y ven a verme en tres días”.
En las calles adoquinadas del centro de Quito, docenas de artesanos se ganan la vida restaurando íconos religiosos, dándoles colores frescos a querubines desteñidos, o arreglándo los brazos de un santo oscuro. Sin embargo, pocos seleccionan a algunos de estos restauradores, como Gallardo, quien también practica su arte en clientes de carne y hueso, haciendo que los golpeados y heridos estén listos para enfrentar tanto a sus jefes como a sus esposas.
Los que no los conocen , podrían confundir a estos artesanos con cosmetólogos, ya que trabajan con los clientes con brochas y maquillaje. Sin embargo, los expertos en este arte se enfurecen con la apurada descripción. Llaman a su trabajo encarnación, lo que básicamente quiere decir devolverle el antiguo frescor a la piel, y ven su trabajo un poco como de sanador y otro poco como el de un cirujano plástico barato.
“Esto no es maquillaje”, dijo Gallardo, al tiempo que señalaba hacia un recipiente de polvo carmesí que luego mezcla con pigmentos amarillo, blanco y marrón para obtener el tono ideal de la piel. “Se trata de una preparación especial”.
Lo que hay en la mezcla es un secreto celosamente guardado, del que Gallardo dice que no sólo cubre sino que también cura. A diferencia de encarneros más inescrupulosos, Gallardo no promete milagros.
“La piel nunca más estará perfecta”, le dice al mecánico, “pero las heridas pueden mejorarse entre un 70 y un 80%”.
Recientemente, William Sigcha, de 40 años, se detuvo en la pequeña tienda de Gallardo para que le diera un rápido retoque antes de ir a trabajar en el aeropuerto internacional. Tenía viejas marcas horizontales en las sienes y una cicatriz cerca del labio.
Sigcha dijo que era un cliente habitual y satisfecho: nadie en su empleo se ha percatado del maquillaje ni de las heridas.
Cuando se le preguntó por la causa de las marcas respondió escuetamente: “Mi esposa me arañó”.
En unos cinco minutos y por $1.50, las marcas desaparecieron y Sigcha siguió a trabajar.
Sigcha es un cliente típico, personas con heridas y golpes menores a quienes les hacen falta pocas sesiones de maquillaje. Pero hay otros casos más serios. Gallardo dijo que estuvo todo un año atendiendo a una mujer que quedó desfigurada en un accidente automovilístico.
Henry Pastaz, el mecánico con las cicatrices en la nariz y las mejillas, dijo que ya visitó un cirujano plástico, pero no quedó satisfecho con los resultados.
Sus colegas le recomendaron a Gallardo.
“Quiero sanar bien”, dijo. “Eso es todo lo que espero”.
Después de regañar al joven por esperar tanto tiempo para visitarlo, Gallardo dijo que tendría que verlo varias veces por semana, posiblemente hasta mediados del año próximo, para poder lograr una mejoría perceptible.
Aunque varios de los restauradores de arte de Quito practican la encarnación, Gallardo afirma que el proceso lo inventó su suegro Alfredo Carrión hace 50 años. Las técnicas pasaron con el tiempo a la hija de Carrión y Gallardo aprendió el secreto familiar sólo cuando se casó con ella.
“Otras personas tratan de hacer lo mismo, pero a veces lo que hacen es empeorar las cosas”, dijo. “Los pigmentos que usan pueden quemar la piel”.
Esta es la temporada de más trabajo para los encarneros de la capital ecuatoriana. Los locales a menudo les llevan sus santos y escenas de la natividad para que se las retoquen para las fiestas navideñas, además de que las escandalosas fiestas de fines de año suelen terminar con estruendosas peleas que causan gran cantidad de heridas y moretones.
Recientemente, una mañana en un lapso de 20 minutos, Gallardo tuvo tres clientes.
Gallardo dice que pertenece a la cuarta generación de restaurador de arte y a una segunda de sanador y que los dos oficios son interdependientes. Gracias a décadas de trabajo con íconos y estatuas ha podido alcanzar la destreza de mejorar la imagen de las personas.
“Lo que yo hago es ayudar a la comunidad”, dijo de su trabajo de encarnación. “¿Cuánto piensa que alguien con un título cobraría por hacer un trabajo así? De seguro no van a cobrar $1.50”.
Esta historia fue publicada originalmente el 28 de noviembre de 2014, 4:18 p. m. with the headline "Los ‘encarnadores’ de Quito reconstruyen las cicatrices del rostro de sus clientes."