Colombia

Tragedia en Colombia acaba con sueños de comunidad indígena inga

Puente Avenida Colombia y sus alrededores en Mocoa, Colombia.
Puente Avenida Colombia y sus alrededores en Mocoa, Colombia. Especial para el Miami Herald

En el 2008, después de años de huir de la violencia arrasadora de Colombia, un grupo de indígenas, los ingas, compraron un terreno de 22 acres en la ribera del río Sangoyaco con el sueño de construir una comunidad que les permitiera vivir como lo han hecho durante muchas generaciones.

La aldea se proponía ser un renacimiento, y le dieron el nombre lleno de esperanza de Musu Runa Kuna, o “El Hombre Nuevo”. Estaba salpicada de chozas, parcelas agrícolas comunales llamadas chagras y árboles frutales.

Esta semana, líderes inga visitaron por primera vez el poblado desde que las lluvias torrenciales del 31 de marzo convirtieran el río en una pesadilla que provocó uno de los peores desastres naturales en la historia reciente de Colombia.

Mientras Marino Peña, ex gobernador de Musu Runa Kuna, observaba la desoladora escena, llena de láminas de metal retorcidas y prendas de vestir desperdigadas, dijo que la inundación había hecho más que destruir la aldea. Había cubierto todo el terreno con una gruesa capa de arena barrosa y enormes peñascos que lo hacía inadecuado para la agricultura, o incluso para la vida.

“En el pasado hemos sido castigados por la violencia”, dijo, “y ahora nos castiga la naturaleza”.

En la semana transcurrida desde la inundación, esta zona rural de Colombia está volviendo poco a poco a la vida. La aldea inga está a una media hora de camino de Mocoa, la capital del departamento de Putumayo, en el área del suroeste que sufrió la mayor parte de los daños. Con una población de 43,000 personas, Mocoa está situada al pie de los Andes en la confluencia de tres ríos. Se le considera la entrada a la selva amazónica.

Pero la semana pasada mostró lo vulnerable que es la ciudad, cuando los tres ríos se desbordaron y destruyeron barrios enteros. Las aguas de la crecida convirtieron peñascos, autos y casas en armas demoledoras en la primera línea de lo que los vecinos dijeron había sido más avalancha que inundación.

La búsqueda de sobrevivientes finalizó el viernes, y donde trabajadores de rescate estuvieran registrando metódicamente los escombros, excavadoras limpiaban ahora el camino. La ciudad está todavía sin electricidad o servicio de agua corriente, y el ruido de los generadores eléctricos se siente en todas partes.

Oficialmente, el desastre dejó 293 muertos, 314 desaparecidos y 1,518 desamparados. Pero los vecinos afirman que es posible que nunca se sepa conozca la cifra real. Algunas áreas de Mocoa quedaron tan devastadas que las consideran verdaderas fosas comunes.

Uno de los cementerios locales está lleno. El otro, llamado Normandía, se ha convertido en una fábrica de entierros. Los cadáveres encontrados en el río se traen aquí para ser identificados, y entonces se envían a la carrera a una montaña de ataúdes vacíos. Un peón cava una tumba de cuatro pies de profundidad por $40. Un sacerdote franciscano se mantiene en el lugar y ofrece misas fúnebres colectivas.

“La mayoría de la gente no quieren que yo diga mucho”, dijo fray Lorenzo María. “Ellos simplemente están impacientes por enterrar a sus muertos”.

La mayoría de los entierros se hacen a tal velocidad que todavía hay pedazos de plástico pegados a los ataúdes recién salidos de la fábrica. Se improvisan lápidas con trozos de cartulina o se amarran dos palos de escoba rotos para formar una cruz.

A medida que se propaga la noticia de la tragedia sufrida por este poblado, ha empezado a llegar la ayuda internacional. Los Emiratos Árabes Unidos han prometido a enviar $7 millones, Italia ha ofrecido 300,000 euros. Estados Unidos ha prometido $250,000 a la UNICEF y otros programas de asistencia a Mocoa, además de ayuda material adicional. El presidente Donald Trump expresó sus condolencias al presidente colombiano Juan Manuel Santos.

Mientras los vecinos de Mocoa afirman que están decididos a reconstruir su ciudad y seguir adelante con su vida, para los ingas el futuro parece mucho más incierto.

Rubiela Quinchoa, de 46 años, es la gobernadora de lo que era la aldea. Durante lo que va de semana ha estado tratando de rastrear a los sobrevivientes, y como una madre protectora hace el intento por reunir a todos en un albergue temporal.

La historia de Quinchoa es típica de los colonos inga. Ella vivía en un área rural de Putumayo cuando los guerrilleros mataron a su esposo, lo que la obligó a huir a la seguridad relativa de Mocoa. (Más del 5 por ciento de la población de Mocoa son personas que huyen de la violencia)

Quinchoa pasó años haciendo cualquier trabajo que se le presentara, y tratando —no siempre lo conseguía— de dar de comer a sus hijos.

“Hubo veces que pasamos hambre, y hubo veces que no teníamos un solo peso en el bolsillo”, dijo, visiblemente cansada. “Yo era una mujer tratando de sobrevivir sola”.

En el 2008, con la ayuda de una organización caritativa sueca, la comunidad compró el terreno en alrededor de $21,000. Parecía un lugar idílico. Lejos de las ciudades, miraba hacia el río y contaba con lomas fértiles para plantar yuca y árboles frutales para los 99 miembros de la comunidad.

Los que no podían irse a vivir allí —por su trabajo o porque tenían hijos en la escuela— tenían parcelas agrícolas para complementar sus ingresos.

Quinchoa dijo que veía el lugar como un legado para sus hijos.

“Nosotros no tenemos otra familia”, explicó. “Esto iba a ser su comunidad y su familia”.

Pero a pesar de lo mucho que sus esperanzas estaban enlazadas con esa propiedad, ahora dice que ni ella ni nadie más en la comunidad quiere regresar a ese terreno maldito.

“La gente está demasiado asustada”, explicó. “Están traumatizados”.

Jorge Peña, de 45 años, estaba allí la noche de la crecida. Usando reflectores para vigilar el río, dijo que la escena era apocalíptica. Enormes peñascos rebotaban sobre la superficie de las aguas, derribando viviendas. Mientras trataba de alcanzar un terreno más alto con sus tres hijos, escucha los gritos de la gente en la oscuridad. Peña pudo salvar a una anciana de la crecida, pero una niña de 13 años fue arrastrada corriente abajo. Su cadáver fue encontrado el día siguiente, enredado en la maleza a pocos cientos de metros de su aldea.

“Parecía el fin del mundo”, dijo, tratando de contener las lágrimas. “Yo doy gracias a Dios de que nos dio otra oportunidad, y de que pude salvar a mis hijos”.

Los ingas afirman que tienen la esperanza de que parte de la ayuda extranjera que están recibiendo los ayudará a comprar una nueva parcela de terreno donde puedan comenzar de nuevo. Pero con tantas personas y tantas necesidades, esa posibilidad es incierta.

Su mayor preocupación es que el desastre dispersará de nuevo a su comunidad, cada uno de ellos luchando por su cuenta para sobrevivir en la ciudad. Otros, no obstante, creen que, si pudieron reconstruir sus vidas una vez pueden hacerlo de nuevo.

“Es como si nos hubieran cortado todas las ramas”, dijo Marino Peña, el ex gobernador. “Pero todavía tenemos nuestras raíces. Lo que no sabemos dónde estará la tierra donde podremos plantarlas”.

Esta historia fue publicada originalmente el 9 de abril de 2017, 4:34 p. m. with the headline "Tragedia en Colombia acaba con sueños de comunidad indígena inga."

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