Las Olimpiadas aterrorizan a gente de la favela
En una reciente visita al sitio futuro del Parque Olímpico, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, prometió que los Juegos Olímpicos del 2016 en Rio de Janeiro serían “los Juegos Olímpicos de todos los Juegos Olímpicos”, secundando un refrán que utilizó durante la caótica Copa Mundial.
La presidenta dijo que los Juegos Olímpicos se podrían beneficiar de la experiencia de Brasil al organizar el torneo de fútbol del 12 de junio al 13 de julio del presente año, algo que motivó los elogios de cientos de miles de turistas extranjeros.
Sin embargo, esa llamada “experiencia” aterroriza a algunos brasileños, sobre todo los que viven en las favelas de Rio, las comunidades culturalmente ricas, pero materialmente pobres que se levantan en las laderas y lomas que rodean la ciudad.
Después de problemas de última hora para organizar la Copa Mundial, el evento tuvo lugar con más calma que lo que se anticipó, pero no para los residentes de las favelas.
Para los que viven en el camino de proyectos de infraestructura planeados, hasta ahora el legado de los eventos deportivos de gran envergadura lo que ha hecho es obligarlos al desalojo.
Favela do Metro, que se halla a apenas 300 yardas del estadio Maracana, es emblemático de lo que está sucediendo por toda la ciudad y refleja el costo humano, a veces pasado por alto, de ser anfitrión de grandes encuentros deportivos.
El lunes, el Comité Olímpico Internacional, reunido en Mónaco, votó a favor de aprobar un programa de 40 puntos para reformar el proceso de licitaciones. Los desalojos obligados no forman parte del programa.
En Favela do Metro, las ratas campean por su respeto. Montañas de basura y de muebles viejos se apilan, encima de bastidores de camas y alimentos podridos. Escombros de paredes y pisos violentamente arrancados de las casas que quedan en pie.
Los funcionarios brasileños comenzaron a desalojar a la fuerza a los residentes y a la vez demoler esta vieja favela antes de la Copa Mundial, presuntamente como parte del ambicioso remozamiento de la infraestructura exigido para el torneo de fútbol y los Juegos Olímpicos, planeados pare iniciarse en agosto del 2016.
De repente, a mitad del camino, la demolición se detuvo y la comunidad se quedó abandonada a su suerte.
En la actualidad, cables oxidados de metal salen de pilas de escombros y desechos de seis pies de alto. Cojines de sofá, neumáticos y ropas viejas adornan el paisaje. Parece que el barrio ha sido bombardeado.
Fabio Arsenio Vidal, de 19 años, carga a su hija de 16 meses a unos pocos pies del lugar donde un vecino mató una enorme rata el día antes.
En tres casas adyacentes, ropa lavada cuelga de una, otra tiene un segundo piso destruido, pero todavía viven personas en la planta baja en tanto una tercera vivienda ha quedado totalmente arrasada. Las casas destruidas y semidemolidas se han convertido en un símbolo de la manera aleatoria que los funcionarios de la ciudad han tratado a esta comunidad.
Un grito desesperado de ayuda está escrito en una pared: “Nois nao somos bicho pra ser despejados em desse forma” (“No somos animales para ser tratados de esta forma”).
Hasta en las elecciones de octubre de Brasil, las más reñidas en muchos años, y una contienda en que la presidenta Rousseff y la retadora Aecio Neves trataron de vencer una a la otra en su compromiso con el pobre, el grito de socorro de Favela do Metro no formó parte de la agenda de ambas políticas.
Ningún candidato político de importancia, tanto nacional como local, ha visitado la favela, aunque no es difícil llegar, ya que comparte una estación de Metro con Maracana.
Cerca, Thais Nascimento Silva, de 26 años, expresa frustración por la vida que tiene. Lleva viviendo aquí desde que tenía 12 años pero, según dijo, jamás ha recibido una propuesta para relocalizarla.
“Nos sentimos completamente abandonados”, dice la joven. “Quieren eliminar a la parte pobre y fea de la ciudad”.
Favela do Metro no es la única comunidad que experimenta el impacto negativo de celebrar importantes eventos deportivos.
Hace poco, los residentes de Vila Uniao protestaron porque sus casas fueron desalojadas para construir el sistema de autobús rápido BRT-TransOlimpico.
De igual modo, la comunidad de Vila Autodromo, que se encuentra en los límites de donde se planea edificar el Parque Olímpico, protestó por desalojos forzados.
Lo que ha sucedido en Favela do Metro se destaca por lo terrible y dura de la situación.
“El caso Metro es con mucho el desalojo más brutal que hemos visto en Rio de Janeiro tras la llegada de la democracia”, dijo Theresa Williamson, fundadora de la organización Catalytic Communities, con sede en Rio.
El caso también marca el regreso a la estrategia de desalojos forzados tras un período en el cual el gobierno batalló para conservar las favelas. En los 20 años que siguieron la ratificación en 1988 de la constitución de Brasil, hubo muy pocos desalojos.
Muchos de los que viven en la favela buscan realmente una nueva vida. Algunos los critican por ser ocupantes ilegales, pero para Bianca da Silva, de 32 años, y su esposo Joao Alves de Souza, de 27 años, vivir aquí significa una mejoría a dónde vivían antes: en la calle.
Los funcionarios municipales de Rio de Janeiro ofrecen una visión diferente de lo que pasa en Favela do Metro.
En un correo electrónico, una funcionaria negó rotundamente que hubiera demoliciones en las favelas. La funcionaria dijo que se trataba de “reasentamientos”, y agregó que los residentes estuvieron de acuerdo y recibieron muchos avisos donde se les notificaba sobre la situación. Muchos se mudaron a viviendas públicas bajo el programa Minha Casa (Mi casa), un proyecto clave del gobierno de Rousseff. Otros recibieron una compensación.
Sin embargo, los residentes de aquí y otros testigos impugnan y dicen que son falsas esas afirmaciones.
Los desalojos, que empezaron en el 2010, y continuaron durante este año, fueron violentos y en ellos participó la policía, dijeron. “La mayoría de las familias no sabían nada hasta que llgó el día, y fueron obligadas a montar a un autobús”, dijo Williamson, que ha seguido de cerca todo el proceso.
La justificación inicial que se dio fue que se iría a construir un estacionamiento para el estadio Maracana antes de la Copa Mundial. Pero ello no ocurrió nunca.
Algunas familias que se negaron a ser desalojadas fueron mudadas a un edificio de viviendas públicas cercano. Algunas dicen que prefieren sus nuevas casas.
“No hay comparación con dónde vivo ahora”, dijo Francisco Lima Santos, de 42 años, que vivió en Favela do Metro hasta el 2012 cuando se mudó para el edificio Mangueira.
Qué hacer con las favelas de Brasil es un problema que lleva años debatiéndose. La más tristemente célebre favela de Rio de Janeiro, Cidade de Deus (Ciudad de Dios), que ganó fama por la película del 2002 del mismo nombre, se concibió originalmente como un edificio de viviendas públicas en los años 60.
En aquel entonces, Carlos Lacerda, que era gobernador de lo que se llamaba Guanabara, que comprendía a Rio, trató de acabar con las favelas de la ciudad.
En el 2011, Amnistía Internacional envió una carta al Comité Olímpico Internacional donde criticaba los desalojos forzados.
La organización dio a conocer otra declaración crítica el año pasado. En la misiva, señala que se ha podido comprobar un sinfín de violaciones, entre ellas “una falta de acceso a la información, falta de diálogo con las comunidades, insuficientes avisos, relocalización en áreas lejanas compensación inadecuada, y un financiamiento muy bajo, incluso personas que no recibieron”.
Desde entonces, poco ha cambiado. En junio, con la Copa Mundial en pleno apogeo, la respetada organización brasileña NGO Conectas presentó el asunto ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas.
El gobierno de Brasil dio a conocer un informe en julio, la primera vez que reconocía la existencia del problema. En el reporte se mencionó a los afectados, pero sin que se hablara de compensación.
Muchos dijeron que el informe no fue suficiente, entre otras personalidades Raquel Rolnik, relatora especial del Consejo de Derechos Humanos.
Rolnik escribió en su blog que era algo positivo que por fin el gobierno reconociera que había un serio problema, pero añadió que la respuesta fue tardía, incompleta, y no reportó con efectividad el número de brasileños que fueron sacados a la fuerza de sus hogares.
Entretanto, las condiciones de vida cada vez son peores en Favela de Metro. Barbara Cabral Souza, de 38 años, dijo que los funcionarios de la ciudad todavía no han ofrecido una salida para el problema.
Las tiendas y los empleos que había en la favela han desaparecido; no hay ninguna presencia policial y los narcotraficantes se han convertido en sus vecinos.
“Somos prisioneros dentro nuestra propia ciudad”, dijo Cabral Souza.
Esta historia fue publicada originalmente el 8 de diciembre de 2014, 9:31 p. m. with the headline "Las Olimpiadas aterrorizan a gente de la favela."