Los Juegos Olímpicos: ¿Está lista Río de Janeiro?
Ninguna ciudad sede de los Juegos Olímpicos ha enfrentado las críticas que Río, que celebró con orgullo el ser la primera sede sudamericana de los Juegos y el impulso de Brasil como potencia mundial emergente con una eufórica fiesta bailable en la playa de Copacabana, hace siete tumultuosos años.
Pero lo principal que ha salido a relucir desde entonces es la decepción. Río se prepara frenéticamente para la ceremonia de inauguración de los Juegos el 5 de agosto, abrumada por una recesión, un escándalo de corrupción que provocó la salida de la presidenta Dilma Rousseff, sometida ahora a juicio político, y en el que han caído legisladores y ejecutivos empresariales de alto nivel. Además, ha aumentado la delincuencia, la amenaza del terrorismo, el virus del zika y aguas contaminadas que ponen en peligro a los atletas de los deportes acuáticos.
Las noticias que salen de Río parecen una comedia negra: varias extremidades de humanos llegaron a la playa donde se realizarán las competiciones de voleibol de playa, algunos atletas no han podido mudarse a la Villa Olímpica, debido a inodoros tapados y cables pelados, los policías (que no han recibido su sueldo), reciben a los visitantes en el aeropuerto con un letrero que dice “Bienvenido al Infierno”. Durante las prácticas de revelo de la antorcha olímpica, mataron a un jaguar que se le escapó a su domador, y una persona trató de apagar la llama olímpica con un extinguidor.
Por otra parte, el escándalo de los atletas rusos también significa que los Juegos de Río no estarán al nivel que se esperaba.
Los confiados cariocas que escucharon los mismos pronósticos de desastre antes del Mundial de Fútbol del 2014, repiten el lema de que nadie puede organizar una fiesta mejor que Río de Janeiro, pero se quejan en voz baja que lo que debía ser un evento glorioso, dejará a Río con un gran dolor de cabeza.
“Después de haber fracasado, los Juegos de Río quizás ahora triunfen”, dijo Paulo Sotero, director del Instituto Brasil del Wilson Center en Washington DC. “Se pronosticó que los Juegos Olímpicos de Atenas, Pekín y Sochi, y los mundiales de fútbol en Sudáfrica serían una pesadilla, pero el único desastre fue el equipo de fútbol. En todos estos eventos observamos un patrón de recuperación. Río pudiera ser la excepción, pero las expectativas son tan bajas que no será difícil superarlas”.
El gobernador del estado de Río declaró “calamidad pública” para que el gobierno federal le entrega $890 millones en fondos de emergencia para completar proyectos olímpicos y pagar a empleados de hospitales, bomberos, policías y profesores universitarios. El alcalde de Río ha calificado los Juegos Olímpicos de “una oportunidad perdida”.
Cuando Rio ganó la candidatura para los Juegos en el 2009, durante una época de bonanza financiera, en Brasil existía la sensación que el país estaba siguiendo el mismo rumbo del presidente populista Luiz Inácio Lula da Silva, un hombre carismático que pasó de ser limpiabotas de niño y trabajador de una acería, hasta convertirse en líder de una nación de 200 millones de habitantes, lista para cruzar el umbral y ser reconocida como una potencia económica y política, en vez de que la identificaran sólamente por el fútbol, el baile y los trajes de baño minúsculos.
Pero al igual que una gimnasta que pierde el agarre en las barras asimétricas, Brasil se ha elevado a las alturas y se ha estrellado duro.
Ni Lula, encausado por obstruir una pesquisa por corrupción al gigante petrolero estatal Petrobras, ni su sucesora, Dilma Rousseff, asistirán a la ceremonia de inauguración.
“Aspirar a la Copa Mundial y los Juegos Olímpicos fue un ejemplo de arrogancia y exageración”, dijo Juliana Barbassa, nacida en Río y autora del libro Dancing With the Devil in the City of God: Rio de Janeiro on the Brink (Bailando con el diablo en la Ciudad de Dios: Río de Janeiro al Borde del Abismo). “Apostaron en grande y el pueblo tendrá que pagar las cuentas. Brasil estaba listo para una transformación, pero entonces entró de repente en una tormenta perfecta de promesas ridículas, mala administración, colapso económico y la venalidad de la clase dirigente, que se embolsilló fondos públicos”.
El concepto brasileño de la improvisación y la creatividad, el jeitinho, no funciona cuando se trata de terminar la línea del metro que lleva un año de retraso o limpiar de desperdicios la Bahía de Guanabara con embarcaciones poco adecuadas, o arreglar la Villa Olímpica, construida por una compañía, cuyo director ejecutivo está preso.
“No se pueden finalizar con cinta adhesiva 19 edificios sin terminar”, dijo Barbassa, quien se pregunta qué sucederá con las instalaciones de la Villa una vez que estén ocupadas por 10,000 atletas.
En las calles de Ipanema y Copacabana, donde los emprendedores callejeros venden matamoscas y banderas brasileñas, los vecinos bromean que ya no conocen los nombres que integran la selección nacional de fútbol, que fue humillada 7-1 por Alemania en las semifinales de la Copa del 2014, pero sí conocen los nombres de los magistrados de la Corte Suprema que han sentenciado a los que robaron dinero a Petrobras.
Muchos dicen que con un desempleo del 10 por ciento y una inflación del 9%, no planean comprar boletos para los eventos olímpicos. No han perdido ni su calidez ni su humor, pero parecen sentirse incómodos con la carga de los Juegos Olímpicos.
Los Juegos costarán $4,600 millones, equivalente al 51 por ciento por ciento más que el presupuesto de una ciudad donde el 20 por ciento de los habitantes vive en favelas, los barrios marginales que cuelgan de las colinas. La otrora promisoria iniciativa de la Unidad de Pacificación de la Policía (UPP) se desmorona ante la falta de fondos, y la violencia de las pandillas se ha intensificado notablemente.
“Imagine que Río hubiera invertido toda esta voluntad política en programas para ayudar a la población”, dijo Barbassa.
Sin embargo, hay optimismo de que la buena onda de los cariocas elevará los Juegos y que el equipo de casa aumente su cantidad de medallas a entre 25 y 30.
“Los Juegos Olímpicos coinciden con señales de una recuperación económica en el 2017”, dijo Armando Castelar Pinheiro, economista del Instituto Brasileño de Economía, de la Fundación Getulio Vargas. “Creo que los Juegos se han manejado mejor que la Copa Mundial, que eso hará aumentar el turismo y que dejará un legado de renovación urbana”.
Aunque Sotero da a los líderes de Rió una mala calificación en la ejecución, aplaude a la población.
“Los brasileños sufren de mucho estrés en este momento, pero han recibido a todos de muy buena gana, la música será excelente y la comida deliciosa”, dijo.
Las cámaras de televisión harán un paneo de las asombrosas vistas de la Ciudad Maravillosa, acompañado de un bossa nova de fondo, el ambiente en la sede de los eventos de voleibol de playa será más festivo que espantoso y quizás todos se olviden del tráfico.
“Este es un lugar donde una banda del Carnaval puede hacer que dos millones de personas salgan a las calles a disfrutar”, sentenció Barbassa.
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de agosto de 2016 a las 8:12 p. m. con el titular "Los Juegos Olímpicos: ¿Está lista Río de Janeiro?."