América Latina

Albergues en México, una mano tendida en la ruta de los inmigrantes

Marilyn Barahona, 26, que viaja desde Tegucigalpa con su esposo y dos hijos, le prueba algunas ropas de donación a uno de los niños.
Marilyn Barahona, 26, que viaja desde Tegucigalpa con su esposo y dos hijos, le prueba algunas ropas de donación a uno de los niños. Miami Herald

En un albergue de este pequeño municipio del estado sureño de Oaxaca en México, el psicólogo Miguel Gil Reyes reúne a un grupo de recién llegados para darles información sobre los servicios disponibles para ellos en diversos puntos de la nación.

“Estoy a cargo de escuchar a la gente”, dice él al grupo de unos 25 hombres y un puñado de mujeres. “¿Saben para qué son buenos los psicólogos?”

“Para los locos”, grita uno de los recién llegados, causando una explosión de risa inesperada.

“No, no es para los locos”, dice Reyes, riéndose. “De hecho, según mi experiencia, los que dicen cosas así son los que más lo necesitan”.

“Aquí tenemos todo tipo de situaciones”, dice en un tono más serio. “Algunos vienen tratando de evitar la violencia de sus países. Otros tienen deudas inmensas. Otros huyen para tratar de ayudar a sus hijos; dejan sus trabajos, su esposa y su familia atrás. Eso es duro. Ustedes llegan aquí y no saben cuándo van a llegar a su destino, por dónde van a cruzar, si tienen algún tipo de apoyo.

“Albergues como este están en ese mapa grande que cuelga allí”, dice señalando un mapa de México en el que aparecen señalados unos 50 albergues esparcidos por toda la nación y a lo largo de la frontera con Estados Unidos. “Parecen casitas para que ustedes puedan localizarlos con facilidad”.

Conocidos colectivamente como casas para migrantes, los albergues son lugares donde aquellos en tránsito a Estados Unidos pueden encontrar ayuda en forma de comida, camas, duchas o incluso atención médica. Las personas que ofrecen esos servicios, como Reyes, no hacen ganancias a expensas de los inmigrantes sino que tienen la misión de ayudar.

Como el Ferrocarril Subterráneo de otra era, la ruta que atraviesa Centroamérica hacia EEUU está pavimentada de buenos samaritanos con lazos a organizaciones caritativas, religiosas o no gubernamentales que ayudan a aquellos que han huido de su patria y arriesgado su salud o su vida en busca de una oportunidad para un nuevo comienzo en Estados Unidos.

“Estoy contento de poder ayudarlos aunque sea con sus necesidades más básicas”, dijo Irineo Mujica Arzate, de 45 años, quien se encuentra a menudo en cuclillas curando delicadamente las ampollas de los pies de inmigrantes, cuyas plantas se llenan de llagas a causa de los muchos días de caminar. “Lo que hacemos es brindar ayuda humanitaria. Los inmigrantes también tienen derechos: derechos humanos”.

Mujica Arzate, quien aprendió a curar las heridas de los pies trabajando con Médicos Sin Fronteras (Doctors Without Borders), es uno de los fundadores del Centro de Ayuda Humanitaria en Chahuites, un pueblo conocido por su producción de mangos que está cerca de la frontera de Guatemala.

“La ruta de los inmigrantes es dura, y Chahuites puede ser muy violento”, dijo. “Cuando alguien está adolorido, uno hace lo que puede. La necesidad es lo que los trajo aquí”.

México ha servido por mucho tiempo de vía migratoria a Estados Unidos. Pero un crecimiento masivo en el número de cruces ilegales a lo largo de la frontera de EEUU y México –incluyendo una cifra récord de 68,000 menores no acompañados– fue vista como una crisis el año pasado.

Aunque el número de inmigrantes indocumentados que está cruzando la frontera ha disminuido significativamente, el flujo general de personas de toda América Central y ahora de Cuba continúa, y el potencial de otra crisis no deja de cernirse en el horizonte.

Una razón importante por la que inmigrantes centroamericanos no están llegando a la frontera de EEUU es que México acordó contenerlos aumentando el número de agentes de inmigración que patrullan los ferrocarriles y prohíben a los inmigrantes amontonarse en el techo del tren de carga conocido como La Bestia para hacer el viaje.

El llamado Plan Frontera Sur se implementó durante el verano y está respaldado por millones de dólares en fondos estadounidenses. Cientos están haciendo ahora el viaje a pie, lo cual abre las puertas a toda una nueva variedad de problemas, incluyendo un aumento de robos, golpizas, violaciones y hasta muertes a lo largo de la ruta. Un viaje que hubiera tomado días en tren puede tomar ahora más de un mes.

Activistas afirman que antes de que el Plan Frontera Sur entrara en vigor, alrededor del 40 por ciento de los inmigrantes que pasaban por los albergues reportaban asaltos y robos. Ahora casi todos han sido víctimas de crímenes o han sido testigos de los mismos. La violencia no solamente proviene de forajidos, sino además de las autoridades que extorsionan a los inmigrantes. Ellos usan tásers, exigen sobornos y propinan palizas a quienes rehúsan pagar.

“Ahora ver un uniforme, para estos inmigrantes, significa que tienen que correr”, dijo Reyes, el psicólogo. “Ahora son dos veces más vulnerables”.

Los asaltos sexuales contra las mujeres y algunos hombres se han hecho tan extendidos que, según activistas, un terreno junto a la ruta migratoria en Chahuites se ha hecho notorio como “sitio de trofeos” donde los agresores cuelgan la ropa interior de las víctimas de violaciones.

En lugar de moverse a través de México, muchos inmigrantes se quedan ahora durante días, semanas o meses en espera de visas humanitarias que les permiten seguir viajando hacia la frontera EEUU-México. Las visas pueden demorarse hasta seis meses, lo cual crea una nueva dinámica en algunos albergues.

El albergue Hermanos en el Camino en Ixtepec, por ejemplo, está diseñado para 50 personas. Pero hay alrededor de 200 hacinadas allí, lo cual le da el aire de una cárcel. Algunos duermen en colchones pelados o hamacas que cuelgan a cielo abierto. Tiendas de campaña se separan para padres como Marbin Oviedo, de 25 años, que viaja solo con sus hijos.

“La verdad es que yo quiero cruzar”, dijo Oviedo, visiblemente deprimido, mientras alimentaba a sus dos hijos, Justin, de 4 años, y Katarin, de 2.

“La madre de ellos nos abandonó. Ella se metió en las drogas y me dejó los niños. Yo no podía permitirme cuidar de ellos en Honduras. Allí no hay empleo. Ya no sé qué hacer”.

Una monja que trabaja de voluntaria en el albergue, que tiene 4 años de creado, dijo que cada día que pasa trae algo nuevo: “Hay cosas que pasan en las habitaciones que no deberían estar pasando. Tenemos que estar en constante vigilancia”.

Pero lo más importante es mantener la disposición de ayudar, dijo.

“Saber que son personas que vienen agotadas, rendidas, resentidas, heridas… este albergue es encontrar así como el Samaritano quien le de un aceite, un aceite de compasión, de misericordia, de atención al hermano vulnerable, herido en el camino, maltratado, violentado en sus derechos”, dijo la monja, quien no quiso ser identificada. “Como hermanas y equipos de voluntarias, ese es el sentido, de servir y ayudar al estilo de Jesús”.

Para aquellos que atraviesan México, los albergues se han convertido en un salvavidas.

“Sin los albergues la verdad no sé cómo sobreviviríamos nosotros los inmigrantes, porque la gente aquí en México lo mira de menos a uno. O sea, nos desprecian simplemente por ser inmigrantes”, dijo Marilyn Barahona, de 26 años, quien salió de Tegucigalpa a mediados de octubre con su esposo y sus dos niños, Leonardo, de 8 años, y Douglas, de 3.

La familia se quedó en otros dos albergues por el camino antes de llegar a Ixtepec, donde estaban esperando por visas humanitarias.

“Casi nos matan”, dijo Barahona. “Dijeron que eran mareros y que más adelante nos iban a matar sino les dábamos $100 por cada uno, cosa que no teníamos. Tenían una pistola y un machete. Gracias a Dios, llegaron otros muchachos a auxiliarnos.

“Cuando entré [al albergue] la impresión de ver un montón de gente, uno se queda así como asustado”, dijo ella. “Pero uno se acopla... no le falta la comida a uno, su techo. La verdad que, qué bueno que existen aquí los albergues. Si no, los inmigrantes, no se como hiciéramos”.

Barahona sabe muy bien que entrar a Estados Unidos no va a ser fácil, especialmente debido a que se ha hecho un tema muy candente en medio de la campaña presidencial. Pero ella no se arrepiente de haber huido de su país.

“No me arrepiento porque, si me hubiese quedado, me hubiesen matado. Y por lo menos aquí tengo vida. Y estoy luchando. Yo lo que espero es que Dios me abra las puertas. No se cómo, pero para Dios no hay imposible”, dijo Barahona, quien tiene la esperanza de reunirse con su madre en Texas. “Y llegar a los Estados Unidos y hacer un futuro con mis hijos, que mis hijos crezcan, sean alguien en la vida. Porque en Honduras no tienen futuro. Honduras es un país muy peligroso que está gobernado por las maras. Y lamentablemente el presidente que tenemos no sirve”.

Su mensaje para el próximo presidente de Estados Unidos: “Que se toque el corazón, porque realmente Estados Unidos casimente sólo son latinos. Ellos no van a hacer lo que nosotros hacemos, lavar baños, lavar platos. Nosotros les servimos. Que se pongan la mano en el corazón. Que miren todo el sufrimiento que nosotros pasamos. Esto es algo horrible. Cuando su hijo tiene que tomar agua del charco porque mis hijos tomaron eso. Cuando tus hijos lloran, les cae aquel montón de agua, de sol. Ellos [los que están en contra de la inmigración] no miran eso. Pero tienen que ponerse la mano en el corazón. Nosotros realmente no salimos del país porque queremos sino por la delincuencia. Mi país está… bueno, esas son mis palabras”.

Para aquellos que se adentran más en el interior de México, el viaje no se hace más fácil.

En un albergue en Huehuetoca, a mitad de camino en la ruta de los inmigrantes, las trabajadoras sociales de Médicos Sin Fronteras, Anabel Córdova y Esmeralda Cisneros tratan de dar ánimo a un grupo de 14 hombres jóvenes para que tomen las cosas con calma, hablen si se sienten tristes, ansiosos o asustados, y que aprovechen los servicios médicos y dentales disponibles.

“No hay mejor medicina que el reposo”, dice Cisneros.

Ellas advierten además sobre los peligros de viajar a pie y en tren, y les muestran el mapa de la ruta migratoria, dejando claro que la próxima parada de trenes está a unas cuatro horas de camino. Aun cuando las autoridades están tomando medidas contra los viajes en tren, muchos saltan a bordo de los mismos de todos modos para tratar de llegar más pronto a la frontera de EEUU.

Los trabajadores sociales comparten información sobre otros albergues por el camino que ofrecen comida, camas y atención médica, y les informan sobre el costo de los ómnibus y la importancia de mantenerse hidratados.

Un joven quiere saber cuán duros son los agentes de inmigración en diferentes puntos.

“No podemos decir dónde están los peligros”, dice Cisneros. “Pueden estar dondequiera, en cualquier momento. Por eso tienen que tomar precauciones.

“Duerman lo más que puedan”, dice Córdova. “Tienen que tener mucha paciencia. El viaje es largo”.

En el pequeño municipio de Bojay en el estado mexicano de Hidalgo, hay una casa de estuco blanco a pocos pasos de la vía férrea.

La casa, que abrió hace tres años, siempre estaba llena de inmigrantes que bajaban del tren para recibir una comida caliente y darse una ducha antes de seguir viaje al norte, hacia EEUU. Los trenes ya no están repletos de inmigrantes, pero ellos siguen pasando por El Samaritano — hasta 1,200 al mes, dijo la hermana Rosa Bogado, quien ayuda a llevar el albergue.

“Nos han criticado. Dicen, ‘¿Por qué mantienen a los vagos, a los bandidos, a los que no tienen nada que hacer habiendo tantas necesidades en México, tantos niños abandonados?’”, dijo la hermana Rosa Bogado. “Yo les digo: mientras nosotros nos ocupamos de los migrantes, tú te ocupas de los niños. Yo creo que es parte de todo ser humano ser solidario. O sea, eso lo tenemos en la sangre. Desde el primer momento que llegamos al mundo, ya nos ayudaron. Alguien ya nos tendió la mano en el primer momento en que nacimos. Desde allí ya tenemos el deber de querer ayudar y acoger al otro”.

Esta historia fue publicada originalmente el 28 de noviembre de 2015, 9:38 p. m. with the headline "Albergues en México, una mano tendida en la ruta de los inmigrantes."

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