El mal de amores que dejó el plebiscito en los colombianos
Pocos periodistas han conocido tan de cerca la guerra como Ryszard Kapuscinski.
Este polaco nació en 1932, vivió de niño la Segunda Guerra Mundial, cubrió para la Agencia de Prensa Polaca el proceso de descolonización de África y era un experto en los conflictos centroamericanos. Por eso resultaba preocupante que en El mundo de hoy, su libro de despedida, el curtido reportero pudiera explicar con precisión quirúrgica los orígenes y perspectivas de todos los conflictos armados del mundo, excepto uno: el conflicto armado colombiano.
Tres años antes de su muerte, ocurrida en 2007, la editorial Anagrama publicó este libro en el que Kapuscinski esbozaba el protagonismo del terrorismo durante el nuevo siglo. Hablaba del 11 de septiembre y el 11-M que sacudió Madrid, actualizaba el estado de cosas en el conflicto árabe-israelí y planteaba con agudeza caminos para las guerras que se alimentan del narcotráfico. Pero cuando llegaba el turno de analizar el conflicto colombiano, el polaco de mil batallas prácticamente se encogía de hombros.
Los colombianos volvimos a esa incertidumbre incómoda, por llamarlo de alguna forma, con el plebiscito del pasado 2 de octubre. El 49 punto algo por ciento de la población que apoyó el acuerdo entre las FARC y el gobierno colombiano del presidente Juan Manuel Santos entró en lo que se ha denominado la ‘plebitusa’: la tusa, o mal de amores, por la caída del plebiscito y el desconcierto reinante. A poco más de un mes tras el resultado electoral, no obstante, hay algunos puntos claros. No hay mal del corazón que dure para siempre.
Una de las primeras conclusiones es que la presión ciudadana va a ser vital para poner punto final al proceso de paz. Durante las semanas que siguieron al plebiscito se han visto manifestaciones multitudinarias a favor de la paz en todo el país. El movimiento Paz a la Calle rápidamente se expandió desde Bogotá, la capital, a todo el país y otras capitales del mundo. Esta formación política recoge muchos de los mecanismos de participación que popularizaron los indignados europeos y los manifestantes de Occupy Wall Street; entre otros: la ausencia de protagonismos personales y la preeminencia de las redes sociales.
El alto abstencionismo durante el plebiscito, el cual llegó al 63 por ciento y marcó un registro histórico en décadas, así como la ausencia de movilizaciones ciudadanas antes del 2 de octubre, dejaron en evidencia la soledad casi absoluta del gobierno colombiano en todo este proceso. El riesgo de que los bombardeos y las emboscadas guerrilleras regresen sin duda ha sido un aliciente para que el colombiano de a pie rodee el proceso. Esto, sumado al Nobel de Paz que acaba de ganar el presidente Santos, le ha regresado capital político a un gobierno que prácticamente estaba muerto con el resultado.
El riesgo de un acuerdo entre élites políticas
Si los colombianos no se vuelcan a las calles, se corre el riesgo de que la paz se convierta, como históricamente ha sucedido en 200 años de guerras civiles, en un acuerdo entre las élites políticas. Que el acuerdo de paz haya sido negado en las urnas por un estrecho margen ha obligado a un necesario diálogo entre el gobierno y la oposición de derechas. Aún así, fue desconcertante que, pocos días después del plebiscito, las figuras de la política tradicional desfilaran hacia el palacio de gobierno, cada uno de ellos con su particular visión de país bajo el brazo.
Otra conclusión señala que el acuerdo de paz no estará completo sin la derecha rural emergente que lidera el expresidente Álvaro Uribe Vélez. La mesa de negociación de La Habana estaba coja precisamente porque le faltaba la pata del ahora senador Uribe. Sin su oposición a los acuerdos, estos simple y llanamente hubieran sido refrendados por amplio margen el 2 de octubre pasado.
El asunto es que los líderes del “no” tampoco pueden reclamar una victoria contundente, un deseo innegable de los colombianos de volver a la guerra. El “no” a los acuerdos con las FARC se impuso por un margen tan estrecho que si hubieran sido aprobados por esa misma diferencia –unos 50,000 votos, frente a un total de 6.5 millones en contra del pacto–, el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos habría tenido serios problemas de legitimidad durante el periodo de implementación. Dicho de otra forma: las partes están obligadas a negociar.
Es en este punto que aparece el camino escogido por la nación colombiana. Para salir del impasse actual, los actores están apostándole a un pacto nacional de mayor calado. Todas las fuerzas políticas dicen estar buscando la paz, así que esta ha sido la excusa para buscar un nuevo acuerdo. El gobierno había dicho que el alcanzado era el mejor acuerdo posible, pero ha trasladado las ideas opositoras a los guerrilleros que siguen en Cuba.
Lo que aún no está muy claro es si este nuevo capítulo dará como resultado una renegociación profunda de lo pactado, o si tanto las FARC como la administración Santos se la jugarán por modificaciones cosméticas que puedan presentarse como un nuevo acuerdo. La Corte Constitucional colombiana fue enfática: el gobierno está obligado a someterse al veredicto popular, y este sentenció que el acuerdo no podía ser refrendado tal como estaba.
Mucho menos se tiene claro cuál será el nuevo camino de refrendación. A la postre, el fracaso del plebiscito es un punto de honor que se lleva las FARC frente al gobierno. Los guerrilleros aceptaron a regañadientes este mecanismo incrustado en el sistema electoral, pero ellos siempre alegaron que la ruta constituyente era la mejor manera para darle estabilidad jurídica y política a todo el proceso de paz.
Tal y como están las cosas hoy, no hay ningún camino que se pueda descartar. Si bien al gobierno del presidente Santos le falta el tiempo necesario para convocar a una asamblea popular de la cual salga una nueva carta magna, la inminente instalación de la mesa de negociación con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) pondrá una vez más el tema de la participación ciudadana en la mesa de debate. Además, las fuerzas uribistas coinciden en este deseo de modificar la Constitución. ¿Acaso para implementar la reelección presidencial indefinida e impulsar un tercer periodo de Uribe Vélez? Así parece.
Se cumple entonces un mes del llamado plebiscito –otros más lo llaman plebiscidio– sin que se despeje completamente la ruta hacia la esquiva paz colombiana. El proceso, coinciden analistas de todos los colores, tiene que superar este impasse en el menor tiempo posible. De otra forma, los hombres en armas de las FARC podrían venderse al mejor postor o reiniciar la guerra, por no mencionar que la ONU ha dado su espaldarazo al proceso, mas está claro que su presencia en el país no podrá extenderse de forma indefinida.
Apenas en septiembre, el presidente Santos anunciaba ante la Asamblea General de la ONU que la guerra en Colombia había terminado. Hoy la paz se hace tangible gracias al silenciamiento de los fusiles, pero es tan inestable como el entendimiento político de las fuerzas que han alargado la guerra por más de medio siglo. Muy lamentablemente, esta guerra aún no tiene fin a la vista.
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Juan Montoya Alzate escribe para el Nuevo Herald como parte del programa General Elections Embed, administrado por el Centro Internacional para Periodistas y patrocinado por el Departamento de Estado de EEUU
Esta historia fue publicada originalmente el 9 de noviembre de 2016, 4:57 p. m. with the headline "El mal de amores que dejó el plebiscito en los colombianos."