América Latina

El Viernes Santo en Latinoamérica

Aspecto del viacrucis, como parte de la celebración de Semana Santa en San Martín de Hidalgo, estado de Jalisco, en México.
Aspecto del viacrucis, como parte de la celebración de Semana Santa en San Martín de Hidalgo, estado de Jalisco, en México. EFE

Las conmemoraciones de la Semana Santa en Latinoamérica suelen ser sobrecogedoras y genuinamente seguidas por millones de fieles.

La solemnidad, el recogimiento y la expresión pública del dolor y meditación por la pasión de Cristo se han convertido, luego de repetirse por siglos, en una tradición tan fuertemente arraigada por todo el continente que se es una parte indisoluble de su representación.

Desde Argentina a México, en toda Centroamérica, en las grandes metrópolis y más aún los pequeños pueblitos, los latinoamericanos se entregan a los ritos de la fe, que por estas tierras se hacen más expresivos y hasta más gráficos que en otras partes del mundo.

En estas tradiciones públicas prácticamente no hay excepciones en los países iberoamericanos. Quizás si en Cuba, donde el ateísmo militante fue la política oficial de estado por muchas décadas y la enseñanza religiosa ha sido prohibida por casi 60 años, la conmemoración de la Semana Santa –y del Viernes Santo– queda confinada al interior de las iglesias con, si acaso, una breve salida a la calle en corta procesión.

El Vía Crucis de Atlixco, en el estado mexicano de Puebla, reúne desde hace más de un siglo en Semana Santa a un grupo de penitentes capaces de traspasar el umbral del dolor por su devoción, al salir en procesión encapuchados y descalzos, con grilletes y coronas de espinas.

Atlixco, un municipio situado a 30 minutos de Puebla capital y que fue nombrado recientemente Pueblo Mágico, acogió hoy la llamada procesión de los Engrillados, que se celebra cada Viernes Santo en medio de gran expectación.

Las principales calles de este municipio situado a unos 150 kilómetros por carretera de la capital mexicana, se cubren con alfombras decorativas elaboradas con serrín de colores en un recorrido de cinco kilómetros que comienza en el Exconvento de San Francisco.

Con un paso lento y quejumbroso, cientos de hombres semidesnudos y encadenados caminan en busca del perdón divino a través del dolor.

“Es la fe, la devoción que tenemos para salir y para que este año nos vaya bien a nosotros y a la familia, una obra de agradecimiento”, describe un engrillado a Efe los motivos que le llevan a salir cada año en la procesión.

Bajo el anonimato el devoto confiesa que lleva un lustro participando y que lo hace con orgullo por todos los favores que el Señor le ha dado.

En otros casos se agradece la cura de algún familiar que padecía una grave enfermedad.

“Mi papá tuvo una operación y el doctor dijo que, una de dos, o se iba o se quedaba, y vine a prometer que iba a salir tres años de engrillado”, comenta otro participante que también prefiere reservar su identidad.

Señala que la preparación es fundamental para poder afrontar esta penitencia.

Físicamente salen a correr y hacen pesas los meses previos a la procesión.

Espiritualmente reciben preparación a través de encuentros, pláticas y lecturas de la Sagrada Escritura.

Sin embargo, no todos aguantan este sacrificio. “He visto a compañeros que se desmayan, les tienen que quitar las cadenas porque no aguantan, voluntarios de la Cruz Roja se los tienen que llevar”, relata otro engrillado.

“La preparación es más que nada espiritual; se necesita tener mucha fe, es algo que no se puede describir; es dolor, cansancio, pero no se compara lo que sufrimos nosotros a lo que sufrió Jesús”, señala el joven.

Arrastran pesadas cadenas, que a veces superan los 100 kilos, con la cara tapada y una corona de espinas.

En el pecho, los brazos, las piernas y en la espalda se clavan más espinas que una semana antes van a buscar descalzos a un cerro cercano, señala administradora del Exconvento de San Francisco, Judith Sánchez del Razo.

En sus manos cargan una bandeja con limones, lo único que toman durante todo el recorrido para evitar la deshidratación.

Caminan bajo la atenta mirada de fieles y miles de visitantes de diferentes partes de México.

A su lado, dos personas caminan para auxiliarlos en caso de emergencia y como apoyo para acomodarse las cadenas e hidratarse.

“Es emocionante ver esto, en ellos se reflejan los pecados que uno comete” declara la atlixquense Rosa María, que cada año acude a ver la procesión.

El arrastre de las cadenas y los rezos de los engrillados son los únicos sonidos que se escuchan durante todo el recorrido.

“La fe es lo que los mueve a ellos a salir”, indica a Efe Alicia Garcés, representante de los engrillados de Atlixco.

“Hay personas que llevan más de cincuenta años saliendo y dicen que van a salir hasta que Dios se lo permita”, añade.

La mayoría son originarios de ese municipio poblano, aunque cada año llegan más participantes de diferentes partes del país como Matamoros, Tlaxcala o Guadalajara, e incluso desde Estados Unidos, en este último caso para cumplir con su penitencia tras vivir el sueño americano.

La tradición, según el padre Fernando, sacerdote de la Arquidiócesis de Puebla y párroco de Atlixco, está marcada en las sagradas escrituras.

“En la Biblia se relata que cuando el pueblo había pecado había personas que hacían prácticas penitenciarias; durante algunos días ofrecían estas prácticas para que perdonaran al pueblo, estas tradiciones se han extendido en el pueblo hispanoamericano”, narra.

Esta historia fue publicada originalmente el 25 de marzo de 2016, 6:08 p. m. with the headline "El Viernes Santo en Latinoamérica."

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